martes, 22 de abril de 2008

Foucault, Derrida, Deleuze y Cía. y las mutaciones de la vida intelectual en Estados Unidos

Este es el comienzo de este interesantísimo libro que mapea el impacto de Derrida, Deleuze, Foucault & cía. en tierras norteamericanas, y que explica el tratamiento de rockstars que estos autores recibieron en los campus universitario de EE.UU.

""En las tres últimas décadas del siglo XX, algunos nombres de pensadores franceses han adquirido en Estados Unidos un aura reservada hasta entonces a los héroes de la mitología estadounidense o a las estrellas del show business. Incluso podríamos jugar a calcar el mundo intelectual estadounidense sobre el universo del Western de Hollywood: estos pensadores franceses, a menudo marginados en su país de origen, obtendrían seguramente los papeles protagonistas. Jacques Derrida podría ser Clint Eastwood, por sus personajes de pionero solitario, su autoridad indiscutida y su melena de conquistador. Jean Baudrillard no estaría lejos de pasar por un Gregory Peck, con esa mezcla de bondad y sombría indiferencia, además de su común habilidad para aparecer donde menos se les espera. Jacques Lacan representaría a un Robert Mitchum irascible, en razón de su común inclinación por el gesto criminal y su incorregible ironía. Gilles Deleuze y Félix Guattari, más que los Spaghetti Westerns de Terence Hill y Bud Spencer, evocarían al dúo hirsuto, exhausto pero sublime, de Paul Newman y Robert Redford en Dos hombres y un destino. Y sobrarían motivos para ver en Michel Foucault a un Steve McQueen imprevisible, por su conocimiento de la cárcel, su risa inquietante y su independencia de francotirador, figurando a la cabeza de tamaño reparto como el favorito del público. Tampoco habría que olvidar a Jean-François Lyotard como Jack Palance, por su alma burilada, a Louis Althusser como James Stewart, por su silueta melancólica y, con respecto a las mu¬jeres, a Julia Kristeva como Meryl Streep, madre coraje o hermana de exilio, y a Héléne Cixous como Faye Dunaway, feminidad exenta de todo modelo. Un Western improbable, en el que los decorados se transforma¬rían en personajes, la astucia de los Indios les daría la victoria, y adonde jamás llegaría la sudorosa caballería."
La precisión o el acierto en la asociación entre pensadores y estrellas de cine o personajes llevados a la gran pantalla por determinados actores anima a la lectura y no sólo por aventurar una zona de proyección, a la que la imaginación humana es tan proclive y tan fructífera; tampoco sólo porque nos muestre la posibilidad de traspasar los límites de los campos y de las disciplinas y tampoco exclusivamente porque el ejercicio de la transfiguración permite al lector otros muchos juegos de metáforas. También por razones más objetivas, porque de los autores que French Theory analiza son hoy clásicos del siglo XX, centro de referencia para el diálogo y el trabajo filosófico y, en consecuencia, nuevos datos, nuevas reflexiones han de animar la discusión.
Pero a pesar de todos estos motivos, cuando uno se adentra en las profusamente documentadas páginas de este libro, en algún momento, uno se para y se pregunta por el interés que puede tener algo que resulta tan local, tan temporal y en cierta medida tan provinciano: La influencia de los autores franceses postestructuralistas en la academia universitaria norteamericana.
Sin duda, el tema no es tan banal como parece. Al fin y al cabo, Estados Unidos es la potencia económica, política y cultural de nuestro tiempo, el imperio según el análisis de Toni Negri, y el pensamiento francés es uno que tiene etiqueta propia desde hace ya muchos siglos. Pero, ¿por qué investigar las relaciones, influencias, perturbaciones e incidencias de una cultura filosófica en otra? ¿No valdría también entonces investigar lo mismo en cualquier otro contexto, en cualquier otra disciplina? ¿Por qué no investigar la influencia de determinados textos alemanes en la cultura francesa o la influencia de la filosofía anglosajona en la constitución del pensamiento nórdico o la mordedura del pensamiento oriental en los usos occidentales o, qué se yo, cualquier otra cosa? ¿Qué diferencia habrá en esta interconexión respecto a otras posibles? Ciertamente hay un hecho evidente y es que François Cusset se puso a ello y de ello queda este estupendo libro para evaluar estas posibilidades. Quizá anime a otros y consiga que esta especie de filosofía comparada se extienda y se convierta en práctica frecuente, inclusive podría institucionalizarse y quizá en un futuro próximo empiecen a fundarse cátedras e institutos de investigación que reciban este nombre: filosofía comparada.
Fuera ya de la crítica impertinente de por qué hacer tal o cual cosa, o de la todavía más impertinente, por qué no hizo esto o aquello. El libro de Cusset tiene dos intereses fundamentales. El primero es consecuencia directa del objetivo del autor. En la investigación de la presencia, influencia, perturbación y consecuencias de la filosofía postestructuralista francesa en la filosofía académica americana el autor nos deja un excelente análisis de la institución universitaria americana que impresionaría a cualquier sociólogo que quisiera investigar esta cuestión. Además nos describe la secuencia histórica del desembarco francés en los Estados Unidos y su retorno al continente europeo, como seguramente no se ha realizado nunca en ningún estudio de historia de la filosofía. También nos ofrece un estudio profundo de los distintos instantes relevantes de este proceso equiparable a cualquier trabajo de filosofía de la cultura o de la ciencia que tomase como monográfico estos momentos. E incluso para quien quiera aprender más de las relaciones y de las ideas de todo este elenco de personajes filósofos franceses y americanos este libro será una referencia obligada."

