sábado, 27 de septiembre de 2008

Vote Republicano. Vea aquí por qué debería



El video fue escrito y dirigido por Charlie Steak y producido por SynteheticHuman Pictures.

Fuente: Retaguardia.

24 horas de tráfico aéreo en el mundo

martes, 23 de septiembre de 2008

Esto sí tiene nombre: se llama ignorancia supina

El senador Sergio Romero (RN), declaró que la Declaración de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) "contrasta con el silencio" de este organismo frente a la expulsión de José Miguel Vivanco de Venezuela.
Lo que este honorable pasó por alto es que la comisión ES PARTE de la OEA.
Así se lo precisó por escrito y públicamente José Miguel Insulza, explicándole que "la CIDH es el órgano de nuestra organización a cargo de los derechos humanos, y su mandato surge de la Carta de la OEA y de la Convención Americana sobre Derechos Humanos" y que junto a la Corte Interamericana es parte del sistema de protección y promoción de los derechos humanos en las Américas.

Estos son los senadores que se oponen al Tribunal Penal Internacional.
Ignorancia supina, me enseñó en 1985 mi profesor de Castellano, es aquella ignorancia que recae sobre cuestiones que uno tiene el deber de conocer.

domingo, 21 de septiembre de 2008

El numerito de Chávez, por Carlos Peña

"El jueves, en Caracas, y en un ambiente, es de suponer, calurosamente hostil, Human Rigths Watch (dirigido, dicho sea de paso, por un chileno) presentó su análisis de los diez años del Gobierno de Chávez. Chávez simpatiza a una parte de la izquierda (esa que arisca la nariz frente a la dinámica actual del capitalismo) y por eso este trabajo (realizado por una institución de irreprochable imparcialidad) merece ser tomado en cuenta por quienes la suerte de la izquierda latinoamericana podría afectarles (o sea por todos).

El rasgo más notorio de Chávez es su carácter mayoritario. Nadie podría reprocharle haber accedido al poder o mantenerse en él a espaldas de los venezolanos. Si bien el año 1992 pecó de golpista, se corrigió pronto: fue electo con el 56% de los votos, ganó un referéndum con casi el 92% y hasta hace poco su popularidad no bajaba del 65%. Casi todos sus actos se encuentran refrendados por votaciones, mitines y plebiscitos y cuando perdió uno de estos últimos aceptó la derrota sin chistar (o casi).

El carácter mayoritario de Chávez es indesmentible y su vocación por el voto irreprochable. Un puñado de sus adversarios no puede decir lo mismo: la derecha venezolana (la misma que casi siempre mostró un raro deleite por la corrupcion, el oropel y la bisutería) apoyó, el año 2002, un golpe bochornoso en su contra cuyo éxito duró apenas dos días.

El informe de Human Rigths Watch muestra, sin embargo, que Chávez, junto a ese casi supersticioso apego a la mayoría, muestra una tendencia, casi igualmente intensa, a pisotear lo que constituye uno de los cotos vedados de la democracia: los derechos de los individuos.

En Venezuela, que se sepa, no hay desapariciones masivas ni torturas, y los opositores no se encuentran recluidos, pero en cambio se multiplican, con imaginación efervescente, los obstáculos a la libertad de expresión, se amaga la independencia de los tribunales, se cultiva la discriminación por motivos políticos y la libertad sindical brilla por su ausencia.

Los escritores de Human Rigths Watch (luego de visitas in situ, entrevistas, revisión de la prensa y múltiples mecanismos de cotejo en los que se han hecho expertos) relatan que Chávez imaginó el delito de desacato (que castiga, como ocurría en Chile hasta hace poco, la crítica a las autoridades); se las arregló para contar con jueces obsecuentes (el Congreso puede destituirlos por mayoría simple y cada vez que alguno osa contrariar sus preferencias); utiliza los empleos estatales como botín (y su pérdida como castigo); y mediante diversos ardides logró que los sindicatos casi se confundieran con el gobierno (y éste, por supuesto, con el Estado).

