martes, 31 de julio de 2007

Antonioni: Blow up







Ingmar Bergman por Woody Allen


La voz del genio

"Día tras día me llevaban o me arrastraban, gritando de angustia, al colegio. Vomitaba encima de cualquier cosa, desfallecía y perdía el sentido del equilibrio." Sobre su madre: "Intenté abrazarla y besarla, pero me apartó con una bofetada." Sobre su padre: "Las palizas brutales eran su argumento favorito." "Me pegó, y yo le devolví el golpe. Se tambaleó, y acabó sentado en el suelo." "Llevaron a mi padre al hospital, para operarle de un tumor maligno en el esófago. Mi madre quería que yo fuese a visitarle. Le contesté que no tenía tiempo ni ganas." Sobre su hermano: "Mi hermano tenía escarlatina... (naturalmente, yo esperaba que se muriera. La enfermedad era peligrosa en aquellos días)." "Cuando mi hermano abrió la puerta, le golpeé con la garrafa en la cabeza. La garrafa se hizo añicos y mi hermano se desplomó mientras la sangre manaba de la herida. Alrededor de un mes más tarde, me agredió sin previo aviso, y me saltó dos dientes. Respondí pegándole fuego a la cama mientras dormía." Sobre su hermana: "Mi hermano mayor y yo, normalmente enemigos mortales, hacíamos las paces y tramábamos planes para asesinar a ese diablillo repulsivo." Sobre él mismo: "Una o dos veces en mi vida he acariciado la idea de suicidarme."

Un entorno religioso: "La mayor parte de nuestra educación se basaba en conceptos tales como el pecado, la confesión, el castigo, el perdón y la gracia. Este hecho bien pudo contribuir a nuestra sorprendente aceptación del nazismo." Y finalmente, una evaluación de la vida: "Se nace sin objeto, se vive sin sentido... Y al morir, no queda nada."

Con esos antecedentes uno tiene que ser un genio. O eso, o hacer muecas en una celda cerrada a cal y canto y con paredes almohadillas con cargo al Estado. No me inspiraban motivos precisamente nobles cuando vi mi primera película de Ingmar Bergman. Los hechos fueron así: yo era un adolescente que vivía en Brooklyn, y corrió la voz de que iban a dar en un cine del barrio una película sueca, donde una muchacha se bañaba completamente desnuda. Raras veces he pasado la noche en la calle para ser el primero en la cola de una película, pero cuando Un verano con Mónica se estrenó en el cine Jewel, en Flatbush, un chico pelirrojo con gafas de negra montura fue visto atropellando a ciudadanos respetables en su afán por conseguir la butaca más selecta y discreta.

Yo no sabía quién era el director de la película, ni me importaba, ni tenía sensibilidad entonces para apreciar su fuerza: la ironía, las tensiones, el estilo expresionista alemán con su poética fotografía en blanco y negro y los toques eróticos sadomasoquistas. Yo salí pensando únicamente en el momento en que Harriet Andersson se quita la ropa, y aunque era mi primer contacto con un director que acabaría considerando con fervor como el mejor de todos, no lo comprendí entonces. Hasta que unos pocos años más tarde, en busca de algo más estimulante que una tarde de minigolf, la chica con que me había citado y yo fuimos paseando para ver una película titulada Noche de circo. Yo era un poco mayor y empezaba a sentir un más amplio interés por el cine, y la experiencia fue decididamente más profunda esta vez. El sentido alemán seguía siendo su influencia principal y había una paliza tremenda, sádica en el clímax; aunque el argumento no estaba del todo centrado, la película había sido dirigida con tan inmenso talento, que estuve en vilo en mi butaca hora y media, con los ojos como platos. Realmente, la secuencia en la que Frost, el payaso, va a buscar a su casquivana esposa, que chapotea desnuda en el agua para divertir a unos cuantos soldados, era tan magistral en su planificación, ritmo de montaje e inspirada evocación de la humillación y el dolor, que había que retroceder hasta Eisenstein para hallar una fuerza cinematográfica comparable. Esta vez, desde luego, anoté el nombre del director, que era sueco y que, como me pasaba siempre entonces, archivé y olvidé.