Más en Revista Observaciones Filosóficas.

domingo, 20 de abril de 2008

Philip Parker y sus 200.00 mil libros


Philip Parker tiene en su haber nada menos que 200.000 títulos, incluyendo La guía oficial del acné rosácea, el Diccionario Inglés-Cherokee o Alfombras lavables de la India de hasta 2 x 3 metros, entre otros títulos igual de inusuales, como puede comprobarse en Amazon. En rigor, y según señala The New York Times, Parker no es tanto un autor como un recopilador de información dispersa en las redes sobre temas altamente especializados. Los libros tienen una media de 150 páginas, se imprimen sólo bajo pedido y cuestan entre 20 y 100 dólares.

Parker ha diseñado un programa que le permite hacer uso de la base de datos de miles de autores para construir libros que, oh sorpresa, tiene coherencia. Pero dejemos que sea un vídeo el que nos lo muestre

Parker lo que ofrece es información empacada que proviene en su mayoría de búsquedas y cuya autoría es múltiple, miles y miles de autores de cuyos textos el programa que diseñó Parker toma extractos y los ensambla con mediana coherencia. Alucinante desde el punto de vista tecnológico pero escalofriante desde el punto de vista de la autoría y los derechos de autor.

Por cierto, el tipo pelado de la foto arriba es el escritor más prolífico de todos los tiempos


Fuente: Mundo Insólito y Ciberescrituras.

Ultimo cómputo: 6.666.666.666 humanos



El bebé que hace el número 6.666.666.666 entre los habitantes de nuestro planeta nació en la madrugada del pasado viernes, segundos antes de las 4:15, según el simpático reloj-contador-universal Poodwaddle que lleva una cuenta aproximada de este tipo de datos curiosos, en «tiempo real».
Fuente: Mundo Insólito

viernes, 18 de abril de 2008

Columna de Agustín Squella: Un país de tranco lento.


El Mercurio, 18 de Abril de 2008


En asuntos morales Chile se comporta de la misma manera en que jugamos al fútbol: lento y mal.
Lento y mal, o sea, trotando en vez de correr, abusando del pase lateral, devolviendo la pelota al arquero ante cualquier emergencia o sacándola derechamente de la cancha, y sin clara conciencia de que el objetivo es el arco contrario y no dejar pasar los minutos para mantener como resultado deseable el cero a cero inicial. Con Bielsa -un extranjero- nuestro fútbol podría mejorar, aunque no es del caso importar talentos morales que sacudan la somnolencia de sectores conservadores que aún no logran asimilar la distinción entre derecho y moral, y entre ésta y religión, que cualquier alumno conoce desde el primer año de sus estudios jurídicos.

