lunes, 31 de agosto de 2009

El color del dinero, by Peña

"La relación del dinero con la política -problemática, pero inevitable- se puso de manifiesto esta semana con tres incidentes: el bono ofrecido por Piñera (¡cohecho!, gritó el comando de Frei), las cifras del gasto de campaña (de nuevo Piñera se hizo una zancadilla a sí mismo) y la propaganda electoral que comenzó en medio de sanciones (gracias a un juez que aplica a la ley el mismo rigor que pone para salir en la foto).
De todos, el más inofensivo fue el bono de Piñera.
Llamarlo cohecho es un exceso retórico. Será útil en la refriega, pero es un exceso -serán innumerables de aquí a diciembre-. Anticipar una medida gubernamental dando las cifras -para abrir el apetito del electorado como si el asunto fuera una subasta- podrá ser de mal gusto, pero no es cohecho: es confundir el juego democrático con una licitación. Pero no es cohecho. Si hubiera que darle una interpretación más benigna, habría que decir que Piñera quiso asemejarse, con poco estilo, es cierto, al gobierno de Bachelet y demostrar que si es electo, hará más o menos lo mismo.

¿Quién hubiera pensado hace apenas un año -cuando las trompetas del desalojo se soplaban como si fueran las que, según la Biblia, acabaron derrumbando las murallas de Jericó- que el candidato de la derecha iba a guardar bien al fondo del maletín su tradicional discurso de baja de impuestos, eficiencia del gasto público y menos Estado para sustituirlo por la política de protección social? ¿Qué queda de la derecha si en su discurso no asoma nada de lo que la ha caracterizado el último tiempo, ni el conservantismo moral (Piñera apoya la píldora), ni la ortodoxia de Chicago (ya vimos lo del bono), ni el tradicional discurso a favor del estado nacional (Piñera es partidario del reconocimiento de los pueblos indígenas)? ¿Qué se hizo la derecha? ¿Dónde está, que no se ve?
Sorprendente. Pero así son las cosas: si el rival al que usted se opone es bueno, imítelo.

Los otros dos incidentes de esta semana (la transgresión de los plazos en la propaganda electoral y la opacidad en los niveles del gasto, que, la verdad sea dicha, comprometen por igual a Frei y a Piñera) revelan cuán difícil es regular las relaciones entre el dinero y la política.
Desde luego, si los límites al gasto (sí, en Chile existen) se fiscalizaran con rigor, nada de eso sucedería: si los candidatos tuvieran una cantidad fija a gastar, preferirían usarla hacia el final de la campaña. Lo mismo, si el gasto se fiscalizara de veras, ningún candidato se atrevería a responder con vaguedades a la hora que se le preguntara cuánto gastó. El Servicio Electoral, en algún momento, lo corregiría, y el sonrojo sería inevitable.
Pero las cosas -la experiencia comparada lo muestra de manera abundante- no son tan sencillas.
Para controlar el gasto electoral, usted tendría que valorar todos los bienes comprometidos en la campaña: desde el valor de las figuras televisivas -el mercado publicitario podría indicar el costo alternativo de su tiempo- a las campañas que promueven valores afines a los del candidato -como, por ejemplo, una campaña en contra del aborto que favorecería a un candidato conservador, si lo hubiera-, pasando por la valoración de los bienes fiscales que suelen comprometerse en las campañas -como es obvio, los senadores y diputados usan bienes fiscales (autos, pasajes, celulares) a favor de su reelección.
¿Es deseable un mundo como ése, donde nadie se pase de la raya y donde hasta el menor suspiro pueda ser objeto de control con el pretexto de que podría exceder los límites del gasto?
No.

Un mundo como ése sería intolerable para la libertad de expresión.
Importaría un nivel de control en la comunicación incompatible con la vida democrática.
Por eso, todos los sistemas toleran la defensa de temas que, aún inequívocamente asociados a un candidato, no importan un llamado electoral directo; los diversos mecanismos ideados para fragmentar las donaciones cuando éstas tienen límites; el amplio uso de internet.
Y es que la perfección -en política al menos- es sinónimo del infierno."

jueves, 27 de agosto de 2009

Informe Especial. Los pecados de Maciel

Este es el tipo de golpes periodísticos que TVN puede dar a sabiendas que ni Megavisiòn ni Canal13 van a ser capaces ni siquiera de acercarse, por los enrevesados nexos que los unen con personeros del mundo de los legionarios.

lunes, 24 de agosto de 2009

El candidato huérfano, por Carlos Peña

MEO tiene razones para oponerse; pero no razones para ganar.