Hasta fines de los cincuenta, cuando llevé a la que era mi mujer entonces a ver una película muy comentada y con el título no muy prometedor de Wild Strawberries (Fresas silvestres) no comenzó lo que se convertiría en una adicción de por vida a las películas de Ingmar Bergman. Todavía me acuerdo que la vi con la boca seca y el corazón latiendo con fuerza desde la primera y misteriosa secuencia inicial del sueño hasta el sereno primer plano final. ¿Quién podría olvidar tales imágenes? El reloj sin agujas. El carruaje tirado por un caballo que se atasca. El sol cegador y el rostro del viejo arrastrado al ataúd por su propio cadáver. Evidentemente, había ahí un maestro con un estilo inspirado y personal; un artista de profunda inquietud e intelecto, cuyas películas se revelarían a la altura de la gran literatura europea. Poco después vi El mago, una audaz dramatización en blanco y negro de ciertas ideas de Kierkegaard presentadas como un cuento de ocultismo, potenciadas por una cámara hipnótica, original, cuyo estilo hallaría su crescendo años más tarde en la onírica Gritos y susurros. La referencia a Kierkegaard no acarrea que la película sea árida o didáctica en exceso. Tengan la plena seguridad, por favor, de que El mago, como la mayoría de las películas de Bergman, posee un brillante sentido del espectáculo.

Porque, además de todo eso –y quizá lo más importante– Bergman sabe entretener, es un gran narrador de historias que jamás pierde de vista un hecho: sean cuales fueren las ideas que desea comunicar, las películas tienen que emocionar al público. Su teatralidad es realmente inspirada, e imaginativo su empleo de la iluminación gótica, pasada de moda, y las elegantes composiciones. El exagerado surrealismo de sueño y símbolos, el montaje inicial de Persona, la cena de La hora del lobo, y en La pasión de Ana, el descaro de parar a intervalos el absorbente relato, para que los actores expliquen al público lo que intentan expresar, constituyen momentos de gran espectáculo.


El séptimo sello fue siempre mi película favorita, y me acuerdo de cuando la vi, con no mucho público, en el viejo cine New Yorker. ¿Quién podría imaginar que un tema semejante pudiese proporcionar una tan agradable experiencia? Si tuviese que explicar el argumento, para convencer a un amigo de que la viese conmigo, ¿qué podría yo decir? "Bueno, transcurre en una Suecia medieval azotada por la peste y explora los límites de la fe y de la razón a partir de conceptos filosóficos daneses y hasta cierto punto alemanes." Eso no guarda gran relación con lo que se entiende por pasar un rato divertido, pero está todo contado con imaginación, suspenso y olfato tan pasmosos, que uno se queda clavado como un niño oyendo un desgarrador cuento de hadas. La negra silueta de la Muerte aparece de pronto en una playa, y el Caballero de la Razón la desafía a una partida de ajedrez, intentando ganar tiempo y descubrir algún sentido en la vida. La fábula arranca y se despliega con siniestra inevitabilidad. ¡Y las imágenes, una vez más, quitan el aliento! Los flagelantes, la quema de la bruja (digna de Carl Dreyer), y el final, con la Muerte que conduce el baile de los condenados al infierno, en uno de los planos más memorables de todos los tiempos.

Bergman es prolífico, y las películas que siguieron a sus primeras obras han sido ricas y variadas, según sus obsesiones se desplazaron del silencio de Dios a las torturadas relaciones de almas llenas de angustia que tratan de comprender sus sentimientos. (En realidad, las películas descritas no son exactamente sus primeras, sino obras medias, porque había dirigido algunas películas, desconocidas hasta que su estilo y reputación fueron generalmente reconocidos. Estas primeras películas son muy buenas, pero sorprendentemente convencionales, sabiendo adónde irían a parar.) En los cincuenta había asimilado sus influencias, al tiempo que su genio se afirmaba. Los alemanes todavía le impresionaban. Yo veo a Fritz Lang en su obra, y a Carl Dreyer, el danés. Y también a Chéjov, Strindberg y Kafka.



Yo divido sus películas entre las que son sencillamente soberbias (Detrás de un vidrio oscuro, Luz de invierno, El silencio, La fuente de la doncella, La pasión de Ana, por citar algunas) y las obras maestras verdaderamente notables (Persona, Gritos y susurros y Escenas de la vida conyugal), junto con otras que había visto antes. Hay también películas atípicas como Vergüenza y Fanny y Alexander, que proporcionan sus propios placeres particulares, e incluso algún traspié ocasional como El huevo de la serpiente o Cara a cara.