Andrés Bello, a quien esos sec-tores admiran hoy sin reservas, fue acusado por los conservadores de su tiempo de corromper a la juventud, sólo por haber publicado un artículo contra la censura de libros. Francisco Bilbao, a quien se trata hoy de rescatar de la maledicencia y el olvido, pagó con el exilio ideas liberales que fueron consideradas como una planta exótica, cuando no tóxica. A la canonización de Alberto Hurtado concurrieron algunos chilenos cuya filiación conservadora es idéntica a la de aquellos de sus antepasados que lo denostaron como cura rojo por sostener que la práctica de la caridad no puede reemplazar a la virtud de la justicia.

Los chilenos contraen hoy matrimonio civil, se hacen enterrar en cementerios laicos y registran nacimientos y defunciones en una repartición del Estado, pero hay que ver las tinieblas morales que se anunciaron cuando las leyes del caso fueron aprobadas. Tinieblas morales que volvieron a pronosticarse con motivo de la ley de divorcio, la misma que utilizan hoy personas de talante conservador que quieren certificar judicialmente la ruptura de su vínculo matrimonial y quedar en condiciones de volver a casarse. No pocas reticencias y demoras tuvo también la iniciativa de igualar los derechos de los hijos, así nacieran dentro o fuera del matrimonio. Y un gobernante católico -Frei Montalva- fue duramente criticado por adoptar hace 40 años políticas de planificación familiar que cualquier pareja aplica hoy rutinariamente.

Chile abolió la censura cinematográfica recién en 2002, merced a un fallo de la Corte Interamericana de Justicia que obligó al Estado a derogar la norma que en 1980 estableció la censura en el texto de la propia Constitución, la misma que negó todo recurso contra las decisiones de Pinochet de expulsar o relegar a disidentes de su gobierno, y la misma que los sectores conservadores concurrieron a aprobar con entusiasmo, hace 28 años, y que consiguieron mantener prácticamente intocada hasta 2005.

Queda el consuelo de que los sectores conservadores, aunque ganen a medias algunas esporádicas batallas, pierden finalmente la guerra, y que todo lo más que consiguen es parapetarse en uno que otro reducto institucional, para resistir, mientras puedan, el avance imparable de la libertad y la autonomía de hombres y mujeres que no admiten otro tutor moral que su propia conciencia.

lunes, 14 de abril de 2008

Nabokov entrevistado por B. Pivot (fragmento)

"En mayo de 1975, coincidiendo con la publicación en Francia de Ada o el ardor, Vladimir Nabokov aceptó la invitación de Bernard Pivot, y acudió al programa "Apostrophes", uno de los más influyentes de la televisión francesa. La presencia de Nabokov en el plató era un hecho doblemente excepcional: por la calidad indiscutible del programa y porque Nabokov muy raramente concedía entrevistas."
Nabokov, como siempre hacía al conceder una entrevista, pactó la conversación por adelantado. Mientras se realiza el encuentro, Nabokov tiene todas sus respuestas escrupulosamente escritas en unas cuantas fichas.

-Buenas noches, señor Nabokov. Son las 21 horas 47 minutos y 47 segundos. Habitualmente, ¿qué hace usted a esta hora?-A esta hora suelo estar bajo el edredón, con tres almohadas bajo la cabeza, un gorro de dormir, en mi modesto dormitorio que también me sirve de estudio. La lámpara de cabecera, muy fuerte, el faro de mis insomnios, todavía arde pero será apagada dentro de un momento. Tengo en la boca una pastilla de grosella, y en las manos una revista de New York o de Londres. La dejo, apago la luz. La enciendo, renegando en voz baja. Me meto un pañuelo en el bolsillo del camisón, y da comienzo el debate interior: ¿tomar o no tomar un somnífero? Qué deliciosa es la decisión positiva.
-Pero, ¿qué horario hace usted en un día normal?-Tomemos un día de mediados de invierno. En verano hay más variedad. Me levanto entre las seis y las siete, y escribo con un lápiz bien afilado, de pie, ante el atril, hasta las nueve. Después de un frugal desayuno, mi mujer y yo leemos el correo, que siempre es muy voluminoso. Después me baño, me afeito, me visto, paseamos una hora por los floridos muelles de Montreux. Y después del almuerzo y de una breve siesta, el segundo periodo de trabajo hasta la cena. Éste es el programa típico

...