Es decir, en Venezuela gobierna la mayoría; pero cada día que pasa se arruinan el conjunto de procedimientos, mecanismos y alternativas para que la minoría excluida del gobierno pueda abrigar la esperanza de hacer eso a que tiene derecho en todas las democracias del mundo: ganar competitivamente la voluntad de los mismos que por ahora apoyan a Chávez.

El modelo bolivariano -así le gusta a Chávez se lo denomine- es entonces un gobierno demócrata, pero iliberal. Uno de esos tantos gobiernos que se empeñan en carecer de límites con el clásico argumento de que si gobierna el pueblo las cortapisas son redundantes e innecesarias. ¿Por qué el pueblo habría de protegerse contra su propia voluntad?

Con ese argumento, Chávez ha anegado todas la ramas del gobierno hasta no dejar ninguna lejos suyo y parece empeñado en hacer lo mismo con la sociedad civil, los sindicatos, la prensa y otras entidades no gubernamentales. En ese empeño lo ayudan, por supuesto, una derecha que fue tradicionalmente parasitaria y el petróleo que es más persuasivo y elocuente que el más sofisticado de los argumentos.

La ruina de los derechos civiles y políticos que muestra el informe de Human Rigths Watch es creciente en Venezuela; pero haríamos mal si viéramos en él un fruto exclusivo de la voluntad de Chávez. Ese deterioro es resultado de uno de los rasgos más propios de la región (del que a veces ni siquiera nosotros nos escapamos): el deseo de tomar atajos y evitar el tedio de la mejora incremental. Las élites de derecha que depredaron el estado venezolano (cuando asumió Chávez cuatro de cinco venezolanos estaban bajo la línea de la pobreza) también tienen su parte en lo que está pasando allí.

Y es que, como enseñó Marx en el Dieciocho Brumario, la política actual siempre es resultado de condiciones heredadas

Pero explicar a Chávez no equivale, por supuesto, a exculparlo. El maltrato a las instituciones liberales que -como muestra el informe de Human Rigths Watch- él lleva cotidianamente a cabo es simplemente inaceptable.

Chávez muestra, con exceso, que uno de los defectos de la izquierda latinoamericana no es su desprecio por la mayoría (que la derecha en cambio ha cultivado con esmero) ni su exotismo (en esto la derecha también lleva la delantera) sino esa tendencia al mesianismo y a los atajos que acaba estropeando los bienes menos ambiciosos, pero más reales, de los derechos civiles y políticos del individuo."

viernes, 19 de septiembre de 2008

Vergonzosa actitud de Chávez: Expulsa a Director de Human Rights Watch, chileno José Miguel Vivanco


Todos quienes conozcan el trabajo serio y riguroso de Human Rights Watch y en particular de José Miguel Vivanco, apreciarán la verguenza para el gobierno venezolano que significa la dictatorial actitud de su presidente al ordenar y televisar la expulsión del destacado abogado.
En materia de dd.hh. este es un punto de no retorno, y uno esperaría que todos los chilenos defensores de los derechos de las personas condenarán, sin ambages esta decisión.


Hago mías las palabras de Pato Navia quien señala:
"Considerando el trabajo absolutamente comprometido con los derechos humanos de Human Rights Watch-cuestión que los chilenos debemos recordar con agradecimiento y solidaridad-resulta inaceptable no reaccionar a favor de Human Rights Watch después de la decisión de Chávez de expulsar a José Miguel Vivanco por haber hecho público el Informe sobre Derechos Humanos en Venezuela (http://www.hrw.org/reports/2008/venezuela0908/) en la ciudad de Caracas.

El respeto por los derechos humanos debiera preceder cualquier preocupación política de corto plazo o consideraciones de alianzas estratégicas y tácticas. Hay que defender los derechos humanos hasta que duela.
Estoy seguro que el gobierno de Chile y cada uno de los partidos de la Concertación reaccionarán con firmeza y claridad a esta injustificada decisión del gobierno venezolano. La presidenta Bachelet, víctima de violaciones a los derechos humanos, debe asumir un papel de liderazgo para trabajar a favor de que las preocupantes violaciones a los derechos humanos que ocurren en Venezuela y que han sido debidamente documentadas en el Informe de Human Rights Watch dejen de ocurrir.