Pero hasta en los experimentos menos afortunados de Bergman hay instantes memorables. Ejemplos: el sonido de una sierra fuera de la ventana durante una escena íntima entre los amantes adúlteros en El toque, y el momento en que Ingrid Bergman enseña a su patética hija cómo debe interpretarse al piano cierto preludio en Sonata de otoño. Sus fracasos son con frecuencia más interesantes que los logros de otros. Y pienso ahora en De la vida de las marionetas y Después del ensayo.

Una digresión sobre el estilo. El ámbito predominante en las películas acostumbraba a ser el mundo físico, externo. Sin duda, así ha sido durante años. Ahí están las películas cómicas y los westerns, y las películas de guerra, y las de persecución, y las películas de gángsters, y las películas musicales, para atestiguarlo. Pero, al afirmarse la revolución freudiana, sin embargo, el ámbito más fascinante del cine derivó hacia lo interior, y las películas se encontraron con un problema. La psique no es visible. ¿Y qué hay que hacer cuando las batallas más interesantes se libran en el corazón y en la mente? Bergman desarrolló un estilo para abordar el interior del hombre, y es el único director que ha explorado los campos de batalla del alma hasta el último confín. Impunemente, ha escrutado con su cámara los rostros hasta perder la conciencia del tiempo, mientras sus actores y actrices lidiaban con su propia angustia. Y veías grandes interpretaciones en tremendos primeros planos que duraban mucho más tiempo del que los libros de texto consideran conveniente para el arte del cine. Los rostros lo son todo para Bergman. Primeros planos. Más primeros planos. Extremados primeros planos. Creó sueños y fantasías, para combinarlos con tanta delicadeza con la realidad, que gradualmente un cierto sentido de la interioridad humana salió a la superficie. Y empleó enormes silencios con increíble eficacia. El territorio de las películas de Bergman es diferente del de sus contemporáneos. Hace juego con las playas desoladas de la isla rocosa donde habita. Ha encontrado un medio para mostrar el paisaje del alma. (Ha dicho que ve el alma como una membrana, una membrana roja, y así la mostró en Gritos y susurros.) Al rechazar la norma de acción convencional establecida en el cine, ha permitido que en el interior de los personajes bramen guerras tan agudamente visuales como los movimientos de un ejército. Vean Persona.

Por si esto fuera poco, damas y caballeros, Bergman es un director barato. Es rápido, sus películas cuestan poco, y su minúscula banda de colaboradores es capaz de completar una verdadera obra de arte en la mitad del tiempo y por una décima parte del dinero que muchos dilapidarían en un suntuoso desperdicio de celuloide. Y, además, escribe los guiones él solito. ¿Qué más se puede pedir? Significado, profundidad, estilo, imágenes, belleza visual, tensión, instinto narrativo, rapidez, economía, fecundidad, innovación, una dirección de actores sin par. A todo eso me refiero cuando digo que es el mejor. Tal vez otros directores le superan en áreas aisladas, pero nadie es un artista tan competo como él.

De acuerdo, volvamos a Linterna mágica, su libro. Habla mucho de problemas del estómago. Pero es interesante. Es informal, anecdótico. No es cronológico, como se supone que debería ser la historia de la vida de uno. No se monta una saga acerca de cómo empezó y, poco a poco, dominó el teatro y el cine de Suecia. La narración da saltos, hacia delante y hacia atrás, aparentemente a capricho de la inspiración del autor. Contiene extrañas anécdotas y sentimientos tristes. Una extraña anécdota: de niño se quedó encerrado en un depósito de cadáveres, donde le fascinó el cuerpo desnudo de una muchacha. Un sentimiento triste: "Mi mujer y yo vivimos muy próximos. Uno de los dos piensa, y el otro responde, o al revés. No sé cómo definir nuestra afinidad. Pero un problema es insoluble. Algún día un golpe caerá para separarnos. Y ningún dios afable nos convertirá en árboles que den sombra a la granja." Omite cosas que uno creía que iba a considerar. Sus películas, por ejemplo. Bueno, tal vez no las omita exactamente, pero dice mucho menos de lo que cabía esperar, considerando que ha hecho más de cuarenta. Tampoco se habla mucho de sus esposas en este libro. Las ha tenido en abundancia. (Y montones de hijos también, aunque apenas se les mencione.) Entre ellas está Liv Ullmann, que vivió años a su lado, fue la madre de unos de sus hijos, y una gran estrella en sus películas. Tampoco se dice mucho sobre los actores y las actrices de sus películas.

