martes, 30 de junio de 2009

Antonio Bascuñan entrevistado por Cony Stipicic en Què Pasa

""Por qué es preferible ser liberal que católico", se llamaba una conferencia que dictó tiempo atrás el abogado y profesor universitario Antonio Bascuñán. El suyo es un testimonio de la tensión entre una convicción política liberal y el credo religioso cristiano. Sometimos a Bascuñán a las llamadas disyuntivas valóricas de moda, sobre todo en la contienda presidencial: uniones civiles homosexuales, aborto terapéutico y píldora del día después. Él prefiere hablar de temas de moral social sexual, porque lo otro -dice- "es una invención de obispos y periodistas".

Su mirada de por qué nuestra sociedad no ha podido resolver esos temas apunta a la incapacidad del mundo político de leer adecuadamente lo que su público demanda y también a la injerencia de lo que él llama el magisterio católico.

-Respecto de la píldora del día después, vivimos un eterno déjà vu. ¿Por qué?
-El tema de la píldora ya lo habíamos resuelto cuando en los sesenta el Estado estableció una política pública de salud reproductiva que incluía la puesta a disposición de las mujeres de métodos anticonceptivos. Pero la eliminación del aborto terapéutico hacia fines del gobierno de Pinochet implicó una redefinición del estatus del aborto y se entendió que ese cambio traía consecuencias para el nuevo método anticonceptivo en virtud de su no descartable efecto de impedimento de la anidación. Si a eso se añade el discurso permanente del magisterio eclesiástico contrario a la anticoncepción, se puede advertir que se confunden las cuestiones y entonces termina por considerarse como abortivo algo que en el fondo es un rechazo a la anticoncepción.

-El proyecto de ley del gobierno para garantizar la distribución de la píldora divide a la Concertación y a la Alianza. ¿En qué radica la dificultad de consenso respecto de la anticoncepción de emergencia como política pública?
-La anticoncepción en la discusión de hoy tiene algo así como un estatus de política pública razonable, como un bien que es razonable que el Estado provea a la población. Pero falta en la definición la tesis central de que ese bien corresponde a un derecho fundamental. Es decir, que la mujer tiene un derecho constitucional a decidir y planificar su familia como parte de su vida privada, personalísima y autónoma.

-Eso en su visión liberal, porque los conservadores dirían que antes está el derecho a la vida del que está por nacer.
-Antes de introducir ese argumento el conservador tiene que decir cuál es el valor que atribuye a la autonomía reproductiva de la mujer. Mientras eso no esté aclarado, la discusión gira en el vacío. Por ejemplo, si es legítimo evitar un embarazo mediante la anticoncepción, entonces la píldora del día después incluso puede justificarse bajo la doctrina católica del doble efecto. La pregunta ahora es si la autonomía reproductiva es o no un derecho de la mujer. La respuesta a esa pregunta no se encuentra, por ejemplo, en el razonamiento del Tribunal Constitucional sobre la píldora. Y no lo está porque en su planteamiento para defender el decreto de la píldora, el gobierno tampoco se atrevió a exigir del TC pronunciarse sobre el estatus constitucional que tiene la autonomía reproductiva.

-¿Por qué?
-Porque sostenerlo implica la afirmación de la legitimidad ante el Estado de un conjunto de acciones que el magisterio eclesiástico romano considera intrínsecamente inmorales.

-¿Es falta de voluntad política entonces?
-Ahora veremos qué sucede con el proyecto de ley que dispone la distribución de la píldora. En este tipo de cuestiones, la experiencia histórica demuestra que es necesario cortar el nudo gordiano. Basta una afirmación categórica del derecho a la libertad personal en un ámbito prohibido por la moral del magisterio eclesiástico romano, para que los clérigos queden situados en el lugar que les corresponde: el de la exhortación y el consejo moral.

