martes, 29 de septiembre de 2009

lunes, 28 de septiembre de 2009

viernes, 11 de septiembre de 2009

Francisco Aravena comenta el bajo nivel, incluso para sus bajos estándares, de programa del MEGA

"... hasta el incómodo caso de Wladimir Varas, cuya entrada al reality está dada por ser el hermano de Edmundo Varas y cuya humildad al hablar –argumentalmente y en la forma también– parece inspirar una incómoda mezcla entre condescendencia y franca burla de parte de sus compañeros y de los mismos "maestros" del reality: los panelistas que las ofician como una suerte de "profesores de opinología". El espectáculo llega a ser cruel incluso para los estándares de "MQH"."

"No vamos a descubrir acá la pólvora: ninguno de los programas de farándula de la televisión chilena califica como un aporte ni de forma ni de fondo en pantalla. Son principalmente programas satélite –en su mejor expresión– o parasitarios –en su peor forma– de lo que hacen los canales grandes, aderezados con acciones y reacciones provocadas o fabricadas en el circuito de modelajes en discotecas y otros eventos del estilo, y además plagados de notas con los textos más lamentables que se puedan escuchar en la TV abierta. Pero no son todos iguales. "Mira Quién Habla" se ha distinguido desde su génesis como el peor de todos: una copia pobre de "SQP", sin el humor que a veces se cuela entre comentarios insulsos, como concediendo –de cuando en cuando– que nada es tan serio en el circo autorreferente de la farándula chilena. "Mira Quién Habla" es peor no tanto porque tiene panelistas que parecen empeñados en generar anticuerpos; lo es principalmente porque se toma en serio.
Audacia, en todo caso, no le falta. He ahí su última idea: crear una especie de reality interno –al estilo de Mega: de bajo costo, en una casa estudio dentro del canal de la cual los concursantes entran y salen– para elegir al "opinólogo" que supuestamente ganará el premio de integrar el panel de "MQH". En la escala de lo lamentable, la idea es sólo superada por el hecho de que existan concursantes para semejante emprendimiento, personajes al parecer desesperados por algo de pantalla.

Hay casos y casos, por supuesto, desde un Nelson Mauri que parece ser el más hábil en la creación de su personaje (incluso se llevó un perro a lo Paris Hilton) hasta el incómodo caso de Wladimir Varas, cuya entrada al reality está dada por ser el hermano de Edmundo Varas y cuya humildad al hablar –argumentalmente y en la forma también– parece inspirar una incómoda mezcla entre condescendencia y franca burla de parte de sus compañeros y de los mismos "maestros" del reality: los panelistas que las ofician como una suerte de "profesores de opinología".
El espectáculo llega a ser cruel incluso para los estándares de "MQH".

Cabe preguntarse cuál es la intención editorial de un programa como éste, capaz de pasar una hora entera transmitiendo "videos locos" u otros segmentos levantados de la TV internacional (sin molestarse siquiera en eliminar la locución original) o derechamente de internet para luego pasar a extensas coberturas de las pruebas que se realizan en un reality de otro canal, por ejemplo.

Exigir rigor en sus informaciones de la farándula –o incluso en su lenguaje– es pedir demasiado a un programa como éste, pero que en una nota cualquiera la palabra "habría" sea la más usada –además de la colección de verbos en tiempo condicional que la acompaña– es más que un abuso, un insulto al telespectador. Hasta los tongos tienen sus límites. El nivel de "MQH" es tal que uno puede asegurar, sin temor a equivocarse, que tienen mucho, mucho que aprender de "SQP"."

Fuente: www.emol: wikén

jueves, 10 de septiembre de 2009

TED. Steven Pinker y la vieja historia de la violencia



Pinker está en Chile esta semana con motivo del seminario por los 200 años de Darwin brillantemente organizado por la Fundación Ciencia y Evolución y al que tuve la oportunidad de asistir. Su exposición fue notable y me dejo muy interesado en él. Acá dejo una de varias de las charlas TED que él ha dado y que se refiere a la historia de la violencia, desde la Biblia hasta ahora.