¿Y qué hay entonces? Pues hay muchas revelaciones apasionantes, pero sobre su infancia en la mayor parte. Y sobre su trabajo en el teatro. Detalle interesante, dibuja cada escena antes de ensayarla. Y hay un relato emocionante de cómo dirigía a Anders Ek, un actor en varias de sus películas, enfermo de leucemia y que utilizaba su miedo a la muerte próxima para interpretar un personaje de Strindberg. Bergman adora el teatro. Es su verdadera familia. De hecho, la cálida, entrañable familia de Fanny y Alexander nunca existió en la realidad, es un símbolo del teatro. (Eso no está en el libro. Pero lo sé.) Bergman habla también de sus enfermedades: "He padecido varias dolencias indefinibles, y no puedo decir a ciencia cierta si deseaba sobrevivir o no." Y sobre sus funciones corporales: "En todos los teatros donde he trabajado un cierto tiempo, he tenido siempre mi propio retrete."

Su crisis mayor también está aquí, el escándalo de los impuestos. Uno se queda hipnotizado leyendo su recuento. En 1976, Bergman fue groseramente sacado de un ensayo y llevado a la jefatura de policía para declarar sobre el dinero que debía al gobierno, porque su declaración era incorrecta. Eso es algo que puede pasar cuando uno recurre a un gestor, presume que él lo llevará todo estupenda y abiertamente, y descubre luego que, confiadamente, ha firmado papeles sin entenderlos, o siquiera leerlos. La cuestión está en que Bergman era inocente de la acusación de fraude premeditado, pero la hacienda sueca no evitó que las autoridades le trataran de forma desabrida y cerril. El resultado fue una depresión nerviosa, una hospitalización, y un exilio autoimpuesto en Alemania, entre sentimientos de rabia y profunda humillación.

En fin, la imagen que uno saca es la de una personalidad altamente emotiva, no fácilmente adaptable a la vida en este mundo frío y cruel, pero muy profesional y productiva, y desde luego un genio del arte dramático. A juzgar por la traducción, Bergman escribe muy bien y, con frecuencia, sus descripciones prenden y emocionan. Yo devoré cada página, pero no se me puede hacer demasiado caso, porque siento el mayor interés hacia este artista particular. Se me hace difícil creer que ha cumplido ya los setenta años. En su libro recuerda que, cuando tenía diez años, le regalaron una linterna mágica, que proyectaba sombras en la pared. Eso despertó en él una pasión amorosa por el cine, conmovedora en la intensidad de su sentimiento. Ahora que su fama es mundial y ya no hace más películas, escribe lo siguiente: "La butaca es cómoda, la habitación acogedora, se hace la oscuridad y las primeras imágenes tiemblan en la pantalla blanca. Todo está en calma, el proyector susurra débilmente en la insonorizada sala de proyección. Las sombras se mueven, vuelven sus rostros hacia mí, quieren que preste atención a sus destinos. Han pasado sesenta años, pero la emoción sigue siendo la misma."

(*) Tomado de La Jornada Semanal. Domingo 22 de junio de 2003. Num. 43



Página12 recuerda a Bergman

viernes, 27 de julio de 2007

Rodrigo, Manuel, Cristián y los otros

por Pablo Azócar
24 de Julio del 2007

"La saga es emotiva, o trágica, o indignante, o todas las anteriores, y tiene como protagonistas al guerrillero Manuel Rodríguez, al cineasta Cristián Galaz, al político Pepe Auth, al compositor Modesto Mussorgski y al héroe desconocido de esta historia, el estudiante de Filosofía Rodrigo Medina Hernández.

Esta es, más o menos, la secuencia:

1. Manuel Rodríguez. Fue hombre acaudalado, abogado, diputado, secretario de Guerra, capitán de Ejército, brevemente Director Supremo, pero despreció los cálculos políticos, receló del poder y fue siempre, finalmente, un disidente. Su leyenda se propagó en la clandestinidad, durante el período de la Reconquista, cuando cruzaba una y otra vez la cordillera con mensajes subversivos de San Martín, convertido en el hombre más buscado del reino, y de boca en boca corrían voces que contaban que había sido visto disfrazado de fraile o huaso o pordiosero. Fue asesinado a los 33 años por las propias fuerzas gubernamentales chilenas, traicionado por todos lados, en las afueras de Til Til, el 26 de mayo de 1818 (fue sepultado silenciosamente por dos campesinos bajo el altar de la capilla de Til Til). Sus custodios declararon: “Trató de huir”.