-¿Pero qué pasa con el derecho a la vida?
-Si la autonomía reproductiva es un derecho fundamental de la mujer, si la anticoncepción en sí misma no presenta reparo alguno, entonces el uso del levonorgestrel es enteramente justificable. El peor de los argumentos en su contra es que no podríamos descartar del todo la posibilidad de un efecto impeditivo de la anidación del embrión. La mejor evidencia científica descarta ese efecto. Pero aun concediendo el argumento, es obvio que se trata del riesgo mínimo imaginable: un evento del que no podemos afirmar que se encuentre científicamente excluido. Es enteramente razonable asumir eso como un riesgo permitido para garantizar a la mujer el uso de un anticonceptivo en una situación de emergencia. Los seres humanos nacidos estamos expuestos a miles de riesgos que sabemos a ciencia cierta que pueden ser causados por las acciones de los demás y que aceptamos como razonablemente permitidos.

-¿Eso explicaría a su juicio la posición favorable a la píldora de los tres candidatos?
-En el caso de Enríquez-Ominami no hay necesidad de explicación; él es partidario de permitir el aborto dentro de un plazo como medio de control de la reproducción. Tratándose de Piñera y de Frei, bueno, hay dos maneras de verlo. Una, como cálculo estratégico: ninguno quiere pagar el costo de la impopularidad de oponerse a la píldora. Otro, como sensatez política: ambos están convencidos de que es un medio anticonceptivo y que es absurdo enfrentar la cuestión como si fuera una discusión sobre el aborto.

En campaña

-¿Qué visión se ha formado de la incursión de los candidatos en estos temas? ¿Le parece que estamos ante una discusión auténtica o que obedece al año electoral?
-Yo observo el discurso de las campañas presidenciales con interés, por el fenómeno que significa, pero sin mucho entusiasmo. Lo observo, además, con algo de molestia, pero con un moderado optimismo.

-Es una mezcla bien rara... ¿Por qué la molestia?
-Esos tres temas corresponden a experiencias humanas de sufrimiento, soledad, exclusión, vergüenza y humillación. Frente a eso, lo debido es la compasión o la indignación. ¿Qué veo en los candidatos? Sordera dogmática en Piñera, una suerte de reticencia distante en Frei, y en su manejo por Enríquez-Ominami atisbo un riesgo de banalización. Lo peor que puede pasar es que quede establecido que abordar estos problemas es signo de inconformismo o excentricidad. La píldora y el aborto no son temas marginales, sino una cuestión central para la igualdad y la dignidad personal de la mujer. El tema de las uniones civiles de parejas del mismo género sí se refiere a intereses de minorías, pero la cuestión de cómo la mayoría trata a las minorías es directamente expresiva del sentido de justicia igualitaria de la mayoría, y eso es constitutivo de una democracia.

-¿Y el moderado optimismo?
-Porque salvo por el debate de la píldora del día después, que experimentó un retroceso con la decisión del Tribunal Constitucional, en el hecho del debate acerca de los otros dos temas ya advierto un avance. El tema aborto era un tabú hasta hace un año, ya abiertamente no lo es; y la relación sexual entre hombres, bueno era un delito hace diez años y ahora la discusión es hasta dónde debe reconocerse derechos a una pareja de hombres o mujeres.

-¿Cree que Piñera y Frei se vieron forzados por Enríquez-Ominami a entrar en estos temas?
-La irrupción de Enríquez-Ominami muestra una falta de identificación del electorado con el discurso de los bloques de partidos que monopolizan las alternativas de poder. De nuevo, se lo puede ver de dos modos. Uno, que esto no es más que una reacción estratégica frente a una competencia inesperada; otro, que es un esfuerzo por asumir lo que ahora se reconoce como un déficit en el discurso. Detrás de esto está la demanda de la mujer por un control efectivo de su vida personal y la demanda de muchos por la inclusión de los excluidos. Con moderado optimismo creo que en cualquiera de sus versiones, el hecho es valioso.