-"Nabokov es Lolita", es la ecuación de siempre. ¿No acaba molestándole el éxito de Lolita, tan considerable que se puede pensar que usted es el padre de una única niña algo perversa?

-Lolita no es una niña perversa. Es una pobre niña que corrompen, y cuyos sentidos nunca se llegan a despertar bajo las caricias del inmundo señor Humbert, a quien una vez pregunta: "¿Siempre viviremos así haciendo toda clase de porquerías en camas de hotel?" Pero respondiendo a su pregunta: Su éxito no me molesta. Yo no soy Conan Doyle quién, por esnobismo o pura estupidez, prefería ser conocido como autor de una historia de África (risas), que imaginaba muy superior a su Sherlok Holmes. Y es muy interesante plantearse como hacen ustedes los periodistas, el problema de la tonta degradación que el personaje de la nínfula que yo inventé en 1955 ha sufrido entre el gran público. No sólo la perversidad de la pobre criatura fue grotescamente exagerada sino el aspecto físico, la edad, todo fue modificado por ilustraciones en publicaciones extranjeras. Muchachas de 20 años o más, pavas, gatas callejeras, modelos baratas, o simples delincuentes de largas piernas, son llamadas nínfulas o "Lolitas" en revistas italianas, francesas, alemanas, etc. Y las cubiertas de las traducciones turcas o árabes. El colmo de la estupidez. Representan a una joven de contornos opulentos, como se decía antes, con melena rubia, imaginada por idiotas que jamás leyeron el libro. En realidad, Lolita es una niña de 12 años mientras que Mr. Humbert es un hombre maduro, y el abismo entre su edad y la de la niña produce el vacío entre ellos; entre ese vacío, ese vértigo, la seducción, atracción de un peligro mortal. En segundo lugar, la imaginación del triste sátiro, convierte en criatura mágica a aquella colegiala americana tan trivial y normal en su género como el poeta frustrado Humbert lo es en el suyo. Fuera de la mirada maníaca de Mr. Humbert no hay nínfula. Lolita, la nínfula, sólo existe a través de la obsesión que destruye a Humbert. Éste es un aspecto esencial de un libro singular que ha sido falseado por una popularidad artificiosa.
...
-Me ha parecido entender que no aprecia a Freud.
-No es exacto. Aprecio mucho a Freud como autor cómico. Las explicaciones que da sobre las emociones de sus pacientes y sus sueños son de un burlesco increíble, pero hay que leerlo en la lengua original. No entiendo cómo se le puede tomar en serio. No hablemos más de eso.

-Los escritores políticos tampoco son sus autores de cabecera.-Muchas veces me preguntan quién me gusta y quién no, entre los novelistas, comprometidos o no, de mi siglo maravilloso. Primero, no aprecio al escritor que no ve las maravillas de este siglo, las pequeñas cosas, la ropa masculina informal, el cuarto de baño que substituye al lavabo inmundo. Las grandes cosas como la sublime libertad de pensamiento en nuestro doble occidente. ¡Y la luna! Recuerdo con qué escalofrío delicioso, envidia y angustia, miraba yo en la televisión los primeros pasos flotantes del hombre sobre el talco de nuestro satélite y cómo despreciaba a quienes decían que no valí la pena gastar tantos dólares para pisar el polvo de un mundo muerto. Detesto pues a los divulgadores comprometidos, a los escritores sin misterio, a los infelices que se alimentan con los elixires del charlatán vienés. Aquellos que aprecio saben que sólo el verbo es el valor real de la obra maestra. Principio tan viejo como verdadero, y eso no ocurre a menudo. No es preciso dar nombres, nos reconocemos por un lenguaje de signos, a través de los signos del lenguaje, o bien, al contrario, todo nos irrita en el estilo de un contemporáneo detestable, incluso sus puntos suspensivos.

-Me han dicho que no le gusta Faulkner. Cuesta creerlo.-¡No! No soporto la literatura regional, el folklore artificial. "

Mala, Los Muebles


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La hora de las mayorías, por Carlos Peña González

La decisión del Tribunal Constitucional de impedir la píldora del día después, sugiere que el conservadurismo llegó a ese tribunal para quedarse allí al menos por un tiempo. No sería nada raro que un poco más adelante -y fiel a la decisión que acaba de comunicar- la misma mayoría que apoyó esa decisión prohíba el dispositivo intrauterino o disponga que la píldora tampoco pueda ser comercializada en establecimientos privados.