Acá el
Informe de Human Rights Watch:



jueves, 18 de septiembre de 2008

Qué imagen es de una neurona y cuál del universo?



"La imagen de la izquierda corresponde a una neurona, una célula de ratón. Mide unas pocas micras. Fue realizada por Mark Miller, investigador universitario de Somerville, Massachusetts. A la izquierda de la imagen se ven tres neuronas (dos en rojo, una en amarillo) y sus interconexiones.

Mientras tanto, en el Max-Planck-Institute for Astrophysics, en Alemania...

...Un equipo internacional de astrofísicos utilizaba el año pasado una simulación informática para representar cómo podría ser el aspecto del Universo en crecimiento y expansión. En la imagen de la derecha se representa un gran cúmulo de galaxias (en el centro y en amarillo) rodeado de estrellas, galaxias y un montón de matería oscura (también conocido como “eso que no tenemos ni idea de qué es”)

Cuando se ponen una junto a otra sorprende ver como dos fenómenos naturales tan tremendamente diferentes siguen patrones parecidos.
Comentaba acertamente David Constantine en el The New York Times."

(Fuentes vía Visual Complexity.)

Fuente: Microsiervos.

"En serio, necesito saber si ella cree que hace 4 mil años había dinosaurios" dice Matt Damon a propósito de Mrs. Palin



Creo que tiene ciertas posibilidades incluso de llegar a ser Presidenta, y me da miedo (…) Querría preguntarle a Palin si realmente cree que había dinosauros hace 4.000 años rulando por el planeta Tierra. En serio. Es importante, quiero saberlo. Porque si ganan, ella va a tener acceso a los códigos de las armas nucleares. Quiero saber si realmente cree que había dinosaurios por aquí hace 4.000 años.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

"Zuñiga y Mardones", por Joaquín Edwards Bello

"22 de octubre de 1924

En Chile hemos dado en el mal gusto de llevar y traer una cuestión de apellidos, como significación de castas; y se ha dado en la tontería de simbolizar a cierta casta en los apellidos Zúñiga y Mardones.

Analizando un poquito se ve el absurdo de estas clasificaciones que tienen una marcada tendencia despectiva, oligárquica. En realidad los verdaderos apellidos nobles de Chile, con nobleza española castiza de la Conquista, son aquellos que conserva el pueblo o la clase media, especialmente en provincias. Los apellidos de la aristocracia, o apellidos vinosos, como dijo alguno, son enteramente ajenos a la guerra de conquista; es decir, no tienen esa nobleza de haber contribuido a la formación del país con su sangre. La aristocracia o plutocracia actual, que tan despectivamente juzga el apellido Zúñiga, llegó a Chile a usufructuar de lo que hicieron los Zúñiga, con su comercio de bayeta. En realidad la aristocracia actual llegó trescientos años después de los Zúñiga y gozó de la calma. Enérgica y activa esa aristocracia, en sus comienzos, tiene sin embargo el grave delito de haber desplazado sin consideración al pueblo y a la clase media, erigiéndose en casta directora, relegando a la otra casta a una servidumbre casi sin esperanzas de liberación. Los Zúñiga y Mardones tan apaleados por cierta clase son la enjundia y médula de Chile.

El pueblo chileno, aun la clase más pobre, que se ha dado en llamar rotos, tiene caracteres de aristocracia, precisamente porque asciende de dos aristocracias: la andaluza o extremeña y la india.

El pueblo chileno es generoso, jugador, altivo, algo vanidoso por eso; son hijos de esos jugadores principescos de continentes, que llamamos conquistadores, y de los indios libres, que eran señores de la tierra libre; son hijos de dos aristocracias verdaderas, ni la de heráldica ni la del saco de Pluto, sino la del esfuerzo, el valor. La aristocracia de los indios era primitiva y fiera, pero reposaba en el señorío absoluto de estas peñas, bosques, valles y desierto del mar de los Andes. El chileno, fuera del calvario pasajero de las encomiendas, no tiene pasado de servidumbre, como ocurre en los pueblos de Europa, exceptuando el vasco. No fue siervo de su origen; por eso tiene características de gran señor, en el trato, en la manera de encarar la vida y gastarse sus jornales.Chile no tuvo afortunadamente esa inmensa noche histórica que se llamó feudalismo y Edad Media, aunque haya muchos interesados en implantarla a la luz de este siglo.

