domingo, 31 de mayo de 2009

Habla la derecha, por Carlos Peña

Si la derecha pierde,  como pocas veces, sólo será culpa de ella. La carta de Carlos Larraín es sólo uno más entre la lista de gruesos errores de la primera línea de la derecha.  Acá el tradicional análisis de Peña. Ojo en los comentarios de emol con el coment de Francisco Eicholz, hermano de Juan Carlos Eicholz, apreciado compañero de la UC, y hoy "juvenil" figura de una derecha que no parte. 

"Alguien atribuyó a Bachelet haber hecho una analogía entre su propia situación y la de Ana Frank.
Eso bastó.

Carlos Larraín escribió entonces una carta. Enumeró las diferencias entre una y otra situación y se quejó, al final, que la analogía era una burda maniobra de propaganda.
Si se tratara de una carta de un lector común y corriente, el asunto sería inofensivo. Pero ocurre que quien la firma es un importante dirigente político, uno de quienes flanquean a Piñera en sus aspiraciones presidenciales, el presidente de Renovación Nacional. Y eso justifica de sobra que se la analice y se la discuta.
Desde luego, la carta parece desconocer en qué consiste exactamente una analogía.
Cuando se argumenta por analogía (como en el caso que erizó a Larraín) se equiparan realidades que no son iguales en todos sus aspectos, pero que coinciden en alguna característica relevante (que es la que importa para la argumentación). Es obvio que Ana Frank no es Bachelet en un sinnúmero de aspectos.

Pero en algo coinciden: ambas fueron víctimas de abusos en razón de su identidad (étnica en un caso, política en el otro). Y ambas son sólo una de las miles de víctimas que, en diversos grados, padecieron lo mismo.

Y esa equivalencia es la que justifica la analogía: bajo ese respecto -el abuso de que fueron víctimas por parte de quienes monopolizaban la fuerza-, ambas situaciones merecen la misma evaluación moral y quienes la ejecutaron, la misma condena.
Por supuesto no es eso lo que piensa Carlos Larraín y tampoco es eso lo que, en el fondo de su corazón, piensa la derecha.

El dirigente de Renovación Nacional afirma que los casos son incomparables porque mientras Ana era una niña a la que se persiguió por ser judía, Bachelet era "mayor de edad y ya manifestaba opiniones políticas". Es difícil entender por qué esa sería una diferencia relevante desde el punto de vista del abuso que vivieron la una y la otra. ¿Acaso no es igualmente reprochable perseguir a alguien por su origen que hacerlo por las ideas que defiende?, ¿no es igualmente repugnante infringir los derechos básicos de una niña que los de una mujer adulta?, ¿no es quizás igual maltratar a una por lo que es y a otra por lo que cree?

Por supuesto que es igual.
Salvo, claro, que usted piense que mientras Ana no tuvo culpa en lo que le ocurrió, Bachelet (y los miles que padecieron lo que ella) sí.
Y eso es -me temo- lo que, al final del día, piensan amplios sectores de la derecha en Chile.

La derecha cree -aunque no se atreva a confesarlo con la claridad con que lo hace Carlos Larraín- que en las violaciones a los derechos humanos cometidas por la dictadura nadie sería totalmente culpable, por la sencilla razón de que nadie, tampoco, sería totalmente inocente. A fin de cuentas -parece pensar la derecha- las víctimas no lo son tanto: se trataría de personas que, en alguna medida, y a diferencia de Ana Frank, se hicieron merecedoras de lo que les ocurrió.

Esa íntima convicción es la que explicaría -después de la carta de Carlos Larraín se entiende- la renuencia de la derecha a condenar de manera tajante las violaciones cometidas en dictadura y la facilidad con que se deja dominar por quienes fueron sus altos funcionarios. Después de todo -piensa la derecha-, en un mundo en el que las víctimas no son inocentes, los victimarios tampoco son culpables.

Se trata de un curioso ejercicio de teología política: como todos estamos sucios del pecado original, nadie puede acusar a nadie.