Si en esta ocasión no se impedirá su distribución privada, será por un tecnicismo: el fallo debe quedar restringido sólo a la norma impugnada y no extenderse a otras de igual o superior jerarquía. Pero es cosa que se impugnen esas otras normas y se esgriman las mismas razones, para que el tribunal la prohíba de nuevo. Esta vez en las farmacias o en las organizaciones de la sociedad civil.

Si en este fallo no se impidió administrar -o llevar- dispositivos intrauterinos, es porque al centrarse el debate en la píldora, el tribunal podrá argüir que no se hicieron constar suficientes antecedentes respecto del DIU. Será una salida temporal. Una finta. Pero basta que se hagan llegar esos antecedentes y se acredite que el DIU impide la implantación, para que el Tribunal Constitucional -echando mano a las mismas razones que argüirá en este caso- lo prohíba también.

Como se ve, hay razones para pensar que, luego de este fallo, estará en vilo toda la política de regulación de la fertilidad. Incluida la que principió en los sesenta.

¿Qué hacer? ¿Habrá que imaginar recovecos para cambiar a los jueces? ¿Recordarles quién los nombró? ¿Reprocharles sus opiniones previas? ¿Insistir a uno de ellos que, si es juez, debe obediencia a las reglas más que a su pastor?

Por supuesto que no.

La decisión no cabe sino acatarla. Y los jueces son inamovibles. En eso consiste tener un Tribunal Constitucional: él tiene la última palabra a la hora de leer las reglas. Puede equivocarse -como sin duda ocurrió en este caso- pero su palabra es una decisión obligatoria. Ese es el primer deber que usted tiene frente a las reglas: cumplirlas.

Pero, claro, nada impide que mientras se cumplen las reglas uno se disponga lealmente a cambiarlas.

Es lo que debiera ocurrir en este caso.

Una cuestión tan relevante como la autonomía que ha de tener la mujer sobre su ciclo reproductivo y la protección del no nacido, nunca se discutió ampliamente en Chile. Cada vez que este asunto asomó la nariz, hubo pretextos para eludirlo. Se eludió al redactar las reglas de la Constitución de 1980 (entonces el astuto Jaime Guzmán sugirió dejar el tema a los intérpretes) y se eludió en 1999 al debatir la actual regla del artículo 1 (donde se dijo que las personas "nacen" iguales en derechos, y se dejó pendiente la situación del concebido que aún no nace).

Y un asunto así no puede quedar sin deliberación. Entregado a la mudez de la rutina o la inercia cultural.

Llegó entonces la hora de las mayorías.

No de la mayoría del tribunal, sino la mayoría de veras: la de los ciudadanos adultos que deben deliberar (para eso existe el Congreso) acerca de cómo distribuir los riesgos e incertidumbres de la vida humana. No se trata de entregar a las mayorías la decisión acerca de qué derechos tenemos (puesto que esos derechos son independientes de la mayoría) sino de resolver, sobre la base de esos derechos, incertidumbres radicales como las que afrontamos ahora: ¿habrá que equilibrar el deber de protección del embrión con los intereses de la mujer según la intensidad de uno y de otro? ¿hay identidad entre el embrión preimplantacional y el sujeto adulto de manera que deban ser tratados igual?

Ese tipo de preguntas merecen alguna respuesta. Y desgraciadamente estamos solos. No queda entonces más que elaborar un proyecto de reforma, discutir y luego votar.

¿No significaría esto, sin embargo, entregar una materia tan delicada a una simple mayoría que, ideológicamente inspirada, acabará decidiendo la cuestión?

Por supuesto.

¿Acaso no es eso lo que acaba de ocurrir?: luego de un debate racional en el que procuraron persuadirse unos a otros, los jueces votaron. Y la mayoría decidió ¿Por qué no sería bueno que todos ahora -con la información y el debate suficiente- hiciéramos lo mismo? Examinamos el problema y allí donde no logremos persuadirnos unos a otros, votamos ¿Que esa mayoría podría equivocarse? Desde luego: es lo que acaba de ocurrir en el Tribunal Constitucional ¿Que estamos en un momento electoral? Mejor todavía ¿acaso no es tarea de la política decidir este tipo de asuntos? ¿no esperamos de nuestros representantes que sean capaces de reflexionar en torno a esto?