Dice Palacios en el libro Raza chilena que los capitanes españoles no deseaban batirse mano a mano con los indios que los desafiaban a combate singular, porque los consideraban casi siempre como señores, y no como villanos, usando los términos del honor antiguo.

La señora Zúñiga de Ferro, en carta que dirigió ayer a mi primo Ismael Edwards Matte, tiene mucha razón. ¡Que dejen en paz de una vez ese apellido Zúñiga! Pero yo he de decirle una cosa: creo con firmeza que mi primo no lo ha hecho con ese espíritu de vanidad ignorante, porque él está muy lejos de ser un ignorante o un vanidoso. Mi primo tiene un concepto estricto de justicia y siente una fuerza avasalladora de combate contra el abuso, el fraude y el soborno. Esa fuerza de justicia es tan grande en él, que muchas veces descarría y rebalsa el objetivo. Pero su fondo es una gran modestia y un corazón que no conoce otra pasión que ésa. Imposible que resida en su corazón de caballero de la quimera el sentimiento de vanidad que a poca reflexión implicaría la cita del apellido Zúñiga. Esto del apellido Zúñiga y el de Mardones se ha hecho una mala costumbre entre cierta gente, y así no es raro que en la noche, cuando nuestro Presidente último abandonaba La Moneda, algunas personas, ebrias de elegante ignorancia, gritaban: "¡Que no vuelva más! ¡Abajo los Mardones y los Zúñiga!", cuando en realidad con ese grito hacían el mayor elogio al Presidente depuesto, que procuró pactar, hacer un puente entre la oligarquía y los Mardones y los Zúñiga, símbolo de la clase media y el pueblo. Ese grito inconsciente era revelador. Y el punzante problema queda siempre en pie.

Por lo demás, repetimos que en el pueblo chileno se conservaron los nobles apellidos de la Conquista, y así muchas veces en alguna planilla de trabajo popular nos sorprende encontrar: Mardones, Cepeda, Albornoz, Zúñiga, Carrillo, León, Ventura, Antequera, Manzaneda, Pereda y tantos otros que no son precisamente de la aristocracia de ahora...

Pero sí es posible encontrar un capitán que tenga esos nombres heroicos, en cambio sería imposible encontrar funcionarios o capitanes que se llamen con los nombres de la brillante plutocracia actual. En la batalla de Lepanto figuró ya el apellido Zúñiga en don Luis de Zúñiga, lugarteniente de don Juan de Austria y más tarde sucesor del duque de Alba en el gobierno de los Países Bajos, año 1573. ¡Y lo que reirá don Alonso de Ercilla y Zúñiga de estas controversias de criollos! En la estatua, el poeta-soldado madrileño aparece inspirado por una india, como un símbolo mismo de estos Zúñiga y Mardones que pugnan ahora por tener una parte muy justa bajo el sol chileno, porque de esos capitanes y soldados, mezclados con indias, salió el pueblo chileno. La señora Carmela Zúñiga de Ferro bien puede decir ¡adiós pariente! cuando mire al Ercilla y Zúñiga de bronce."

lunes, 15 de septiembre de 2008

Michiko sobre Foster Wallace: Exuberant Riffs on a Land Run Amok

No sé si el NYT acostumbra a hacerlo, pero ayer su más célebre crítica literaria, la terrible Michiko Kakutani, publicó un sentido homenaje a Foster Wallace.

AN APPRECIATION
By MICHIKO KAKUTANI

David Foster Wallace used his prodigious gifts as a writer — his manic, exuberant prose, his ferocious powers of observation, his ability to fuse avant-garde techniques with old-fashioned moral seriousness — to create a series of strobe-lit portraits of a millennial America overdosing on the drugs of entertainment and self-gratification, and to capture, in the words of the musician Robert Plant, the myriad “deep and meaningless” facets of contemporary life.