"Ayer quedó de manifiesto lo esencial de la próxima contienda. No fue necesario decir nada. Bastó la muda elocuencia de los hechos.
En Santiago, en la ex sede del Congreso Nacional, el Partido Radical Social Demócrata primero, y la Democracia Cristiana después, proclamaron a Frei. A la misma hora, pero en San Miguel, lo hizo el Partido Socialista. No fue propiamente la adhesión a un proyecto. Fue más bien un reconocimiento -¿cómo decirlo?- a la voluntad... de ser.
En la tarde, en Valparaíso, la UDI apretó los dientes, recordó la fría racionalidad de Guzmán, contó hasta diez, se lamentó en silencio por lo que pudo ser y no fue, y proclamó a Piñera. Hubo globos y aplausos. Y es que a veces la resignación se parece al entusiasmo.

Así, ayer hubo dos candidatos abrazados -con entusiasmos de intensidad variable- por los partidos.

Sin embargo, hubo un tercero a quien ningún partido ha proclamado.
Es probable que ayer -en vez de oír una proclamación- abrazara un puñado de carpetas con firmas.
Es Marco Enríquez-Ominami, que carece de partidos o cualquier cosa que se le asemeje.
Está él, su familia, un grupo de leales, una amplia red de comunicación, miles de firmas, audacia, una memoria familiar y una locuacidad, que no es lo mismo que elocuencia, de predicador televisivo. De partidos políticos y de cuadros técnicos seleccionados con la paciencia de los años y de los fracasos, nada.

Eso es lo que, con la muda elocuencia de los hechos, quedó de manifiesto ayer: un candidato que prescinde de los partidos. Algo así no es inédito en nuestra historia más reciente. Max Neef y Errázuriz, los outsiders más competitivos de los últimos veinte años, tuvieron el apoyo de un partido; pero todos sabemos que de partidos tenían poco más que el nombre y el timbre. En rigor, ellos también fueron candidatos sin estructuras partidarias.

Y el pronóstico para esa clase de candidatos es más bien malo.
Si se mira la historia política del siglo XX, hay nada más un caso en que un candidato, mediante el voto, accedió a la Presidencia originariamente huérfano de los partidos (hubo otro que en vez del voto y los partidos prefirió las patadas; pero no viene a cuento). Es el caso del general Ibáñez y su escoba. Lo precedía una amplia trayectoria política desde el comienzo del siglo. Y cuando él acabó, todo acabó con él. Del agrario laborismo que decidió apoyarlo -salvo el recuerdo y algún retazo en la Democracia Cristiana- no quedó nada.

Es difícil que algo así -algo como lo de Ibáñez- pueda ocurrir con Marco Enríquez-Ominami, este candidato huérfano de partidos.

Y es que un gobierno que prescindiera de los partidos -para sustituirlos por entidades que se les parecen pero que no son- es difícil de imaginar en un país con la trayectoria cívica de Chile.

Si atendemos a la literatura, algo así sería posible si estuviéramos en presencia de un líder carismático, alguien dotado de esa gracia incomprensible que es capaz de doblegar las más firmes de las voluntades. Si eso ocurriera -si Enríquez-Ominami, en vez de ser llamativo y locuaz fuera carismático-, estaríamos ad portas de una transformación radical del sistema de partidos. Una epifanía se estaría desarrollando ante nuestras narices al compás de un quince o veinte por ciento de las encuestas. E inexplicablemente un gobierno exitoso habría anidado un fenómeno de ruptura y de rechazo a los partidos que lo hicieron posible.

Nada de eso parece sensato.

Lo que ocurrió ayer -los partidos proclamando a sus respectivos candidatos- es una muestra de la verdadera virtud de nuestro sistema político: partidos capaces de seleccionar los liderazgos, deliberar políticas públicas, formar cuadros diestros en el manejo de los asuntos del Estado, sujetar las expectativas excesivas y controlar la subjetividad de quienes viven de la política.