Es también increíble que Larraín incluya dentro de la categoría de las "vicisitudes personales" el que alguien haya sido víctima de abusos. Decir eso no muestra falta de sensibilidad, sino algo peor: una grave confusión intelectual entre la esfera pública y la privada. ¿Habrá que enseñar ahora que los atropellos por razones políticas son cuestiones privadas regidas por el pudor y no en cambio asuntos relativos a la vida cívica? ¿Que las violaciones a los derechos humanos son una mera vicisitud de las víctimas y no un problema que debe interesar a todos?

No hay que quejarse entonces por el hecho de que un dirigente critique a la Presidenta o escriba cartas al diario. De eso se trata la política democrática. Lo que merece escándalo es lo que la derecha piensa de los derechos humanos y que Carlos Larraín, con involuntaria sinceridad, puso de manifiesto en esa carta."

Fuente.:emol

viernes, 8 de mayo de 2009

Escuálido desempeño legislativo del senador Flores

En 6 años de senador, 8 proyectos presentados (1 al año y algo más), 3 de los cuales están ya cerrados, 3 sólo se presentaron y ni siquiera se discutieron. O sea, lo que se dice un escuálido desempeño legislativo, que es para lo que fue elegido.



Fuente: http://sil.senado.cl/pags/index.html

La legalidad ilegal de Rusia, by Suzanne Scholl


Moscú – El coronel Yuri Budanov es un violador y asesino convicto. Tras cumplir la mitad de su condena por la violación y asesinato de una joven chechena de 18 años, Elsa Kungayeva, fue puesto en libertad en diciembre pasado.

Svetlana Bakhmina era una abogada en Yukos, la empresa petrolera que dirigía Mikhail Khodorkovsky. En 2004 fue arrestada y en 2006 condenada a seis años y medio de prisión por los delitos de malversación y fraude fiscal. Al igual que Budanov, solicitó su liberación anticipada en 2008. La solicitud fue denegada, al igual que la petición que había hecho en 2006 para que se suspendiera su condena hasta que sus hijos menores cumplieran 14 años –petición a la que tenía derecho de conformidad con la ley rusa.

Vasily Aleksanyan era vicepresidente ejecutivo de Yukos y, como abogado, defendió a Khodorkovsky y su socio, Platon Lebedev, tras su arresto en 2003. Más tarde fue inhabilitado para el ejercicio de la abogacía y detenido en abril de 2006. Para ese entonces, Aleksanyan estaba gravemente enfermo de SIDA y se le negó el tratamiento. En diciembre de 2008, el tribunal de la ciudad de Moscú aprobó su libertad mediante una fianza de 50 millones de rublos (aproximadamente 1,775,000 dólares en ese momento).

Por último, consideremos a Khodorkovsky y Lebedev. En 2003 fueron arrestados y en 2005 se les condenó a ocho años de prisión por el delito de fraude fiscal. Están cumpliendo sus sentencias en Chita, en la frontera con China, aunque la ley rusa establece que dados los delitos de los que se les acusó tienen derecho a estar encarcelados cerca de su domicilio, es decir, Moscú.

Cuando Dmitry Medvedev fue electo presidente de Rusia hace poco más de un año, prometió que acabaría con el “nihilismo jurídico” en Rusia. Aunque era colaborador cercano de Vladimir Putin y probablemente pudo llegar a la presidencia exclusivamente por ese motivo, muchos esperaban que pusiera fin a la venganza contra Khodorkovsky y todos quienes lo habían rodeado.

La decepción total llegó apenas un año después de la elección de Medvedev, cuando se presentó un nuevo caso contra Khodorkovsky y Lebedev, esta vez por malversación de miles de millones y lavado de dinero.

En la audiencia preliminar, un observador cínico comentó que por lo visto las autoridades rusas no lograban ponerse de acuerdo: o bien los ex directivos de Yukos no pagaban impuestos o bien malversaban fondos. Pero, ¿desde cuándo se pagan impuestos sobre fondos malversados?

