martes, 1 de septiembre de 2009

El justiciero, por Fresán (en Radar)

A Dominick Dunne se lo podía y se lo sigue pudiendo definir de varias maneras, todas parciales, y sin que ninguna le haga o le hiciera del todo justicia.

Para algunos, Dunne era una especie de Truman diet y light o Capote pocket. Dunne había hecho suyo el territorio de los ricos y famosos y de los malditos y los bellos: le apasionaban las vidas y las muertes de los poderosos y las idas y las vueltas de los true crimes y escribió varias novelas sobre unos y otros. La mejor de ellas, Las dos señoras Grenville (1985), combinaba los procedimientos reconstructores de A sangre fría con el tráfico de indiscreciones de poderosos de Plegarias atendidas. Las dos señoras Grenville fue, también, un muy buen best-seller en el más pleno y mejor sentido del término.

Para otros, Dunne era el hermano de John Gregory Dunne (escritor infinitamente superior a Dominick) y el cuñado de Joan Didion (escritora infinitamente superior a ambos Dunne y a casi todos los escritores del universo). John Gregory y Dominick fueron inseparables, trabajaron juntos (Dominick Dunne comenzó produciendo algunas películas que John y Joan escribieron) y se separaron cuando Dominick se entrometió en un oficio y vocación que, en teoría, no era el suyo (y sí el de John Gregory), y enseguida comenzó a vender mucho más que su hermano. Después hubo otros problemas: nada es más fértil que los celos y la envidia. No se hablaron durante años, pero se amigaron tiempo antes de la inesperada muerte de John, a finales de 2003. Didion escribió el magnífico El año del pensamiento mágico sobre todo el asunto y Dominick despidió a John Gregory, con amor y elegancia, desde las páginas de Vanity Fair.

Para todos, Dominick Dunne era el pequeño gran hombre que –desde las satinadas páginas de ese mensuario– reportaba in situ los juicios de los poderosos que, a menudo, se salen con las suyas. Claus von Büllow, O.J. Simpson, los hermanos Menéndez, Robert Blake, Phil Spector... todos ellos en algún momento levantaron la vista desde el banquillo de los acusados y se encontraban con Dunne mirándolos fijo y tomando nota de todo lo que ocurría.

Y es que a Dunne le preocupaba que se hiciera justicia porque, en 1982, no se la habían hecho a él y a su hija asesinada: la actriz Dominique Dunne (la chica que hacía de hija mayor en Poltergeist, la hermana de Griffin Dunne, protagonista de After Hours de Martin Scorsese) fue estrangulada por un novio con buenas relaciones, quien quedó libre al poco tiempo con la ayuda de burocráticos vericuetos del más retorcido Derecho. Tina Brown, de Vanity Fair, le pidió a Dunne que escribiera sobre su dolor, Dunne entregó una pieza magistral (que concluía con las frases: “Me dicen que él ha cambiado su nombre. Mi más ferviente deseo es no cruzármelo nunca”) y, desde entonces, no se perdió oportunidad de castigar por escrito a premiados que hicieron trampa. Sus despachos legales –incluyendo el caso de su hija– están recogidos en el que seguramente es su libro más indispensable e importante: Justice: Crimes, Trials and Punishments (2001). El resto de su obra novelística le servía a Dunne nada más que para disfrazar como fiction todo aquello que no se podía poner como non–fiction por temor a demandas (que las tuvo) y a sonar como un delirante quebrado por un dolor que jamás cesó.

Dunne fue anfitrión de una serie tribunalicia en el canal Court TV y recientemente se estrenó un documental –Dominick Dunne: After the Party– sobre su larga y ajetreada vida en la que, en más de una ocasión, fue amenazado con ser expulsado de la sala por desacato a la autoridad de los jueces.

Dunne decía ser “el tipo de persona a la que la gente le cuenta cosas”, que “saber escuchar es un don que muchos subestiman”, aseguraba estar “cansado de que me pidan sentir piedad por criminales” y apenas se disculpaba por no ser un cronista objetivo porque “mis ojos son siempre los de las víctimas”.

Sus amigos –tuvo muchos– lo conocían como Nick.

Sus enemigos –tuvo muchos más– preferían no conocerlo cuando entraba a una fiesta o a un juicio. Y hay algo de paradójico en el hecho de que la muerte de Edward “Ted” Kennedy (Dunne escribió y chismorreó sobre el clan en su novela de 1993, A Season in Purgatory, y bajó su pulgar desde el proceso a William Kennedy Smith) le haya robado espacio y titulares a la suya. El culpable al que todos lloran (remember Chappaquiddick) imponiéndose sobre el inocente al que muchos menos extrañarán y unos cuantos ya se alegran, sin atenuantes, por su ausencia definitiva. En particular, los abogados top de honorarios millonarios.

Dunne se consideró desde joven un pésimo atleta, pero luchó en la Segunda Guerra Mundial en la Batalla del Bulge y ganó una Estrella de Bronce por rescatar y cargar en sus espaldas a un soldado herido desde las líneas enemigas. Fue alcohólico y drogadicto y gracioso e indiscreto, conoció el desempleo y la ruina económica, quedó destrozado por un divorcio, acabó describiéndose sexualmente como “bisexual célibe encerrado en un armario”, y dejó bien organizado su propio funeral donde se oirá “Anything Goes” de Cole Porter.

Pero, por encima de todo, Dominick Dunne fue un buen padre.

Uno no cree en estas cosas, pero le gustaría pensar que ahora, por fin, Dominick y Dominique –cumplidas sus tan inmerecidas condenas– van a encontrarse y abrazarse en el otro lado de todas las cosas.

Sería justicia.

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