Nada de eso es capaz de proporcionar Enríquez-Ominami, quien ayer, abrazado a las carpetas con las firmas de miles de adherentes, supo que carece de lo principal.
Y es que él tiene razones para oponerse; pero no razones para ganar."

domingo, 9 de agosto de 2009

Carlos Peña: Venegas vs. Sotomayor

"El miércoles que recién pasó, Marcelo Venegas fue elegido, por unanimidad, como presidente del Tribunal Constitucional de Chile. Al día siguiente, Sonia Sotomayor fue confirmada como integrante de la Suprema Corte de los Estados Unidos.
Hasta ahí llegan las semejanzas. El resto son alarmantes diferencias.


Sonia Sotomayor -nacida en el Bronx y graduada a punta de talento en Yale- fue nominada por Obama hace dos meses. Luego fue sometida a un intenso escrutinio en el Senado. Se le interrogó acerca del aborto, el activismo judicial y los derechos de las minorías y se le pidieron cuentas por otra serie de declaraciones suyas. Los profesores de derecho discutieron acerca de sus méritos y la prensa siguió de cerca el debate. En suma, se la allanó sin pudores y sin clemencia a fin de verificar que sus opiniones y sus actos estuvieran a la altura de lo que se espera de un juez constitucional.

Y es que ese tipo de jueces son quienes están a cargo de decir qué derechos tenemos y cuáles son las reglas en base a las cuales los diversos poderes del estado deben comportarse.

No es poco. Y eso justifica que en el Congreso de los Estados Unidos se registre a los nominados hasta los últimos intersticios.
El caso de Marcelo Venegas, recién elegido presidente del Tribunal Constitucional de Chile, es muy diferente.

Aunque tiene casi el mismo poder que el que tendrá Sotomayor, el proceso que lo condujo a ese cargo y los méritos que exhibe son muy distintos.
Su carrera pública -juzgada desde la altura en que hoy está- deja harto que desear. Toda su vida profesional la hizo como funcionario de la dictadura hasta culminarla como director de la Dinacos, el órgano que manejaba las comunicaciones del régimen y que, cuando era necesario, imponía la censura. Algo que Venegas hizo sin problema.
No parece un muy buen antecedente como para ser la cabeza del Tribunal que custodia la Constitución y los derechos de las personas.

Pero nada de eso importó. Y es que a la hora de designarlo, nadie -ni un solo diputado, ni un solo senador- miró siquiera el currículum del juez Venegas ni le consultó nada. Su nominación fue el resultado de un juego de toma y daca (hoy por ti mañana por mí) que le confería a cada sector político el derecho a llenar uno de los cupos del Tribunal. De escrutinio público ante los ojos de la ciudadanía, nada.

Y así Venegas se hizo de un sillón.

El resto fue más o menos sencillo. Una vez allí (y sentado en medio de otros jueces nombrados con similar método) surgió el inevitable espíritu corporativo que elude el debate y el control. De ahí a asignar el cargo de presidente sin ningún cuidado por las formas, en base a un sistema de turnos, y sin atender a la importancia pública del asunto -que es lo que ocurrió con la nominación del juez Venegas- hay un paso.

La pregunta por cuál era el estándar que debía cumplir un juez constitucional al margen de cualquier otra consideración, nadie se la hizo. Ni los senadores y diputados que participaron de su nombramiento, ni los jueces que acaban de designarlo. Ninguno estuvo a la altura. Los primeros trataron el asunto como si fuera un botín a repartir. Los segundos como si la Presidencia del Tribunal pudiera resolverse con criterios privados como la amistad y el compañerismo.

Mientras la brillante y esforzada jueza Sotomayor sudaba lágrimas cuando respondía preguntas y los senadores registraban su vida, el juez Venegas, sentado en su sillón, sólo esperaba que sus colegas del Tribunal cumplieran con el turno acordado. Mientras Sotomayor exhibía su vida como garantía de su fidelidad a la ley, Venegas guardaba silencio y cruzaba los dedos para que nadie recordara su época de funcionario de la dictadura. Mientras los senadores norteamericanos revisaban el desempeño de Sotomayor buscando algún tropiezo, los diputados y senadores chilenos ni se enteraron de qué cosa hacía Venegas antes de que fuera nominado.
Simplemente impresentable.

El único a quien no es posible reprender es al juez Venegas quien, en su defensa, siempre podrá decir que después de todo nunca nadie le preguntó nada."