2. Cristián Galaz. Es el director de la película Manuel Rodríguez, hijo de la rebeldía, exhibida finalmente este domingo en Canal 13, con audiencia récord (lo que desmiente a los operadores necios que arguyen que la televisión sólo puede transmitir necedades). “Manuel Rodríguez es uno de los personajes más ninguneados de nuestra historia oficial”, declaró el actor Benjamín Vicuña (quien encarnó al guerrillero), “porque nos recuerda una vergüenza, uno de los primeros crímenes políticos ocurridos en Chile”. A la memoria de Rodrigo Medina Hernández, se lee al final de la cinta, a modo de dedicatoria, casi de contrabando. Es, quizá, la clave secreta que le inyecta a este Manuel Rodríguez la dinamita que él hubiese querido. Se trata de un homenaje privado de Cristián Galaz, compinche de Rodrigo Medina durante la infancia. Años después Galaz se enteró de que su amigo había sido detenido por la DINA (¡en la calle José Miguel Carrera!), el 27 de mayo de 1976. Desde ese día está desaparecido.

3. Pepe Auth. El hoy político también fue amigo de Rodrigo Medina, un poco más tarde, hacia el final de la secundaria. Lo conoció en 1972 en el local de la Fech, detrás del edificio de la Unctad, haciendo trabajos voluntarios, ambos sudados, sucios, tiznados de azúcar, lentejas y harina. “Compartíamos el pelo largo, las patas anchas y esa mezcla de temor y atracción que nos provocaban las mujeres que pululaban en los trabajos voluntarios. Nos unía el amor por la lectura y nos dejábamos impresionar juntos por unas exégesis de Gramsci que no estoy seguro de que podíamos comprender”, recordaría Auth. “Nos volvimos a ver en 1974, tras el golpe. Yo sabía que él había conseguido incorporarse a la cadena de la resistencia, y él sospechaba lo mismo de mí, pero nos teníamos mucho cariño como para contarnos demasiado”.

4. Modesto Mussorgski. Su célebre pieza musical Cuadros de una exposición había sido descubierta entre los 15 y los 16 años por Rodrigo Medina. A todos sus amigos los obligaba, literalmente, a escucharla. Para algunos de ellos, el recuerdo de esa melodía quedó como una marca feroz. Uno la siguió escuchando todas las mañanas durante años. Otro no pudo volver a oírla nunca más.

5. Rodrigo Medina Hernández. Estudiaba Filosofía en la Universidad de Chile, militaba en el MIR. Lo detuvieron un frío martes de mayo hacia las ocho de la noche. Iba con un amigo. “No temas, no te preocupes”, le dijo, y le entregó sus cuadernos. Unos meses después, en agosto de ese mismo año 1976, otro preso, Máximo Vázquez, lo vio golpeado y muy flaco en la Villa Grimaldi, una vieja hacienda de los años 30, el más grande y simbólico centro de detención del régimen de Pinochet. Rodrigo Medina vestía jeans y un cortavientos azul, recordaría Vázquez. “Me recomendó que hiciera gimnasia para mantener los músculos en actividad”. Los informes Rettig y Valech registran miles de testimonios con las inimaginables sevicias practicadas en Villa Grimaldi. La familia de Rodrigo Medina visitó todos los cuarteles, intercedió ante decenas de autoridades, presentó múltiples recursos. Tanto la Corte de Apelaciones como la Suprema rechazaron todos los recursos de amparo. El Ejército de Chile, la DINA y más tarde la CNI negaron tener en sus cuarteles a alguien con su nombre. El ministro del Interior Sergio Fernández envió en 1978 un oficio pidiéndole a los tribunales no difundir noticias sobre su caso, “a fin de evitar que pueda ser conocido y explotado por elementos interesados”. El día que lo apresaron, ya hacía once meses que Rodrigo Medina era seguido por la policía. Tenía apenas 18 años."

Pablo Azócar. Periodista y escritor. Columna publica en El Mostrador

¿El próximo Presidente de los Estados Unidos?