A prose magician, Mr. Wallace was capable of writing — in his fiction and nonfiction — about subjects from tennis to politics to lobsters, from the horrors of drug withdrawal to the small terrors of life aboard a luxury cruise ship, with humor and fervor and verve. At his best he could write funny, write sad, write sardonic and write serious. He could map the infinite and infinitesimal, the mythic and mundane. He could conjure up an absurd future — an America in which herds of feral hamsters roam the land — while conveying the inroads the absurd has already made in a country where old television shows are a national touchstone and asinine advertisements wallpaper our lives. He could make the reader see state-fair pigs that are so fat they resemble small Volkswagens; communicate the weirdness of growing up in Tornado Alley, in the mathematically flat Midwest; capture the mood of Senator John McCain’s old ”straight talk” campaign of 2000.

Mr. Wallace, who died Friday night at his home in Claremont, Calif., at 46, an apparent suicide, belonged to a generation of writers who grew up on the work of Thomas Pynchon, Don DeLillo and Robert Coover, a generation that came of age in the ’60s and ’70s and took discontinuity for granted. But while his own fiction often showcased his mastery of postmodern pyrotechnics — a cold but glittering arsenal of irony, self-consciousness and clever narrative high jinks — he was also capable of creating profoundly human flesh-and-blood characters with three-dimensional emotional lives. In a kind of aesthetic manifesto, he once wrote that irony and ridicule had become “agents of a great despair and stasis in U.S. culture” and mourned the loss of engagement with deep moral issues that animated the work of the great 19th-century novelists.

For that matter, much of Mr. Wallace’s work, from his gargantuan 1996 novel “Infinite Jest” to his excursions into journalism, felt like outtakes from a continuing debate inside his head about the state of the world and the role of the writer in it, and the chasm between idealism and cynicism, aspirations and reality. The reader could not help but feel that Mr. Wallace had inhaled the muchness of contemporary America — a place besieged by too much data, too many video images, too many high-decibel sales pitches and disingenuous political ads — and had so many contradictory thoughts about it that he could only expel them in fat, prolix narratives filled with Möbius strip-like digressions, copious footnotes and looping philosophical asides. If this led to self-indulgent books badly in need of editing — “Infinite Jest” clocked in at an unnecessarily long 1,079 pages — it also resulted in some wonderfully powerful writing.

He could riff ingeniously about jailhouse tattoos, videophonic stress and men’s movement meetings. A review of a memoir by the tennis player Tracy Austin became a meditation on art and athletics and the mastery of one’s craft. A review of a John Updike novel became an essay on how the “brave new individualism and sexual freedom” of the 1960s had devolved into “the joyless and anomic self-indulgence of the Me Generation.”

Although his books can be uproariously, laugh-out-loud funny, a dark threnody of sadness and despair also runs through Mr. Wallace’s work. He said in one interview that he set out with “Infinite Jest” “to do something sad,” and that novel not only paints a blackly comic portrait of an America run amok, but also features a tormented hero, who is reeling from his discovery of his father’s bloody suicide — his head found splattered inside a microwave oven. Other books too depict characters grappling with depression, free-floating anxiety and plain old unhappiness. One of the stories in “Oblivion” revolved around a cable TV startup called “the Suffering Channel,” which presented “still and moving images of the most intense available moments of human anguish.”

Like Mr. DeLillo and Salman Rushdie, and like Dave Eggers, Zadie Smith and other younger authors, Mr. Wallace transcended Philip Rahv’s famous division of writers into “palefaces” (like Henry James and T. S. Eliot, who specialized in heady, cultivated works rich in symbolism and allegory) and “redskins” (like Whitman and Dreiser, who embraced an earthier, more emotional naturalism). He also transcended Cyril Connolly’s division of writers into “mandarins” (like Proust, who favored ornate, even byzantine prose) and “vernacular” stylists (like Hemingway, who leaned toward more conversational tropes). An ardent magpie, Mr. Wallace tossed together the literary and the colloquial with hyperventilated glee, using an encyclopedia of styles and techniques to try to capture the cacophony of contemporary America. As a result his writing could be both brainy and visceral, fecund with ideas and rich with zeitgeisty buzz.