El tribunal donde se lleva a cabo el nuevo juicio contra Khodorkovsky y Lebedev es poco más grande que un aula escolar espaciosa y está lleno de guardias fuertemente armados. A pesar de ello, se obliga a los dos acusados a sentarse dentro de una jaula estrecha cuyo frente de vidrio sólo tiene dos pequeñas aberturas para que sus abogados puedan comunicarse con ellos. Todos los días se les lleva al tribunal esposados como si fueran delincuentes peligrosos. No se pueden evitar las comparaciones con el caso de Budanov, el violador y asesino que ahora es libre para transitar por Rusia como le plazca.

El juez rechazó sin comentarios una solicitud de los abogados defensores para retirar la jaula y sustituir a uno de los fiscales, que ya había sido abogado de la parte acusadora durante el primer juicio. Así pues, las intenciones de las autoridades son claras: encerrar a Khodorkovsky y Lebedev por un período mucho más largo – más de 20 años si se les declara culpables. Pocos dudan que así sucederá.

Con todo, este nuevo juicio es, por supuesto, una prueba para la presidencia de Medvedev. Hasta ahora, no ha hecho nada para contrarrestar el nihilismo contra el que él mismo se ha pronunciado. Pero tal vez lo haga en el curso de este juicio, que se parece a una venganza incluso más que el primero.

Es cierto que Khodorkovsky no es ningún santo. Como muchos otros que actualmente pueden disfrutar su riqueza tranquilamente en Rusia (o que tal vez están lamentándose por haberla perdido debido a la crisis financiera), hizo su fortuna con medios totalmente oscuros durante los primeros años de la era postsoviética. Pero en lugar de comprar palacios, yates o equipos de futbol, invirtió su dinero en Rusia.

Por supuesto, se dedicó principalmente a llenarse los bolsillos –y sus actividades sociales y políticas ciertamente tampoco fueron completamente altruistas. Pero lo que lo convirtió en el enemigo público número uno de Putin fue su deseo de llevar a Rusia en una dirección política que consideraba positiva y deseable. Su ambición era que se llevaran a cabo reformas sociales y políticas realmente profundas en el país, lo que aseguró su caída y provocó también este nuevo juicio, que aparentemente tiene el objetivo de acallarlo definitivamente.

Inevitablemente, este caso servirá para calificar la presidencia de Medvedev. ¿Tolerará y aprobará las aversiones personales de su primer ministro, o está dispuesto a poner fin al lamentable espectáculo de un proceso judicial que ha sido manipulado y del que se ha abusado de principio a fin? No hay muchos indicios de que esto último vaya a ocurrir, pero Rusia siempre ha sido un país donde la esperanza muere al último.

Susanne Scholl es jefa de la oficina de la ORF (Televisión Pública Austriaca) en Moscú. Su libro más reciente es Tochter des Krieges: berleben in Tschetschenien (Hijas de la guerra: la supervivencia en Chechenia).
Copyright: Project Syndicate, 2009.
www.project-syndicate.org
Traducción de Kena Nequiz.

Hombres locos, por Rodrigo Fresán (para Página 12)


Bienvenidos a la agencia de publicidad neoyorquina Sterling Cooper. Las oficinas de Sterling Cooper están ubicadas en el infernal paraíso o en el paradisíaco infierno de Madison Avenue (de ahí la gracia y el ingenio de Mad Men, que puede leerse como Hombres de Madison y Hombres locos) y en la pantalla de los televisores.

Creada por Matthew Weiner —alguna vez guionista y productor de Los Soprano— Mad Men es el lugar donde reina y sufre Dan Draper. Fumador, bebedor, más acostador que acosador de mujeres, espécimen de barrio residencial, esposo y padre eficiente pero muy lejos de la perfección, Draper (a quien da voz y cuerpo Jon Hamm) es un impecable hombre/maniquí escapado de las páginas publicitarias de las revistas de principios de los años ‘60) que, bajo su perfecta apariencia de tiburón implacable, apenas esconde las grietas de un camusiano extranjero made in USA listo para hacer volar todo por los aires. O —como en esos créditos de apertura, tan Saul Bass circa Alfred Hitchcock—- arrojarse desde las alturas. Así, Draper vuelve todas las noches a casa en tren con un whisky o dos de más y el cartel de la estación en la que se baja anuncia que estamos en Ossining: el mismo suburbio residencial en el que, por entonces, vivía un escritor llamado John Cheever.