-¿Es un tema electoralmente potente? ¿Puede marcar una diferencia que los candidatos tengan una definición clara?
-Bueno, siendo igual todo lo demás, es decir, si no hay grandes diferencias en cuanto a propuestas administrativas, económicas, ni fantasías colectivas poderosas rivales, es obvio que esto puede ser un tema relevante. La discusión que comienza sobre el proyecto de ley del gobierno para distribuir la píldora así parece demostrarlo. No se trata, por supuesto, de la propuesta legal específica que tenga el candidato sobre uno u otro tema, pero sí de la impresión que dé en general su discurso acerca de ellos. Que el discurso sea capaz de demostrar sensibilidad, voluntad de inclusión y un sincero compromiso con la igualdad: eso puede ser muy relevante.

-Considerando las complejidades de sus respectivos partidos, ¿cree que Piñera y Frei podrán elaborar un oferta como la que usted plantea?
-Yo diría que en ambos ha sido evidente su orientación en ese sentido. No es casual que Piñera se esfuerce por no aparecer como derechista, y que Frei haga gestos a la izquierda de su coalición. La dificultad en el caso de Piñera está en que un número significativo de sus parlamentarios no comparte ese discurso ni tiene vocación de mayoría: a ellos les basta con conservar su posición en el Congreso. La dificultad en el caso de Frei proviene del hecho de que hasta el momento la Concertación ha optado por no decidir en estos temas. Elaborar un discurso común a democratacristianos, liberales de izquierda y socialistas sobre estos asuntos no es tarea fácil.

Paciente compromiso

-¿Cuál de los tres temas le parece que es el más inhibidor?
-El aborto, sin duda. La base de esa dificultad está en una negativa a asumir que los dos puntos de vista en conflicto tienen valor.

-Y los dos puntos de vista son...
-La idea de que tenemos un deber de solidaridad con los seres humanos que ya están anidados en el útero de una mujer, para que nazcan y vivan entre nosotros. Y la idea de que hasta el momento ese deber de solidaridad ha recaído de un modo injusto en la mujer embarazada.

-Usted centra la discusión en el derecho de la mujer.
-No puede ser una discusión de todo o nada. Hay que mirar a los demás países y preguntarse por qué algunos, como Alemania, han logrado resolver el problema sin una división profunda en la población, y otros no lo han logrado, como Estados Unidos. La razón está en desarrollar una comprensión que sea leal a ambos valores en juego. Eso es posible. Los fanáticos no tienen por qué prevalecer entre nosotros.

-¿Cómo tendría que hacerlo Frei, por ejemplo?
-Frei se ha manifestado favorable a discutir el aborto terapéutico. Allí hay un principio importante: no podemos exigir a la mujer que tolere el embarazo bajo todo evento. El deber exigible a la mujer tiene límites. Más allá de esos límites, el Estado debe dejar la decisión en sus manos.

-¿Y Piñera?
-Bueno, si Piñera sinceramente está preocupado por proteger la vida humana no nacida, que abra los ojos. Las sanciones penales a las mujeres embarazadas que abortan no protegen efectivamente. Sólo hacen que nos engañemos.

-Respecto de las uniones homosexuales, ¿cómo evalúa la incursión de los candidatos?
-Bueno, como casi todas las cuestiones de minorías, las relaciones afectivas entre parejas del mismo género han tenido una evolución. Primero se reclama privacidad. Con cargo a eso se eliminó el delito de sodomía que existía hasta 1998. Después viene un reclamo de libertad de expresión: se quiere ser visible. Chile todavía está, por lo menos en ciertos aspectos, en esta etapa. Finalmente, viene un reclamo de reconocimiento. Ya no se trata de que no haya intrusiones en la vida privada, ya no se trata de que no se impida la expresión en público; ahora se trata de que el modo de vida minoritario sea reconocido como válido por los demás. Por eso, el reclamo del matrimonio tiene que ser entendido como la máxima expresión de la aceptación de esa demanda de reconocimiento.

