viernes, 4 de febrero de 2011

Columna de Rafel Gumucio: EL IMAGINARIO DEL TÍO VALENTÍN

!“Imaginarios culturales para la izquierda” se llamó la separata que publicó este medio en su número pasado. Lo primero que podría decirse de esta separata es que se separa claramente del resto de la revista. Mientras ésta intenta el humor, la insolencia, la desvergüenza, el escándalo, el placer, la separata no arranca ni una risa, ni un escalofrío, ni una polémica siquiera. Muchas letras, pocos colores, pocas, poquísimas imágenes. Es una cuestión de forma quizás, aunque la forma es también aquí el fondo. En la diagramación, pero también en mucho de los textos, hay un desprecio evidente por la entretención y por la visualidad. El neoliberalismo vende sus productos, el imaginario cultural de izquierda no.

¿Por qué publicar entonces la separata en el más neoliberal de los pasquines, uno que vive de sus ventas? Si el neoliberalismo sólo produce bazofia, ¿cómo se explica la existencia del medio que soporta la separata? No hay respuesta, porque no hay preguntas. La separata es una versión light de la Revista de Crítica Cultural de Nelly Richard, y una versión FOME del Clinic.

La separata piensa en un lector que no espera ni risa, ni escalofrío, sino razones, muchas razones de las que generalmente el lector está convencido previamente. La estética de empleado fiscal, el tono de recetario magistral, no es un azar sino una búsqueda consciente, la búsqueda por no impresionar, por simplemente dejar dicho de una vez por todas lo ya dicho mil veces.

Las secciones culturales de los diarios de derecha, el Teatro a Mil o el Fondart habitan el mismo imaginario cultural, el del Museo de la Memoria, las cátedras universitarias chilenas o extranjeras, las revistas que nadie lee, los manifiestos que nada manifiestan, las exposiciones donde siempre asiste la misma troupe.

Hay entre los firmantes premios nacionales, presidentes de sociedades de escritores sin escritores, académicos eméritos…; el poder mismo en su versión más poderosa que se rebela contra el otro poder, el político, el mediático, el sexual, sin revisar siquiera por un instante sus propias estrategias de exclusión, silenciamiento, la esterilidad que los ha instalado, más felices de lo que piensan, en su gueto feliz, esa Ñuñoa ideal que ya no existe porque la verdadera vota por Sabat, la cara más desembozada de una derecha arribista y desprejuiciada, populista y nada aristocratizante, vacía de cualquier imaginario cultural de izquierda o derecha pero que basa quizás su éxito en el fracaso de esa izquierda que nos presenta un imaginario sin imágenes y sin imaginación. Fome por voluntad propia, aburrido porque lo entretenido, lo luminoso, lo vivo es territorio enemigo.

La separata se separa de la realidad del pasquín en que se aloja, pero también de la gente que lee ese pasquín justamente por su humor y su descaro. Un pasquín que tiene —como observó Raúl Ruiz— un tono de “cuico flaite” pero también el de “flaite cuico”.

Un pasquín que atraviesa las fronteras que rigen el territorio que la separata quiere y no quiere explorar de miedo a perderse. La izquierda en búsqueda de imaginario le da la espalda justamente al imaginario del pueblo que desierta generalmente de lo solemne, de lo académico, que generalmente ve televisión, le gusta el fútbol, se tatúa el nombre de sus sobrinos en el brazo, se ríe fuerte, fuma marihuana y puede idolatrar a Allende y votar por la alcaldesa rubia de la UDI que soluciona “los reales problemas de la gente”.

Un pueblo que no puede dejar de sentir el tufillo de desprecio con que se habla aquí de sus gustos, sus supermercados, sus ropas, su lenguaje, todo colonizado, neoliberalizado, banalizado hasta más arriba del paracaídas según nos explican toda suerte de profesores de sociología. Un pueblo que en la separata ha perdido no sólo su alma en las garras del mercado, sino su cuerpo masacrado por los
esbirros de la dictadura, desestructurado por los magos de la Concertación, asfixiado de deudas, ignorancia e injusticia.

Todo, sueños, proyectos, compañero presidente, todo muerto y mil veces muerto, todo muerto por los cuatro costados. La separata está llena de eso: de informes forenses, de cadáveres, de lamentos, de muertos y más muertos. Un cementerio del que cada definición es una lápida (donde tristemente yacen muchas veces los nombres de gente talentosa). Eso es lo que produce la separata, la melancolía del campo santo en el que tantas buenas voluntades, tantos intentos, tantos recuerdos valiosos le son entregados a los gusanos del olvido.