Si discutimos un proyecto que aborde este asunto, ejercitaríamos el autogobierno y nos daríamos cuenta, por enésima vez, que el universo está en silencio, que no responde nuestras preguntas, y que por eso no queda otra alternativa que decidir por nosotros mismos

CIPER: Grandes Tiendas II: Las mil y una razones sociales que fragmentan a los trabajadores


CIPER, el Centro de Investigación Periodística, sacó en marzo un completo reportaje al tema de grandes tiendas, miles de ruts y el impacto en condiciones laborales, responsabilidad de la periodista Francisca Skoknic.

Acá va un extracto:

"Un millón de RUTs

El problema adquirió un tono de escándalo en 2003, cuando lo asumió por primera vez la ex directora del Trabajo María Ester Feres, al realizar una sorpresiva inspección dominical al tradicional local de Almacenes París de Alameda con San Antonio y detectar que sólo en esa tienda había más de 150 empleadores con distintos RUTs. Ahí se contaban varias denominaciones de Paris, pero además, decenas de contratados por empresas que colocan productos en la tienda y terminan obedeciendo a éstas."

"La Fundación SOL ha analizado en detalle el sistema, pues realiza asesorías a sindicatos e hizo un estudio para la Dirección del Trabajo. “El efecto más importante es en la sindicalización, pues el desmembramiento de los sindicatos les resta poder para negociar”, dice el economista Marco Kremermann, de Fundación Sol. Kremermann explica que, por ejemplo, Falabella “basa su organización laboral en la separación explícita de la explotación y administración del negocio. La empresa tiene razones sociales para contratar a sus trabajadores y una razón social para vender los productos. Por eso, los trabajadores hablan de una especie de ‘subcontratación oculta’, en la medida de que cada razón social está vinculada a las distintas tiendas que finalmente derivan sus ventas a la razón social madre: S.A.C.I Falabella”.

En total, la Fundación Sol detectó que las razones sociales que se consolidan en esa empresa son 94 en Chile (tiendas, supermercados, Sodimac y otros), además de otras 37 en el exterior (Colombia, Argentina, Perú y Uruguay)."

lunes, 7 de abril de 2008

And the winner is... Claudia Farfán


Cómo odio tener siempre la razón. La frase es original del Dr. Ian Malcolm (Jeff Goldblum en Jurassic Park), pero me viene a la mente al enterarme en el medioblog, de que el reportaje ganador del premio excelencia periodística 2007 fue uno de la periodista Claudia farfan, de revista Qué Pasa, "Los secretos de espionaje político en democracia".
Como recordarán (nadie lo recuerda, pero la frase tiene estilo) el artículo lo destaqué en su momento por la cantidad de info que entregaba, lo contundente que se leía, y el absoluto silencio en torno a él. Se veía el silencio.
Este premio ubica al reportaje en el sitial que le corresponde. El mejor reportaje político de los últimos 17 años. Se entrega evidencia contundente sobre la operación en democracia del ejército en contra de dirigentes políticos.
Es muy aplaudible que haya sido la revista Qué Pasa, ligada a la derecha empresarial por su propiedad, la que lo haya publicado.
Felicitaciones desde este modesto sitio a Claudia Farfán por un tremendo reportaje que puede revisar en Qué Pasa.

"Entre marzo y noviembre de 1992 una unidad secreta del Ejército interceptó clandestinamente desde el Comando de Telecomunicaciones de Peñalolén las conversaciones telefónicas de ministros, parlamentarios e incluso del presidente Patricio Aylwin. La operación fue dirigida por el Comando Asesor, encabezado por el general Jorge Ballerino, brazo derecho del comandante en jefe, Augusto Pinochet. El plan castrense se desactivó tras estallar el Piñeragate, uno de los mayores escándalos políticos de la transición y cuyo fin fue abortar la candidatura presidencial de Sebastián Piñera. Esta es la investigación de cómo se fraguó la red de espionaje y cómo ésta funcionaba."