En su página en la Universidad de Harvard es posible bajar varios de sus artículos.

jueves, 3 de septiembre de 2009

se viene #lacolusión



1. desde hoy 3 de septiembre #la colusión tiene su logo
2. pronto saldremos al aire!
3. sintonice esta citroneta cuántica desde su medio favorito

Preparando la venida de Ian McEwan

martes, 1 de septiembre de 2009

Las tierras baldías por Fresán (Contratapa)

Desde Barcelona

UNO. Si –como advirtió el poeta– abril es el mes más cruel, entonces septiembre es ese otro mes que espera a abril a la salida del calendario para molerlo a patadas. Al menos por aquí, todos los años. Y este año peor y más que nunca. Septiembre –que se esconde bajo la sofisticada máscara de la rentrée– no es otra cosa que un volver a empezar con el año comenzado y, ahora, para colmo, con un 2009 maldito. El regreso de las vacaciones equivale, sí, a sacar cuentas, a descubrir que las cuentas no salen y que el optimismo de los pronósticos ligeros sucumbe ante la pesadumbre del diagnóstico en firme. Dicen que Europa comienza a recuperarse y que España va a la cola, y aquí vienen los bronceados políticos invitando a “poner el cuerpo” y “arrimar el hombro”, pero –se les nota– con tan pocas ganas de dar la cara. Así, días de gran desilusión: los que disfrutaron como niños durante más de una década larga descubren, de pronto, que Papá Noel no existe y que los Reyes sí: pero son dos, se llaman Juan Carlos y Sofía, están muy ocupados en sus cosas y no son magos.

DOS. Y entonces se van acumulando las noticias entropistas. Paisajes que se derrumban, clásicos que mutan a vetustas antigüedades. Pubs ingleses que cierran por la prohibición de fumar y los muy estrictos controles de alcoholemia. Los ciudades espectrales de Alemania del Este donde nadie quiere vivir. La Barcelona donde vive cada vez más gente en menos metros cuadrados y –el fin de la idea de la Tierra Prometida– el asombro de las autoridades ante las pocas solicitudes de argentinos para nacionalizarse como españoles, cortesía del exilio de sus abuelos. Los parques temáticos ibéricos a los que nadie tiene interés de subirse por miedo a descubrir que tanta réplica y recreación se parecen demasiado a la artificialidad de la propia vida. La cada vez más despoblada Second Life en la que tantos fueron felices siendo otros y en la que ahora el 95 por ciento de los avatares se encuentra inactivo. Ruinas virtuales y –como siempre, vuelvo a decirlo– en algún lugar Philip K. Dick y J. G. Ballard se encuentran para mirar de lejos todo esto que ellos supieron ver de cerca desde hace mucho tiempo.

Y, claro, por supuesto, ahí viene –acercándose desde el horizonte– el otoño/invierno de la gripe A. Aparecen por todas partes carteles que recomiendan dejar de lado la efusiones latinas (darse la mano, abrazarse, besarse y pasar a la oriental e higiénica inclinación de cabeza) y hasta la Iglesia ha sugerido no besar los pies de las estatuas de los santos para evitar el divino contagio de los pecadores. Y –ante las revelaciones de que más del 85 por ciento de la población registra en su cuerpo restos de compuestos químicos en desuso como el DDT y derivados; sí, nos hemos convertido en seres verdaderamente repelentes– ya están los que piensan que, tal vez, en lugar de invertir tanto en Tamiflu, lo mejor sería una vuelta de Propofol para todos mientras los zombis vienen bailando.

TRES Estos aires apocalípticos encuentran, por supuesto, su correlato espectacular. Hollywood prepara toda una batería de films findemundistas (que van de tsunamis bacteriológicos, pasan por las orgías de no-muertos y las predicciones cumplidas de almanaques precolombinos) y la próxima apuesta de la televisión será algo llamado Flash Forward: serie en la que la humanidad toda se desmaya durante dos minutos y se proyecta veinte años en el futuro y, al despertarse, otra vez en el presente; pero conscientes de cómo será el mañana durante 120 segundos y a armar el rompecabezas entre todos y ya estamos otra vez en Lostlandia. La idea –que en mi modesto entender se “inspira” demasiado en la novela Timequake de Kurt Vonnegut, el otro gran maestro del Juicio Final junto a Ballard y a Dick– chocará de frente contra la adaptación cinematográfica de La carretera de Cormac McCarthy en la que padre e hijo recorren un paisaje Unmade in USA. Lo más ¿divertido? de todo esto –de todas estas postales megacatastróficas– es que en realidad demuestran una casi descarada ilusión y esperanza por lo que vendrá.