JOHN CHEEVER

Era alguien que se ocupaba de contar las historias de hombres como Dan Draper. Hombres enloquecidos por la idea de que, se supone, tienen todo para ser felices y sin embargo hay algo que falla en el teóricamente perfecto producto de sus vidas. Eso que algún publicista tan astuto como Draper bautizó como el Sueño Americano pero que cada vez se confundía y se fundía más con la pesadilla del insomnio.

“No nací en una verdadera clase social, y desde muy pronto tomé la decisión de infiltrarme en la clase media como un espía para poder atacar desde una posición ventajosa, sólo que a veces me parece que he olvidado y tomo mis disfraces demasiado en serio”, escribió Cheever en una entrada de sus Diarios. Y, de algún modo, todavía sigue allí. Nunca se ha ido y siempre vuelve: John Cheever (1912-1982) entró en marzo, por fin, en la canónica Library of America coincidiendo con la publicación de una nueva biografía firmada por Blake Bailey, que ya había publicado un perfecto y demoledor retrato de Richard Yates en el 2003: Tragic Honesty: The Life and Work of Richard Yates. Pero a no confundirse: para los antihéroes de Cheever —-para los nadadores, los maridos rurales o los hermanos siempre en discordia— existe, siempre, la posibilidad cierta de una redención epifánica con resabios de antiguas y divinas mitologías. Dan Draper, creo, no goza de ese privilegio.

RICHARD YATES

Y, mucho menos, los muy tristes personajes del tristísimo Richard Yates (1926-1992), a quien tan poco han comprendido el director Sam Mendes y la actriz Kate Winslet y el actor Leonardo Di Caprio. Entro a ver ilusionado la adaptación fílmica de Revolutionary Road y a los diez minutos comprendo que hay algo —mucho— que no funciona. La adaptación de Mendes es, paradójicamente, tan mal teatro como la obrita amateur con que arranca la película. Lo que en las novelas de Yates es una prosa seca y de dientes apretados aquí se convierte en alarido melodramático y, claro, Di Caprio está condenado a lucir, siempre, como si se hubiera puesto la ropa de su padre y jugara a ser mayor. Di Caprio es, apenas, un hombrecito loquito; y no puedo evitar imaginarme lo bien que habría estado alguien como Edward Norton —o, ya que estamos, Jon Hamm— en el rol de Frank Wheeler. Winslet no hace mal lo suyo pero, otra vez, la misma incómoda sensación que uno ya tuvo en Titanic: la de ver a una mujer aprovechándose de un niño. Tal vez deban filmar juntos —Winslet sería una magnífica Mrs. Robinson y Di Caprio un perfecto Benjamin Braddock— una remake de El graduado, otra de hombres locos.

Así que salgo del cine y entro en una librería y no puedo resistirme a la flamante edición conjunta de las novelas Revolutionary Road (1961) y The Easter Parade (1976, mi favorita entre las suyas) y el legendario volumen de relatos Eleven Kinds of Loneliness (1962) que le ha dedicado la Everyman’s Library al ahora súbitamente hot y cool Yates. Las dos primeras han sido recientemente publicadas por Alfaguara con los títulos de Vía revolucionaria y Las hermanas Grimes, el tercero fue publicado hace unos años por Emecé Argentina, y yo ya tengo todos por separado. Pero hay un placer raro en comprarse libros que ya se tienen. Y el prólogo de Richard Price justifica la inversión. Allí se lee: “El territorio de Yates se ubica ligeramente al Sur de Cheever, al Oeste del de O’Hara, al Este de Carver y al norte de Tobias Wolff y Richard Ford”. Price cuenta cómo conoció al entonces perdedor y olvidado Yates y lo define así: “Se nutría de rencores, era una incubadora de desaires. Sus dioses personales eran Hemingway y Fitzgerald. Estaba amargado. Tenía todo el derecho del mundo para estar amargado. Estaba realmente amargado”.