-Cosa que en Chile no va a ocurrir, al menos por ahora.
-Bueno depende de cómo se lo quiera lograr y de cómo se crea más probable lograrlo. Hay estrategias judiciales radicales, estrategias legislativas radicales y estrategias graduales. La pregunta es en qué condición están estas minorías para hacer valer sus reclamos. Yo creo que la situación chilena es incierta porque se da en niveles contradictorios. Hay un cierto nivel de apertura e igualación, pero hay todavía prácticas sociales discriminatorias; hay definiciones estatales que son de igualación, pero también hay prácticas al interior del Estado que son discriminatorias. Entonces lo que hay es una importante disociación entre los discursos, las declaraciones y las prácticas efectivas. La pregunta principal es cuál es la intensidad necesaria para remover las prácticas discriminatorias. Yo diría que la intensidad necesaria es un reconocimiento del vínculo afectivo. Puede darse ese reconocimiento con puros efectos patrimoniales; pero lo crucial es que la razón de esos efectos sea el vínculo afectivo y su reconocimiento judicial o legal.

-Hoy día tampoco está regulada la convivencia heterosexual...
-Por ley no, pero la diferencia es grande: las parejas heterosexuales pueden casarse, está en manos de ellos hacerlo o no. Las parejas del mismo género no tienen esa disposición. No es una cuestión para parejas de hecho, es una cuestión para parejas que no tienen modo instrumental y simbólico de realización de su vínculo afectivo.

-Éste es el tema más novedoso de la agenda "valórica". ¿Tiene alguna expectativa si los otros llevan años pendientes?
-Mientras la discusión sobre el aborto sea un enfrentamiento de todo o nada, es decir, mientras cada parte sea ciega a la evidencia que la otra defiende, es imposible una solución pacífica. La regulación del aborto necesita un largo y paciente trabajo de compromiso, sabiendo que hay sectores que no están dispuestos a ese compromiso, porque han optado por la ceguera.

-O sea, ¿la novedad podría salvar a las uniones homosexuales de quedar en un callejón sin salida?
-Más bien porque tiene otra dimensión: valida el matrimonio. Hoy la discusión de fondo en el mundo occidental es si la institución del matrimonio es un modo justo de distribuir derechos y bienes. Un conservador que mira a largo plazo tiene que advertir que el acercamiento de las parejas del mismo género hacia la institución del matrimonio refuerza y no erosiona la validez de esa institución."

domingo, 14 de junio de 2009

Carlos Peña sobre MEO: La adolescencia como política

Carlos Peña se explaya en el punto del que me reía ayer. El espesor político del encadilante Marco:

"Hay dos tipos de políticos.El primero cultiva la ética de la convicción, el otro la ética de la responsabilidad.
Uno de ellos piensa que sólo responde por la pureza de sus ideales, sea cuales fueren sus consecuencias; el otro, en cambio, se siente responsable por las consecuencias y, a la vista de ellas, es capaz de demorar sus ideales.
En Chile ha habido de ambos.

Miguel Enríquez fue de los primeros. Él pensó que la tarea del político era la de mantener viva la llama de la pura convicción, la llama, por ejemplo, de la injusticia del sistema de clases. Él creyó que su tarea consistía, ante todo, en avivar esa llama y se mostró más dispuesto a exhibir la pureza de sus convicciones (incluso al precio de la vida propia y de la ajena) que a hacer lo necesario para realizarlas.

Patricio Aylwin, en cambio, fue de los segundos. Él supo que en la vida democrática los propios ideales —también los tiene firmes— se alcanzan a retazos y que sólo se puede dar un paso cada vez. Él creyó que la política se parecía a horadar lenta y profundamente unas tablas duras (sin nunca ceder a la tentación de romperlas).

La historia política de Chile podría escribirse según cuál tipo de ética ha predominado. Hubo años de la ética de la convicción (es el caso de la izquierda de los setenta). Ha habido años de ética de la responsabilidad (fue la que guió la transición).
Lo que hasta ahora, sin embargo, no se conocía, era una ética que ni tiene convicciones, ni atiende a las consecuencias.

Como quien dice, una ética del vacío.