El artículo es de Letras Libres:
"En el año 2000, los votantes estadounidenses convirtieron la elección presidencial más en un concurso de popularidad de secundaria que en un proceso reflexivo e inteligente para elegir al primer mandatario de la nación. En el extremo de la “política de la personalidad”, millones de electores prefirieron a George W. Bush antes que a Al Gore porque el republicano les resultaba más simpático, les “caía mejor”. De poco importó que, como ahora queda claro, Gore era el candidato más competente. Bush era dicharachero y chistoso – “one of us” – y, al final, eso importó más que minucias como la lucidez y la preparación.

Ahora, un sector del electorado del país más poderoso del mundo está a punto de escribir un nuevo capítulo de frivolidad e ignorancia. En su búsqueda desesperada de alguien que pueda hacerle frente a Hillary Clinton en noviembre del año próximo, el partido republicano ha decidido tomar en serio la candidatura de Fred Thompson, un actor convertido en senador convertido en actor que está a punto de entrar formalmente a la contienda. De hacerlo, Thompson tiene, por buenas y malas razones, altas probabilidades de representar a los republicanos el año que viene.

Thompson ha sido particularmente sagaz para detectar el enorme hueco ideológico que han dejado a la derecha Rudolph Giuliani y John McCain. Ambos son políticos moderados en un partido donde la que manda es la agenda conservadora. No es casualidad que casi dos terceras partes de los electores republicanos se digan insatisfechos con las opciones que, hasta ahora, ofrece la baraja del partido rumbo al 2008: ninguno de los candidatos actuales es lo suficientemente conservador como para complacerlos. Si Thompson consigue satisfacer esa necesidad, seguramente será el candidato republicano en el 2008.

Pero no todo en la historia de Fred Thompson es estrategia política. Desde el 2002, después de cumplir un par de periodos como senador por Tennessee, Thompson ha formado parte de la exitosa serie de televisión Law & Order, donde interpreta al fiscal Arthur Branch, un respetado conservador de Nueva York de voz ronca, considerable don de mando y temple en tiempos de crisis. En la serie, Branch se opone al aborto y se impone con facilidad a los tercos liberales neoyorquinos que pretenden oponérsele. En suma, si existiera en el mundo real, Arthur Branch sería el candidato ideal para el partido republicano. Lo aterrador del caso es que, en algún sentido, Branch está vivito y coleando, y cada día más cerca de la Casa Blanca.

De acuerdo con un perfil de Fred Thompson que publica la revista The New Republic, “en la mente de incontables estadounidenses, Thompson es Arthur Branch”. El reportaje procede a citar al columnista conservador Robert Novak: “Muchos activistas conservadores sofisticados ven a Thompson como el único conservador que puede ganar la nominación. Esa opinión nace no de los ocho años de Thompson en el Senado sino de su papel como fiscal en Law & Order”.

El asombro ante el fenómeno es mayor cuando se analizan las virtudes propias de Thompson y no las de su alter ego televisivo. Famoso por su ética laxa de trabajo, Thompson parece haber tenido más suerte que talento a lo largo de su carrera política, muchas veces valiéndose del carisma y la apostura antes que del estudio y la disciplina para progresar en Washington. En la preparatoria, quería ser jugador de futbol americano o actor. En sus años en el Senado, Thompson se aparecía en su curul sólo cuando se hablaba de asuntos de peso. Los detalles del proceso legislativo le aburrían. “Me da la impresión de que es un hombre que mantiene las cosas en perspectiva”, dice a The New Republic Richard Land, un cabildero conservador de Washington en referencia al estilo “relajado” de Thompson: “Tengo para mí que los ‘trabajólicos’ no funcionan en la Casa Blanca”.

La apuesta de los republicanos con Thompson está clara: conquistar, al mismo tiempo, el voto conservador y el femenino. La pieza del New Republic termina con una cita que, de no ser trágica, sería cómica. Lorrie Morgan, que fuera novia de Thompson, explicó al Sunday Times de Londres las razones por las que su antiguo galán resultará irresistible para las mujeres en Estados Unidos: “(Fred) es majestuoso; un lugar suave y seguro, y eso puede llevarlo al triunfo. Las mujeres amamos un lugar seguro y suave para descansar y un par de manos fuertes que nos abracen”. ¡Cuánta razón tiene! Después de todo, George Bush, ese vaquero tejano de piel rugosa y acento sureño, ha resultado un maestro en el arte de la suavidad y la seguridad.