El otro día leí que no hay fantasía más fantasiosa que aquella de “el día después”, de que alguien o algunos sobrevivirán para contar la historia. Lo más probable –aseguran los especialistas– es que, luego de la hora de la verdad, no quede nadie para seguir diciendo mentiras. Telón. Se acabó lo que se daba. The End.

CUATRO Pero mientras tanto, y hasta entonces, lo que importa es la economía. Y –para apocalip$i$ de bolsillo y del bolsillo– la edición del pasado sábado de El País era un festival de malas nuevas. En la primera plana, Zapatero –luego de tararear una vez más la canción del verano “Ya ha pasado lo peor”— anunciaba/insinuaba subida de impuestos “limitada y temporal” (los españoles cobran menos que la media continental, seis de cada diez ganan menos de 1000 euros), desactivación de los 400 euros descontados de lo que había que pagarle a Hacienda (caballito de batalla de su última campaña electoral) porque la situación ha cambiado “radicalmente” y el editorial del diario titulaba “La hora del rigor”. La doble página de economía ofrecía los siguientes titulares: “La caída del consumo reduce un 47 por ciento del beneficio de El Corte Inglés”, “La facturación de Carrefour se ve lastrada por España”, “Iberia registra pérdidas de 165 millones en el semestre”, “Los afectados por despidos colectivos se multiplican por 12 en un año” y “Los turistas gastaron un 6,6 por ciento menos en julio”. Mientras tanto, Rajoy y el Partido Popular comienzan a matizar/rebajar un poco sus alucinaciones persecutorias estivales y disfrutan y/o padecen la paradoja de ascender en intención de voto en las encuestas mientras sus propios líderes descienden y caen en lo que hace a capacidad, buena gestión y simpatía. Lo que vuelve a poner de manifiesto aquello de primero el movimiento y después ya veremos. Eso sí: el F. C. Barcelona sigue ganando todo lo que se le pone a tiro, parece que a la cervecera Damm no le va nada mal y, por suerte, la sección de espectáculos anuncia el inminente estreno de la sexta temporada de Doctor House. Me parece bien, me alegro: si algo vamos a necesitar es un doctor que no mienta y que averigüe cómo curarnos de tanto gran mal.

CINCO Y agosto ha sido un mes rico en necrológicas de renombre. Murieron tantos que los obituarios van saliendo en la prensa con demora y con el muerto ya muerto. Sin ir mal lejos, recién me entero de la partida de Heinz Edelmann, autor de los dibujos del animado film Yellow Submarine. Aquel en que –al final– los Blue Meanies, derrotados en Pepperland por la colorida psicodelia beatle, se preguntan a dónde ir a lamerse las heridas y se responden: “¿Argentina?”.

A remezclar y remasterizar que se acaba el mundo y a no olvidarlo nunca: al final, el amor que tomas es igual al amor que haces. Tenerlo en cuenta –antes de desmayarse, soñando con despertarse dentro de unos años y quedarse ahí– a la hora de hacer la declaración de la renta.

El justiciero, por Fresán (en Radar)

A Dominick Dunne se lo podía y se lo sigue pudiendo definir de varias maneras, todas parciales, y sin que ninguna le haga o le hiciera del todo justicia.

Para algunos, Dunne era una especie de Truman diet y light o Capote pocket. Dunne había hecho suyo el territorio de los ricos y famosos y de los malditos y los bellos: le apasionaban las vidas y las muertes de los poderosos y las idas y las vueltas de los true crimes y escribió varias novelas sobre unos y otros. La mejor de ellas, Las dos señoras Grenville (1985), combinaba los procedimientos reconstructores de A sangre fría con el tráfico de indiscreciones de poderosos de Plegarias atendidas. Las dos señoras Grenville fue, también, un muy buen best-seller en el más pleno y mejor sentido del término.

Para otros, Dunne era el hermano de John Gregory Dunne (escritor infinitamente superior a Dominick) y el cuñado de Joan Didion (escritora infinitamente superior a ambos Dunne y a casi todos los escritores del universo). John Gregory y Dominick fueron inseparables, trabajaron juntos (Dominick Dunne comenzó produciendo algunas películas que John y Joan escribieron) y se separaron cuando Dominick se entrometió en un oficio y vocación que, en teoría, no era el suyo (y sí el de John Gregory), y enseguida comenzó a vender mucho más que su hermano. Después hubo otros problemas: nada es más fértil que los celos y la envidia. No se hablaron durante años, pero se amigaron tiempo antes de la inesperada muerte de John, a finales de 2003. Didion escribió el magnífico El año del pensamiento mágico sobre todo el asunto y Dominick despidió a John Gregory, con amor y elegancia, desde las páginas de Vanity Fair.