Over the years he threw off the heavy influence of Mr. Pynchon that was all too apparent in “The Broom of the System” (1987) — which, like “The Crying of Lot 49,” used Joycean word games and literary parody to recount the story of a woman’s quest for knowledge and identity — to find a more elastic voice of his own in “Infinite Jest.” That novel used three story lines — involving a tortured tennis prodigy, a former Demerol addict and Canadian terrorists who want to get their hands on a movie reputed to be so entertaining it causes anyone who sees it to die of pleasure — to depict a depressing, toxic and completely commercialized America. Although that novel suffered from a lack of discipline and a willful repudiation of closure, it showcased Mr. Wallace’s virtuosity and announced his arrival as one of his generation’s pre-eminent talents.

Two later collections of stories — “Brief Interviews With Hideous Men” (1999) and “Oblivion” (2004), which both featured whiny, narcissistic characters — suggested a falling off of ambition and a claustrophobic solipsism of the sort Mr. Wallace himself once decried. But his ventures into nonfiction, “A Supposedly Fun Thing I’ll Never Do Again” (1997) and “Consider the Lobster” (2005), grounded his proclivity for meandering, stream-of-consciousness musings in sharp magazine assignments and reportorial subjects, and they evinced the same sort of weird telling details and philosophical depth of field as his most powerful fiction. They reminded the reader of Mr. Wallace’s copious gifts as a writer and his keen sense of the metastasizing absurdities of life in America at a precarious hinge moment in time."

Muere David Foster Wallace (1962-2008), el mejor cronista del malestar de EE UU


Aún sorprendidísimo por la noticia sólo atino a publicar el obituario de El País, a cargo de Eduardo Lago, y dejar un link para quien quiera leer su último cuento publicado en el New Yorker, "Good people".

"David Foster Wallace, de 46 años de edad, el mejor cronista del malestar de la sociedad norteamericana en la época a caballo entre los siglos XX y XXI, apareció ahorcado en su domicilio de Claremont, California, el viernes, 12 de septiembre, por la noche. El cuerpo fue descubierto por la esposa del escritor, Karen Green, que inmediatamente se puso en contacto con la Policía Local. La noticia se hizo pública 24 horas después, y ha causado una fuerte conmoción en la comunidad literaria estadounidense, que se debate entre la consternación y la incredulidad.

Una de las notas más persistentes entre quienes escuchaban la noticia por primera vez fue el recuerdo de que hace unos años, el propio escritor pidió que lo internaran en una unidad de vigilancia hospitalaria pues no se sentía capaz de controlar su pulsión suicida. Foster Wallace era un personaje muy querido tanto por sus estudiantes y colegas de la Universidad de Pomona, donde impartía clases de escritura creativa, como por sus compañeros de oficio. Tal vez uno de los rasgos más llamativos de su personalidad fuera el contraste entre el afecto que inspiraba en cuantos trataban con él y su marcada propensión a sumergirse en estados de ánimo sumamente sombríos.

Nació en Ítaca, en el Estado de Nueva York, en 1962, hijo de profesores universitarios, su padre de filosofía y su madre de literatura. Sus primeros libros La escoba del sistema (1987) y La niña del pelo raro (1989), escritos cuando tenía veintitantos años, llamaron la atención por la fuerza incendiaria del lenguaje y la radicalidad de sus planteamientos literarios.

El interés se elevó a asombro con la aparición en 1996 de la monumental La broma infinita, edificio narrativo de más de mil páginas, que contaba con un complejo aparato de varios centenares de notas, muchas de considerable extensión. La novela adquirió el estatus contradictorio de ser considerada una obra de culto, pese a que gozó de una extraordinaria difusión. El consenso, sobre todo entre los escritores, es que se trataba de la novela más audaz e innovadora escrita en Estados Unidos en la década final del siglo XX.

A los críticos les resultaba difícil encasillar a un autor como David Foster Wallace, pues se salía de los límites de lo estrictamente literario. Su estética remitía a referentes tan dispares como la obra del cineasta David Lynch (Wallace escribió una crónica memorable sobre el rodaje de Lost Highway) o los comentarios de alguien tan improbable como el célebre icono de la televisión estadounidense David Letterman.