- León Krauze

lunes, 23 de julio de 2007

Poesía de Ernesto Guajardo

"DANCE
Ernesto Guajardo

ni ahí, ni ahí, ni ahí
wait, wait, wait, wait

yo no te voy a oir

(Axe Bahía)




son los años de la fiesta
y está bien
la tribu se ha disgregado en el artificio
la voz no encuentra su ser la voz
menos que un susurro ahora ni
siquiera el delirio
cree vivir a lo verne
y los ochenta días son permanentes

la voz
ahora
apenas de último segundo en la cuerda
reflejo de reflejos
dice que no
pero también quisiera cantar la canción
del baile
por lo menos
para evitar la honda soledad de las veredas nocturnas

pero ya ni siquiera se necesitan voces
pequeños golpes de corriente yemas
sobre discos
y mucha luz

–sobre todo la luz–

la tribu no se reconoce
ni lo pretende
encantados en la nave de timón fijo
pero que deriva y se deshace:
cuerpos de tripulantes de pasajeros
caen sobre la estela

golpes de agua
de pequeñas rocas
movimiento que escuece pero no fractura

así
los años de la fiesta prosiguen
y pareciera que el maná es eterno en el vientre de la nave

existe la melodía
la comida existe
y la ruta, oh sí, la ruta que nos dicen
en todo momento
desde el salón de bailes
a quien limpia el ácido de los retretes

la ruta es importante:
una cartografía
un trazo que es una herida
pero nadie dice pensar en ello
sobre ese desgarro nos desplazamos
por ello es necesario el baile:
de otro modo, la desesperación

bailamos en la herida
lo hacemos en soledad:
la tribu sabe que continúa siéndolo
conoce la extensión de su mudez
así
no puede permitir que alguien diga:
la verdad sería un estallido
ardor que cauteriza
y sin herida

¿por dónde habríamos de desplazarnos?"

sábado, 21 de julio de 2007

El René de la Vega del derecho: Richard Aguilar





Lo encontré en quemar las naves:
El pastel estudiante de derecho en la u. de las américas (buen argumento para restringir algunas privadas) se mandó una pieza juridica en el recurso de protección en que quisó proteger a la sra. bolocco.

Si alguien quiere estudiar el recurso entero, clik
aquí.

Jorge Teillier conversando con Cristián Warnkén











lunes, 9 de julio de 2007


domingo, 8 de julio de 2007

Chacarillas

Enb youtube, chacarillas es un video que no se puede comentar ni copiar. Sólo citar. En La Nación, resulta que nadie fue a chacarillas.
Peña les (nos) recuerda hoy:
"La muerte de Osvaldo Romo, ese gordo estrábico que no nos ahorró ninguna dimensión ni de la crueldad ni del horror, casi coincide con la celebración de los treinta años de Chacarillas, uno de los actos más cursi de todos los que perpetró la dictadura.

Y es que el horror y la cursilería, al menos en la política, están emparentados.

Como deben recordar quienes enarbolaron antorchas ese día -al hacerlo los debe invadir un leve temblor de emoción y de nostalgia-, mañana se cumplen treinta años exactos desde que Pinochet, aconsejado sin duda por uno de sus orejeros de entonces, decidió subir a setenta y siete jóvenes a una de las cumbres del San Cristóbal. Cada uno de ellos representó a alguno de quienes habían muerto en la batalla de La Concepción. Entre esos héroes de una noche, hubo de todo. Liberales que no sabían entonces que eran liberales, cantantes que gorgoreaban, dirigentes estudiantiles bien portados y de misa dominical, tenistas de fin de semana, animadores de televisión relamidos, locutoras que ya nadie recuerda, cantantes de shows de sábados por la tarde, dirigentes de la UDI de entonces y de ahora.

Esa noche, Pinochet -la gorra más alta que lo habitual, el abrigo largo que estilizaba su figura, la barriga a raya gracias a la faja y la respiración contenida, la sonrisa remendada para ocultar las tapaduras de oro que usaba de teniente- los saludó uno por uno. A las mujeres de un beso en la mejilla, a los hombres con un fuerte apretón de manos. A todos les regaló una mirada sostenida a los ojos, como transmitiéndoles un mensaje oculto. Acompañaron al general, en primera fila, dos o tres funcionarios -Vial, Novoa- que se arroparon como si supieran, ya entonces, que algún día deberían negarlo. Juan Antonio Coloma, en esos años lleno de rizos, y cubierto con un gamulán que le acortaba aún más el cuello y le acentuaba ese aspecto de adolescente glotón, leyó un discurso en llamas en el que él, y cada uno de los setenta y seis restantes que sostenían en ese momento una antorcha, se comprometía a luchar contra el comunismo internacional.