Para todos, Dominick Dunne era el pequeño gran hombre que –desde las satinadas páginas de ese mensuario– reportaba in situ los juicios de los poderosos que, a menudo, se salen con las suyas. Claus von Büllow, O.J. Simpson, los hermanos Menéndez, Robert Blake, Phil Spector... todos ellos en algún momento levantaron la vista desde el banquillo de los acusados y se encontraban con Dunne mirándolos fijo y tomando nota de todo lo que ocurría.

Y es que a Dunne le preocupaba que se hiciera justicia porque, en 1982, no se la habían hecho a él y a su hija asesinada: la actriz Dominique Dunne (la chica que hacía de hija mayor en Poltergeist, la hermana de Griffin Dunne, protagonista de After Hours de Martin Scorsese) fue estrangulada por un novio con buenas relaciones, quien quedó libre al poco tiempo con la ayuda de burocráticos vericuetos del más retorcido Derecho. Tina Brown, de Vanity Fair, le pidió a Dunne que escribiera sobre su dolor, Dunne entregó una pieza magistral (que concluía con las frases: “Me dicen que él ha cambiado su nombre. Mi más ferviente deseo es no cruzármelo nunca”) y, desde entonces, no se perdió oportunidad de castigar por escrito a premiados que hicieron trampa. Sus despachos legales –incluyendo el caso de su hija– están recogidos en el que seguramente es su libro más indispensable e importante: Justice: Crimes, Trials and Punishments (2001). El resto de su obra novelística le servía a Dunne nada más que para disfrazar como fiction todo aquello que no se podía poner como non–fiction por temor a demandas (que las tuvo) y a sonar como un delirante quebrado por un dolor que jamás cesó.

Dunne fue anfitrión de una serie tribunalicia en el canal Court TV y recientemente se estrenó un documental –Dominick Dunne: After the Party– sobre su larga y ajetreada vida en la que, en más de una ocasión, fue amenazado con ser expulsado de la sala por desacato a la autoridad de los jueces.

Dunne decía ser “el tipo de persona a la que la gente le cuenta cosas”, que “saber escuchar es un don que muchos subestiman”, aseguraba estar “cansado de que me pidan sentir piedad por criminales” y apenas se disculpaba por no ser un cronista objetivo porque “mis ojos son siempre los de las víctimas”.

Sus amigos –tuvo muchos– lo conocían como Nick.

Sus enemigos –tuvo muchos más– preferían no conocerlo cuando entraba a una fiesta o a un juicio. Y hay algo de paradójico en el hecho de que la muerte de Edward “Ted” Kennedy (Dunne escribió y chismorreó sobre el clan en su novela de 1993, A Season in Purgatory, y bajó su pulgar desde el proceso a William Kennedy Smith) le haya robado espacio y titulares a la suya. El culpable al que todos lloran (remember Chappaquiddick) imponiéndose sobre el inocente al que muchos menos extrañarán y unos cuantos ya se alegran, sin atenuantes, por su ausencia definitiva. En particular, los abogados top de honorarios millonarios.

Dunne se consideró desde joven un pésimo atleta, pero luchó en la Segunda Guerra Mundial en la Batalla del Bulge y ganó una Estrella de Bronce por rescatar y cargar en sus espaldas a un soldado herido desde las líneas enemigas. Fue alcohólico y drogadicto y gracioso e indiscreto, conoció el desempleo y la ruina económica, quedó destrozado por un divorcio, acabó describiéndose sexualmente como “bisexual célibe encerrado en un armario”, y dejó bien organizado su propio funeral donde se oirá “Anything Goes” de Cole Porter.

Pero, por encima de todo, Dominick Dunne fue un buen padre.

Uno no cree en estas cosas, pero le gustaría pensar que ahora, por fin, Dominick y Dominique –cumplidas sus tan inmerecidas condenas– van a encontrarse y abrazarse en el otro lado de todas las cosas.

Sería justicia.