Punta de lanza de una generación literaria que incluye nombres como William T. Vollman, Richard Powers, A. M. Homes, Jonathan Franzen o Mark Layner, una generación convencida de que la circunstancia vital de nuestro tiempo no se puede explorar desde la estética periclitada del realismo, la obra de Foster Wallace supone una forma radicalmente nueva de entender la literatura.

Sus estructuras narrativas son consecuencia directa de la sensibilidad de nuestra era; reventando los códigos estéticos de las generaciones precedentes, su prosa tentacular mimetiza los sistemas del paradigma cultural en que vivimos: el vértigo de las comunicaciones, el exceso de información, la influencia de las grandes corporaciones financieras, los iconos de la cultura pop, la industria del entretenimiento, el cine, el deporte y la música, la amenaza omnipresente del terrorismo.

Publicada cuando el autor contaba 33 años de edad y ambientada en EE UU en torno al año 2025, La broma infinita propicia el entrecruzamiento de una portentosa diversidad de registros: de la trigonometría al tenis, pasando por las drogas, la estética grunge, la filosofía, y el cine. Por medio de un lenguaje en estado permanente de incandescencia, la novela lleva a cabo una sátira despiadada de nuestro tiempo, a la vez que un conmovedor escrutinio de la soledad del individuo.

Tuve ocasión de entrevistar a David Foster Wallace para EL PAÍS en dos ocasiones. Hablando de su magnum opus, el escritor se lamentó de que a casi todo el mundo se le hubieran escapado los aspectos más sombríos de la novela, que consideraba una obra cargada de matices trágicos: "Desde un punto de vista materialista", declaró entonces el autor, "los Estados Unidos son un buen lugar para vivir. La economía es muy potente, y el país nada en la abundancia. Y sin embargo, a pesar de todo eso, entre la gente de mi edad, incluso los que pertenecemos a una clase acomodada que no ha sido víctima de ningún tipo de discriminación, hay una sensación de malestar, una tristeza y una desconexión muy profundas. Sobre nosotros sigue pesando la sombra de episodios históricos recientes, como Vietnam o el Watergate y ahora, el desastre que se avecina con la matanza que está a punto de comenzar en Irak". Señalando otro de los aspectos fundamentales del libro, añadió: "Otro tema central de la novela es el fenómeno de la adicción como síntoma del malestar de la sociedad capitalista: desde las drogas hasta otras formas más genéricas de adicción".

Con posterioridad a La broma infinita, Wallace publicó colecciones de cuentos y ensayos, entre los que destacan Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer (1997), Breves entrevistas con hombres repulsivos (1999), Historia abreviada del infinito (2003), Olvido (2004) y Hablemos de langostas (2005). David Foster Wallace ejerció una influencia considerable entre los jóvenes novelistas de su país, así como entre los europeos. Su obra ha sido traducida ejemplarmente en nuestro país por el novelista Javier Calvo.

Una de las intuiciones más llamativas de Wallace es su lúcida valoración del papel que le corresponde a la televisión que, tras superar un estado infantil, consideraba que estaba llamado a ser uno de los repositorios de las formas narrativas del futuro. "Nuestra relación con la realidad está violentamente mediatizada por el impacto de los medios visuales y la tecnología, sobre todo la televisión. Creo que la literatura seria mantiene una relación sumamente compleja y ambivalente con la industria del entretenimiento en general".

En este sentido, el novelista estadounidense tenía ciertas reservas acerca de la omnipotencia de Internet: "No nos engañemos: la Red no es más que una avalancha de información, un laissez faire salvaje, sin estándares éticos. Se acosa al consumidor con un aluvión de ofertas seductoras, sin ayudarle a discernir a la hora de elegir. La explosión punto.com es la destilación de la ética capitalista en estado químicamente puro".

Campeón del experimentalismo, siempre tuvo claro que no podía quedarse en un mero juego de artificio realizado en el vacío: "Lo esencial es la emoción. La escritura tiene que estar viva, y aunque no sé cómo explicarlo, se trata de algo muy sencillo: desde los griegos, la buena literatura te hace sentir un nudo en la boca del estómago. Lo demás no sirve para nada".

La inesperada desaparición del escritor en plena posesión de su talento ha causado una profunda desazón entre sus seguidores: éramos muchos los que estábamos convencidos de que lo mejor de David Foster Wallace estaba aún por llegar."