Ninguno de ellos, claro, sabía nada de nada de los horrores que por esos mismos días se estaban cometiendo.

Los sabían la Iglesia, los abogados, los jueces, la prensa censurada, los estudiantes universitarios, la policía, se comentaban en los pasillos de la Católica; pero ellos preferían no saber y cerraban los ojos, mientras sostenían la antorcha, inflamados de emoción por ese premio, cuya estética estaba a la altura de los de Viña, nada menos. Todavía atesorarán la medalla junto con otros galvanos que recibieron por esos días y, cogiéndola con cuidado, para no estropear el brillo del bronce, la mostrarán hoy, después de misa y aprovechando el almuerzo dominical, a sus hijos, y mañana a sus nietos, recordando con los ojos húmedos, y sin poder reprimir el leve calambre de la nostalgia, esa noche en la que fueron héroes y se dejaron seducir por la cursilería del régimen, y todo ello mientras "el Guatón" Romo -ese turnio cruel- comenzaba sus días en Brasil, luego de haber violado, torturado, escupido, humillado y hecho desaparecer a otros tantos jóvenes parecidos a esos que enarbolaban, esa noche, una antorcha en Chacarillas.

¿Tiene sentido reprocharles a esos cincuentones de hoy haber participado en ese acto cuya aura fascista es difícil ocultar incluso después de tanto tiempo?

En principio pareciera que no hay nada que reprochar. Si Heidegger se dejó seducir por la crueldad de un cabo, ¿qué podríamos esperar de estos otros jóvenes a duras penas alfabetizados por Jaime Guzmán que subieron un cerro un día nueve de julio de 1977? Si incluso el Papa -él, que es casi un santo- formó parte de las juventudes hitlerianas, ¿qué podríamos esperar de este otro puñado de pecadores que estudiaban, si estudiaban, en la Universidad Católica, y se ponían a las órdenes no de un cabo histérico, sino apenas de un dictador latinoamericano que, según se creyó hasta hace poco, más encima era austero?

Es cierto que de esos jóvenes podíamos esperar poco y era obvio que, emborrachados por la gestualidad y los temores de esos años, iban a caer hipnotizados.

Pero si no pudimos esperar nada de los jóvenes de esos años, sí podemos esperar algo de los adultos y de los dirigentes en que se han convertido hoy.

Podemos esperar, por ejemplo, alguna conciencia del horror en el que participaron, algún sentido de culpa por la omisión en que incurrieron, alguna noticia de la ceguera que se dejaron padecer, siquiera algún pudor por la fealdad moral de la que fueron parte. Algo. Apenas una seña. Una mirada retrospectiva que nos indique un sentimiento acerca de ese horror que, por esos mismos días del cerro, los empleadores del "Guatón" Romo seguían cometiendo; un simple recuento, siquiera pudoroso, de los cadáveres que tienen ocultos en el armario y que llevan, aunque se hagan una y otra vez los lesos, bien embalados en algún rincón de la memoria.

martes, 3 de julio de 2007

La flaca Alejandra

de Carmen Castillo







Para aprendices de político

De un excelente artículo de la revista Qué Pasa, (donde hace tiempo) que no pasaba nada), "Las peliculas que un politico no puede dejar de ver (si quiere seguir en el poder)", cito la parte de Pato Navia:
"Destaco tanto la I como la II. La política puede ser entendida como el arte y la ciencia de la administración del poder y los recursos públicos. En El Padrino, basado en los mismos principios que Maquiavelo utilizó para aconsejar al Príncipe, los personajes compiten por adquirir más poder y mantener el que tienen. Pero también se produce una disputa entre diferentes concepciones de distribuir la riqueza (los negocios de la mafia). Cada vez que escucho a candidatos diciendo que ellos no son políticos tradicionales o que promueven distintas formas de hacer política, pienso en El Padrino I, cuando un joven Michael Corleone decide que lo suyo será una forma distinta de vivir. Pero después del intento de asesinato contra su padre, Michael entiende que hay una sola forma de ejercer y defender el poder al interior de la mafia. Cada vez que veo políticos reaccionando visceralmente, dejando que las pasiones superen a la razón y al frío cálculo, entonces inevitablemente uno piensa en Sonny Corleone. Mientras que Fredo Corleone es la referencia obligada cuando los políticos demuestran que su palabra no vale".