viernes, 4 de abril de 2008

Preguntale a una leyenda

Carta desde la clandestinidad

Desde Miguel Paz:

Jueves 3 de abril de 2008

Querido hijo:

He decidido enviarte esta carta por correo electrónico debido al apuro. Ya sabes tú cuánto me carga usar el computador, a excepción de cuando juego solitario (lo mejor de ese cacharro), pero la noticia
publicada por El Mostrador esta mañana me tiene aterrada. ¿Que como leí tu diario si no ocupo la computadora? Tu hermana, pues. Ella me llamó para contarme que los vejetes carcamales del Tribunal Constitucional prohibieron la píldora del día después con el voto decisivo del Peta Fernández (recuerdas cuando te decía que el Peta no era de confiar. Ok, es verdad, ningún político es de confiar, pero me estoy yendo para otro lado.

La cosa es que entre las quejas de tu hermana por todas las niñitas que pasan por su consultorio para pedir la pastillita de emergencia y la cara de espanto de la nana cuando le dije que se acaba el sustituto del método yuspe (parece que anoche tuvo un "remember", jejeje), casi no me había percatado de que estos señores del TC, que estoy segurísima les gusta harto el leseo y deben ser "viejos verdes", también van a prohibir la T de cobre; con el aplauso de estos niños de dockers y camisita blanca que se hacen llamar la "Alianza", que de alianza tienen harto poco a no ser por la argolla de matrimonio, la mujer en el gym, sus siete hijos y tres nanas.

Me da un poco de pudor confesártelo a estas alturas del partido pero yo uso el famoso dispositivo intrauterino. Tengo varias amigas que tú conoces, olvídate no te digo quienes son copuchento, que también lo ocupan. Y aunque lo que digan los del Tribunal Corporal afecta sólo a mujeres y jovencitas pobres que no pueden costear métodos de anticoncepción seguros, siento como un deber unirme a ellas para rechazar que unos constitucionalistas de derecho de la Inquisición vengan siquiera a atreverse a decirnos lo que una puede hacer con su cuerpo.

Tu hermana me dice que son tantas las chicas que llegan casi desangradas por abortos caseros al consultorio de la población donde trabaja, que no entiende cómo alguien que representa a la gente del Maule pero vive en La Dehesa, por ejemplo, puede andar sermoneando desde el Senado lo que una hace para evitar embarazarse. Según las estadísticas que me dijo por teléfono tu hermana son como 150 mil los abortos que se hacen anualmente en Chile. Son 1 y medio de cada tres, los hijos nacidos fuera del matrimonio y de esos un número importante que no recuerdo ahora, son guaguitas de niñas que no han cumplido los 18 años.

Con qué cara predican la prohibición quienes pueden comprar la pastilla para sus hijas pelolais después de un ponceo hardcore ¿se dice pelolais y ponceo cierto? Con qué ojos pueden mirar la pobreza a los ojos y dar argumentos jurídicos sobre algo que en verdad no comprenden porque tienen estrechez de mente, de corazón, de piernas al fin y al cabo.

La verdad es que estoy choqueada. Hubiese entendido algo así con Pinochet. Incluso con Aylwin. ¿Pero en los tiempos de la Michelle? No entiendo. Me gustaría escribirle. Invitar a otras mujeres, a tus colegas periodistas, por ejemplo, a que le mandemos cientos, miles de cartas. Para decirle que muchas no votamos por ella para esto.
Que los del TC no están "puro cagando" como dicen los lolos.

Dejo para el final lo urgente. A tu hermana le dejé mis señas por si necesitas verme. He decidido ingresar a la clandestinidad. No vaya a ser que todas las mujeres que usamos la T nos convirtamos en delincuentes peligrosas para la sociedad. Cómo lo haré, dices tú. No lo tengo muy claro. De momento me llevo la biografía no autorizada de la Presidenta, una copia que dejaste en casa de Galimberti y de la Orquesta Roja, y un DVD de La vida de los otros, de donde espero sacar los tips para que no me pille la policía de la moral sexual autorizada.

Se despide, siempre amorosa, desde algún lugar de la selva de Neltume,

Tu madre.


PD: Tu padre, bacheletista a morir, decidió acompañarme.