JOHN O’HARA

Hemingway y Fitzgerald no dudaron en celebrar por escrito la publicación de Cita en Samarra (ahora reeditada por Lumen), primera y consagratoria novela publicada en 1934 por el muy exitoso y muy amargado John O’Hara (1905-1970). O’Hara —hombre de The New Yorker, donde casi nadie lo soportaba— estaba amargado porque en su juventud no había podido estudiar en Yale, porque en su madurez nunca lo invitaron a ser parte de la National Academy of Arts and Letters, y porque en sus últimos años no le dieron el Nobel de Literatura. Poco y nada le satisfacían sus Rolls Royce, sus bestsellers, su imaginación puesta al servicio del imaginario Gibbsville, Pennsylvania, transparente mutación de su Pottsville natal. Si Cheever es el cronista de los infiltrados y Yates el de los vencidos, entonces O’Hara es el profeta de aquellos que deciden tirar del mantel y patear el tablero. Eso es lo que hace Julian English durante una fiesta navideña en Gibbsville. Estalla. Como cualquier noche de éstas —haciendo mucho más ruido que los hombres locos de Kerouac & Co.— estallará Dan Draper en Mad Men.

JOHN UPDIKE

La nueva edición de la novela más conocida y mejor considerada de John O’Hara incluye uno de los muchos brillantes prólogos de John Updike (1932—2009), discípulo admirado y amistad complicada de Cheever, a cuya biografía mencionada más arriba le dedicó una de sus últimas críticas para The New Yorker. Allí se nos dice que “Cita en Samarra es, entre otras cosas, la venganza de un irlandés contra los protestantes que lo han desairado”. Updike —acaso el más perfecto retratista de la mística protestante y puritana, de sus transgresiones y pecados— siempre se confesó admirador de O’Hara. Y, de alguna manera, varios de sus personajes más celebrados —ya sea el irresponsable Harry “Conejo” Angstrom, el itinerante e insatisfecho escritor judío Henry Bech o los innumerables maridos y esposas infieles que retozan entre las sábanas sucias de sus páginas de escritura inmaculada— poseen la explosiva inestabilidad de la nitroglicerina. Basta agitarlos un poco para que nada ni nadie quede en pie por la onda expansiva que producen el día en el que, finalmente, deciden cambiar el ritmo de la música de sus días.

MILES DAVIS

Escribo todo esto mientras escucho, con motivo de sus cincuenta años, la nueva y conmemorativa Legacy Edition de Kind of Blue de Miles Davis. No soy lo que se dice un oyente dedicado y curtido de jazz; pero Kind of Blue es como las Variaciones Goldberg de Bach interpretadas por Glenn Gould: es música que trasciende los géneros. Y es —como en el caso del Bach by Gould— perfecta música de fondo. En el cuadernillo que acompaña al CD me entero de que lo que intentaba evocar Miles Davis en Kind of Blue era el sonido de un coro de gospel alabando al Señor. Algo milagroso que Davis había escuchado, una vez, en una oscura carretera de Arkansas.

“La muerte de Justina” —uno de los relatos más famosos de John Cheever—- concluía con un publicista atormentado redactando como slogan para un mentiroso tónico llamado Elixircol (con supuestos poderes para curar todos los males de los hombres locos de este mundo) aquel pasaje de la Biblia que comienza con “El Señor es mi pastor...” y acaba rogando por la protección para todos aquellos que caminan por “el valle de la sombra de la muerte”.

Ahora es sábado por la mañana, afuera llueve y hoy a la noche dan un nuevo episodio de la segunda temporada de Mad Men.

All Blues.

So What."