La inauguró Marco Enríquez-Ominami. Si atendemos a su discurso (al oírlo uno tiene la impresión de que hace esfuerzos para que la abundancia de palabras oculte la falta de ideas) los conceptos que lo guían son más bien delgados: molestia por el sistema de partidos, una obvia ojeriza hacia la clase política, un porfiado empeño en rencillas personales, una excesiva delectación consigo mismo, algunas cuantas ocurrencias y poco más.

Hay en todo eso algo adolescente. Su adolescencia no deriva de las críticas que formula (algunas de ellas acertadas) sino de la convicción que él (un político profesional, hijo de un político profesional y un heredero de políticos profesionales) no tiene nada que ver con la maldad y la estupidez del sistema que critica.

Es difícil pensar que una figura como esa —huérfana de partidos y embriagada de adolescencia— pueda renovar la política, cambiar el rumbo de la Concertación, sentar las bases de una democracia deliberativa o llevar adelante un proyecto de mejora y reforma del Estado.
Menos si, a contar del viernes, es oficialmente un outsider.

Outsiders ha habido en casi todas las elecciones presidenciales desde 1989. Algunos fueron pintorescos (Francisco Javier Errázuriz), otros dignos (Max-Neef), otros más bien patéticos (Frei Bolívar).

Casi todos -como hoy día Marco Enríquez-Ominami- pensaron que la voluntad individual podía prescindir de los partidos (o inventarlos), que la clase política era torpe y malvada (y ellos en cambio puros y limpios), que el pasado era una obsesión inútil (eran mejores sus sueños), que sus rivales los maldecían y temían (cuando ellos sólo querían competir), que había promesas incumplidas (que ellos por supuesto llevarían a término), que las políticas públicas eran sencillas y fáciles (la derogación de la UF en el caso de Fra Fra, la energía verde en el caso de Max-Neef, las mejoras a la clase media en el caso de Frei Bolívar).

Cada uno de ellos se inventó una narrativa (Fra Fra la del esfuerzo personal, Max-Neef la de los mosquitos, Frei Bolívar la de la empatía), y todos, sin excepción, miraron a las cámaras (y se vieron a sí mismos).

Todos ellos fracasaron. Y no quedó nada.

Y es difícil pensar que con Marco Enríquez-Ominami vaya a ocurrir algo distinto.

Sobre todo si no hay en él (políticamente hablando) ningún rastro de Miguel Enríquez ni de Aylwin, por citar los dos paradigmas de la política chilena. Ni convicciones incombustibles, ni cálculo responsable de consecuencias."

sábado, 13 de junio de 2009

Orrego vs. MEO: "Gobernar no significa sacar aplausos como en un reality"


Con una reunión de planificación de campaña -con todos los alcaldes de la Concertación en la Región Metropolitana en el Círculo Español-, Claudio Orrego, integrante del llamado grupo de "Los Príncipes" de la DC, inauguró su integración al comando de Eduardo Frei. Y lo hizo justo el día en que Marco Enríquez-Ominami renunció al PS para competir en la presidencial.

-¿Esa opción es un éxocet para Frei?
"Es una tremenda señal de alerta para la Concertación. No obstante, aunque Marco ha logrado estructurar el desencanto, para ganar requiere más que eso: requiere equipo, proyecto y capacidad de gobierno, y eso lo tiene Frei".

-¿Ustedes no tuvieron los "cojones" para hacer la renovación, como lo dijo Jorge Navarrete?
"Muchos hemos demostrado tener más que "cojones" y bien puestos, no sólo en dictadura, sino que también en democracia. Por eso, en 2004 con Alberto Undurraga fuimos a recuperar comunas que todo el mundo daba por perdidas. Todos querían sandías caladas, nosotros no, queríamos peleas difíciles. Fuimos y las ganamos. Entonces, no confundamos falta de coraje con responsabilidad y proyecto colectivo. No estamos dispuestos a romper nuestros partidos y la Concertación por la renovación, aunque sí creemos que ésta es urgente".

-Hasta ahora no les ha resultado.
"En la Concertación y en los partidos hay un tapón brutal y los tapones no salen por voluntad del que los puso. No es un camino fácil. Los partidos no quieren ver lo que está pasando. En la DC los alcaldes fuimos vetados para integrar la mesa. Es decir, ¡miopía absoluta!"