Como en un cementerio, en la separata cada cual tiene su espacio, una piedra rectangular en que inscribir sus mejores deseos. Como en los cementerios, no hay muertos malos. El compañero Allende, la UNCTAD antes que se llamara Diego Portales y luego Gabriela Mistral, los torturados, los fusilados, los desaparecidos. La separata recuerda, y es noble que así sea, los acallados del 73 (38 años atrás). Pero si no fuese por Carolina Tohá (la menos izquierdista del grupo) habrían pasado completamente desapercibidos los muertos en la cárcel de San Miguel (dos meses atrás). Los muertos de izquierdas son así los únicos inolvidables, los que no tienen otro partido que la miseria y el delito no merecen ni la mitad de la atención.

Escalofriarse porque en el Estadio Nacional se sigue jugando fútbol, celebrar una y otra vez la memoria de los muertos de los que casi nadie niega la importancia, indignarse con Pinochet, son hoy gestos tan cobardes como eran valientes en los ochenta o comienzos de los noventa.

La catadura moral de un izquierdista de hoy se puede medir por las veces que recurre al tic nervioso de la villa Grimaldi, el Estadio Nacional o las manos de Víctor Jara cada vez que no sabe qué decir. La pobreza moral de la izquierda está ampliamente retratada en su intento vano por hacer resaltar cada vez que puede la superioridad moral de haber sido víctimas de sus ideas hace casi 40 años. No hay finalmente nada más mediocre que escribir, pintar, o montar obras de teatro sobre la dictadura, un mundo en que los buenos y los malos son evidentes, donde la moraleja es por todos conocida, donde todo en su horror era de alguna forma excitante, donde la banalidad y la duda no eran posibles.

El presidente y su ministro del Interior no tendrían ni un problema en adherir al sentido recuerdo de los caídos. Los derechos humanos que deberían doler no son los de los míos o de los que piensan como yo, sino de los otros, de los que no leen separatas porque no necesitan que les entreguen en orden alfabético lo que tienen que pensar sobre tal o cual tema de actualidad cultural. Porque este es también uno de los temas que más le interesa a los separados de la separata, los sistemas de becas, el aporte estatal a lo cultural. El tema gremial en todas sus facetas, la cultural, la homosexual, la feminista.

Una sociedad neoliberal tiene que tener por fuerza una izquierda neoliberal. Por más paradójico que sea, ésta no es la que se vende en el mercado —la de este pasquín— sino la que reproduce en su seno el instinto más profundo y hondo del neoliberalismo, la reivindicación de sí misma, desde sí misma y hacía sí misma. Admitir que el mercado existe no es venderse, sino abrir los ojos, poner tus ideas a la altura del mundo en que se vive, ser marxista y comprender que la praxis cambia las ideas, marginarse en el reclamo de lo propio, esconderse en las universidades, refugiarse en las minorías, es volverse inofensivos, que es justamente lo que el neoliberal quiere.

Los gays preocupados de sus derechos homosexuales, los artistas de sus derechos de autor, las feministas de su feminidad, los estudiantes de su estudiantabilidad, los mapuches de su mapuchidad. Se trata entonces de una pluralidad que se basa justamente en dejar en claro la identidad de cada uno, su porción de derechos, su reivindicación.

Un gremialismo de izquierda que no tendría nada de malo si las identidades fuesen todo lo claro que la separata quiere creer, cuando justamente lo que caracteriza el Chile de hoy es la complejidad misma de esas identidades. Como el candidato de la izquierda extraconcertacionista que fue ministro de la Concertación y el del 20% que es hijo de un guerrillero casado con una estrella de
televisión, el de la derecha votó por el NO y odia y es odiado por la derecha tradicional.

El intento de que esas contradicciones, que son las de las vidas de casi todos los firmantes de este manifiesto, no alcancen sus convicciones explica la esterilidad de la separata.

La separata se separa del resto del Clinic, dije al comienzo de este artículo. Aunque no del todo. Justo después de ella el Tío Valentín Trujillo resume en una entrevista todo el imaginario de la izquierda que nos propone la separata. Su nostalgia por la UP, su apego a Cuba, su lucha por el 20% de música chilena en las radios, su defensa de Don Francisco, que es su jefe, su crítica a la farándula y el reggaeton, que están deformando las cabezas de la juventud. ¿Valentín Trujillo, el nuevo líder que la izquierda imaginaria espera?

Piensa como los de la separata, aunque lo separa de ellos su falta de pedigrí académico o reivindicativo. Habla en fácil, resume en un par de frases lo que la separata disgrega en muchas consideraciones seudosesudas. Es un pianista de televisión que al menos no pretende aleccionar a nadie. Es, con su pasado, con su presente, el ejemplo más vivo de todas esas contradicciones —upeliento músico de Don Francisco, el gran símbolo del neoliberalismo chileno, ateo en el Canal 13, el amigo de Pin Pon que pasó a ser el de Profesor Rosa—, esas contradicciones sobre las que un imaginario de izquierda debería empezar a preguntarse.

Pero está visto que las preguntas no son el fuerte de los imaginarios de izquierdas. Ante el peligro que alguien llegue a formulárselas, vemos cómo separan en su separata todas las respuestas posibles."

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