Eduardo Lago, director del Instituto Cervantes de Nueva York, ganó el Premio Nadal 2006 con su primera novela, Llámame Brooklyn. Su próximo libro, Ladrón de mapas (Destino) saldrá en octubre.


Por acá, un link a su club de fans.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Hace sólo 13 años

Fue en septiembre del 2005. Los de entonces etc., pero la guitarra sigue sonando.

jueves, 11 de septiembre de 2008

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Seguro que aseguro



"Chi!, y más encima quieren que paguemos los seguros!"- comentaron.

It's the end of the world, en Ginebra




Considerando que hoy es 10,9,8, resulta muy apropiado que eligieran este día para el fin del mundo tal como lo conocemos (y me siento bien).

Vamos, hasta Google no se resistió a ilustrar el día con una portada especial en su buscador.
Arriba hay un para de fotos del Gran Colisionador de Hadrones, ubicado en las afueras de Ginebra, camino a Francia. Pasé por afuera del edificio hace un par de años y parecía una respetable inutilidad burocrática.

Pese a lo que desinforman algunos medios nacionales y las negras expectativas de algunos amantes del comic y los universos paralelos, hoy no se acabará el mundo, ya que no se producirá ninguna colisión de partículas en el LHC, pues no está previsto que esto suceda hasta algún tiempo después de su ceremonia de inauguración, lo que tendrá lugar el 21 de octubre.

Como estupendamente informa Microsiervos, "entre otras cuestiones, se espera que una vez a pleno funcionamiento el LHC ayude profundizar en nuestro conocimiento del modelo estándar de física de partículas, que por ahora es nuestra mejor explicación de cómo funciona buena parte del MundoReal™, y a responder a preguntas como:

- Qué es la masa, pues aunque la experimentamos a diario nadie sabe qué es realmente.
- Cuál es el origen de la masa de las partículas y, en particular, si existe el bosón de Higgs, al que se cree responsable de esto.
- Cuántas son las partículas totales del átomo ( y es que ya llevamos unas cuantas y la cuenta crece y crece).
- Qué es la materia oscura, que de existir formaría el 95% de la masa del universo."

El costo del experimento alcanza los 6 mil millones de dólares. Que es como decir chorrocientos fantastillones.

viernes, 5 de septiembre de 2008

El Nacional


Andrés Gómez, periodista cultural, de los pocos que hay y de los buenos, escribiò el sábado, en el suplemento de La Tercera, una crónica que no sé cómo reproducir acá, dado el formato de esa publicación (papel digital que le llaman). Sólo dejo la ilustración del artículo, muy lograda por cierto. (Un buen ilustrador es requisito indispensable, creo, de un suplemento o revista cultural)

¿Qué dice? Lo que otros no dicen. Que el premio al bueno de Barquero tiene algo de jubilaciòn, su poco de culpa, la buena voluntad de que èl no ha matado a nadie y es comunista, lo que ya es 80% del mérito necesario.
Hay que premiar. Hay que aprender a premiar. Los premios son una fiesta. Si hay algo que los gringos nos enseñan cada año en los oscar, los emmy, los tony, los MTV, es que a celebrar no se improvisa. Allá nadie dice "y ahora, francisca lewin", "no, parece que es blanca lewin", si faltò decir alfredo y la cosa hubiera sido total.

Hay que premiar a los libreros (y los nominados son: Què Leo, Ulises y Metales Pesados), hay que premiar las mejores portadas, las bellas ediciones. La feria del libro de Mapocho debiera ser el momento del año de la fiesta de los libros. Debièsemsos ser recibidos en la entrada por gigantografìas de quienes han muerto el último año en la industria del libro. Premiar a los editores, a los traductores, a los críticos.

Y, por cierto, premiar a los escritores de teatro, poesía, narrativa y ensayo.

Y así todos los años, a fines de octubre.

Sin obligatoria postulación y envío de c vitae. Con un jurado de calidad y no de burocracias gremiales o gubernamentales.

Eso a propòsito del excelente artículo de Andrés Gómez, irreproducible acá, efímero en la red, pero muy lùcido.