-Y se replegaron tranquilos. "¡Nooo! Nada de tranquilitos ni de calladitos. Aquí hay mucha tela que cortar y estos no son 100 metros planos, esto es un maratón. ¡Cómo es posible que los nombres que estamos proponiendo para esta parlamentaria sean los mismos del 64! Le tengo un tremendo cariño a Andrés Zaldívar, pero cuando la DC lo pone como candidato es que no ha sido capaz de escuchar lo que está diciendo el país. Pero, ¡ojo!, lo decimos dentro. No nos taimamos, enojamos ni tiramos el mantel".

-¿Marco está tirando el mantel? "Por cierto, y yo tengo un camino distinto. La nueva Concertación no surge desde fuera, sino que desde dentro. La pregunta es: ¿cuál fue la nueva política de Marco en estos cuatro años que fue parlamentario?".

-¿Lo van a sacar al pizarrón? "Marco Enríquez-Ominami tiene que mostrar con hechos qué ha hecho, cuáles son los proyectos de ley nuevos que ha presentado. Si gobernar no significa sacar aplausos como en un reality, gobernar significa tomar decisiones, muchas veces duras, y en eso Frei tiene ventaja". -Pero no representa la renovación. "Sin embargo, ha sido el primero en dar esas señales. No hay que olvidar que uno de los jefes programáticos es Óscar Landerretche; que el coordinador es Sebastián Bowen y ahora me llama a mí, aunque sabe que hay mucha gente que no me quiere".

-Harto tarde lo llamó. Lo hizo recién el viernes 5 de junio.
"Más vale tarde que nunca".

-Las críticas al comando desde los partidos son fuertes.
"Y yo no me voy a sumar al coro de los lamentos. Gente negativa en este país en un año de crisis, sobra".

-¿Cómo se ha comportado la Concertación con Frei? "Mal. Lo que le pido a la Concertación es que acompañe a Frei, que no lo torpedee. Frei ha sido generoso y la deuda pendiente está en los partidos".

-¿Marco Enríquez-Ominami debiera apoyar a Frei en una segunda vuelta?
"Espero que lo haga".

-¿Y al revés? "No creo que Frei no pase". "La pregunta es: ¿cuál fue la nueva política de Marco en estos cuatro años que fue parlamentario? (...) Tiene que mostrar con hechos qué ha hecho, cuáles son los proyectos de ley nuevos que ha presentado". "No confundamos falta de coraje con responsabilidad y proyecto colectivo. No estamos dispuestos a romper nuestros partidos y la Concertación por la renovación, aunque sí creemos que ésta es urgente".

domingo, 7 de junio de 2009

Malos políticos, buenos periodistas. Carlos Peña sobre el programa de Informe Especial

Genial que Peña le pegue al columnista fantasma de El Mercurio.

"¿En qué consiste un buen parlamentario y qué caracteriza a uno malo? ¿Cuáles son los deberes de la prensa frente a la política?
Esas preguntas vuelven a tener sentido luego que Informe Especial de TVN mostrara cómo algunos diputados hacían trampas a la hora de cumplir horarios, votar, usar el dinero que se les entregaba y participar de los debates. Por momentos, el programa dio la razón a Pascal: la política cotidiana no era muy distinta a un "hospital de locos", sólo que en este caso se les remuneraba (y bien).

¿Había algo genuinamente malo en la conducta que mostró ese programa?
Hay quienes piensan -un ejemplo de eso fue una opinión sin firma que apareció en este mismo diario- que el programa no mostró nada de veras grave. Exceptuado el uso de las asignaciones y la práctica de votar por encargo, el resto -opina ese articulista tímido y fantasmal- sería apenas muestra de una conducta liviana y desprolija, pequeñas tropelías que parecen graves porque conectan con los prejuicios ciudadanos.


Es verdad que los deberes cuyo incumplimiento mostró el programa de TVN (cumplir horarios, apretar el botón del voto y cosas así) son meramente instrumentales y no equivalen a los deberes finales que pesan sobre los parlamentarios (que son los de representar los intereses y puntos de vista del electorado). Eso es cierto. Pero de ahí no se sigue que incumplir los primeros no sea gravísimo. ¿Qué diríamos del profesor impuntual y descuidado? ¿Del sacerdote pícaro? ¿Del periodista que estropea sus compromisos? Nadie diría (con el argumento de que su deber final es otro: el del profesor, enseñar; el del cura, guiar en la fe; el del periodista, informar) que ellos tienen una conducta liviana o desprolija.

Simplemente, diríamos que son malos profesores, malos curas y peores periodistas.
Y es que, como enseña Aristóteles, los deberes grandes nunca se cumplen bien si primero no se satisfacen los pequeños.

Enseñamos a nuestros hijos que cumplan mínimos deberes de urbanidad (como no tirar los papeles a la calle) porque sabemos que esos deberes están a la base de otros más importantes para la vida cívica (como ir a votar, por ejemplo, aunque con ello se sacrifique un día libre). Y enseñamos a los niños que saluden no porque el saludo tenga un valor en sí mismo. Es porque sabemos que la cortesía es la base de otras virtudes más profundas, como la del respeto.

Así, entonces, no se trata de conductas simplemente livianas o desprolijas. Se trata de conductas que no están a la altura de los deberes del cargo. El político que desvía asignaciones públicas, llega tarde, se deja suplantar en las votaciones, saca la vuelta y se distrae en internet es, con prescindencia de cualquier otra consideración, un mal político.

Y eso que todavía nadie (ni siquiera Informe Especial) ha indagado en los conflictos de interés o en los patrimonios repentinamente hinchados.
¿Y el programa de televisión que mostró todo eso? ¿Hizo bien o hizo mal?

Por supuesto que, con todas sus limitaciones, hizo bien. Estuvo a la altura de las expectativas que la ciudadanía ha puesto en los medios.

En las sociedades tradicionales (y en las dictaduras, que en esto se les parecen) el poder se exhibe a fin de mostrar su vigor, su majestuosidad y su aura. Allí la prensa se esmera en amplificar el mensaje de los políticos y en convencer a los ciudadanos de que la verdad está de su lado.

Es cosa de mirar lo que ocurre en Cuba. Y lo que pasaba antes en Chile.

En las sociedades modernas (y en las democracias que se confunden con ellas), el poder, en cambio, se hace visible para mostrar también su cotidianidad y su miseria. Aquí los medios son los ojos y los oídos de los ciudadanos. Y por eso los funcionarios son más frágiles ante los medios que ante las urnas.
Los ejemplos sobran.

Es el caso de los parlamentarios ingleses sorprendidos abusando de los gastos oficiales; de Berlusconi exhibido en sus fiestas; de los parlamentarios brasileños descubiertos, recién ayer, pagando vacaciones de familiares con dineros públicos; de los políticos japoneses obligados a dimitir (uno de ellos incluso se suicidó) cuando fueron pillados en falta.
En Chile estamos lejos de eso. Pero -ya sabemos- se es proclive a incumplir los deberes importantes cuando los pequeños se principian a dejar de lado.

Es verdad que los medios a veces hacen esas investigaciones no movidos por convicciones morales acerca de su propia tarea, sino acicateados por la competencia y para ganarse el favor de las audiencias, y es cierto que todo ello los lleva a veces a mirar el reverso de las cosas y a cargar las tintas en los aspectos menos amables de la función pública.

Todo eso es cierto. No cabe ninguna duda.

Pero en eso consiste, en las condiciones contemporáneas, el buen periodismo. En ser fieles no al poder estatal o privado, sino a las audiencias, a esas mismas que esperan en sus casas, día a día, tomarse una pequeña venganza de quienes a la hora de solicitarles el voto les ofrecían el oro y el moro, pero que, más tarde, y cuando se les pide cuentas, se quejan como si se les ofendiera."