martes, 30 de diciembre de 2008

Los top ten de Babelia


1- Chesil Beach. Ian McEwan (Anagrama) Novela

2- God & Gu. Apuntes de polemología. Rafael Sánchez Ferlosio (Destino)Ensayo

3- Sale el espectro, Philip Roth (Mondadori) Novela

4- Todos los cuentos. Cristina Fernández Cubas (Tusquets) Relatos

5- La isla. Giani Stuparich (Minúscula) Novela

6- En el café de la juventud perdida. Patrick Modiano (Anagrama) Novela

7- La vista desde Castle Rock. Alice Munro (RBA) Relatos

8- Millenium I y II: Los hombres que no amaban a las mujeres y La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Stieg Larsson (Destino) Novela

9- El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti. Mario Vargas Llosa
(Alfaguara) Ensayo

10-Ondulaciones. Poesía reunida (1968-2007) José-Miguel Ullán (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores) Poesía

Fuente. Babelia


Chesil Beach, la novela en la que Ian McEwan compone un gran fresco de la generación de los inicios de los sesenta -"la época en que ser joven era un obstáculo social"-, ha sido elegida por los críticos y colaboradores de Babelia como el libro más destacado del año.
Ian McEwan

Traducción de Jaime Zulaika

Anagrama. Barcelona, 2008

184 páginas. 16 y 7 euros

Dotado siempre del don de los arranques fulgurantes, Ian McEwan se muestra reservado, por no decir apagado, en el de Chesil Beach: "Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible". Vírgenes, instruidos (educated en el original) y con un problema de expresividad en materia erótica: así son Edward y Florence, los dos protagonistas, que, enormemente vivos en sus perfiles de inmadurez, comparten el citado problema con el conjunto de una sociedad, la Gran Bretaña de 1962; también esta novela es, a su modo, histórica, como las dos anteriores del autor. Pero lo que en Sábado (uno de sus pocos libros decepcionantes) era laboriosa fábula de las metástasis del 11 de septiembre de 2001, y en Expiación altisonante sonata en tres movimientos sobre las recíprocas sospechas del rango y la culpa social, en la magistral y puramente esencial Chesil Beach es el análisis narrativo de una historia de amor dañada no tanto por la juventud y cortedad sentimental de la pareja como por una traba lingüística: el understatement -la verbalidad de la "boca pequeña"- llevado a sus consecuencias más hipócritas y mutiladoras.

La mención lingüística retumba con más cargas de profundidad en esta novela, una de cuyas escenas memorables, hacia el final del capítulo 1, describe la difícil articulación de dos bocas en el negociado de un beso. El beso entre Florence y Edward al que me refiero tiene la excitante delicia pero también el riesgo inherente de la humedad; los recién casados, en el minucioso despliegue de pequeñas estrategias de exploración, recelo, ansia y denuedo con el que tratan de consumar su primera noche de amor, llegan naturalmente a la boca y no se detienen; les franquea los labios el vino servido por los camareros del hotel, un pequeño y malicioso coro de figurantes con frase que constituye otro de los brillantes aciertos del libro. El beso dura una página (la 38 en la edición de Anagrama, traducida por Jaime Zulaika, por la que cito) desde el momento en que la muchacha siente la lengua de su novísimo esposo deslizándose entre sus propios dientes "como un matón que se abre camino en un recinto". Las consecuencias del beso -en las que McEwan aprovecha con efectos de suprema comicidad la erudición médico-anatómica que adquirió y tan prolijamente usó en Sábado- desembocan en la hermosa y elocuente descripción de una batalla perdida o tal vez ganada, por mucho que los dos contendientes se manifiesten en paz con su acción bélica. A Florence, seca de voz y parca de adjetivos, no le gustan los demorados besos con lengua, y cuando ese inquisitivo apéndice bucal de Edward ocupa el hueco que ella tiene en una muela ya es tarde: con la cédula de matrimonio la esposa ha firmado, advierte no sin angustia, el permiso para los besos húmedos.

Pero tan extraordinario episodio, como los siguientes del lecho de bodas, la huida por el acantilado y el desencuentro en la playa, forman parte de la historia privada de la novela y Chesil Beach, conviene insistir en ello, es también macrohistórica en su brevedad (184 páginas de letra generosa). Todo lo que acontece está fechado, y no por capricho; cuando el narrador omnisciente (aunque latente), después de unos sarcásticos apuntes sobre la cocina y la construcción balnearia de entonces en las costas del condado de Dorset, dice que "era todavía la época [...] en que ser joven era un obstáculo social, un signo de insignificancia, un estado algo vergonzoso cuya curación iniciaba el matrimonio", está señalando, por inverosímil que hoy pueda parecer, el recato forzado de un tiempo en el que la generalizada castidad prenupcial hacía del casamiento -aun del más convencional- era la puerta de salida de una juventud interminable, artificial y sexualmente frustrada. El mundo se regía por un sistema operado por adultos responsables y reprimidos, y "ser pueril no era aún honorable ni estaba de moda".

La puerilidad desbocada y hasta monstruosa ha sido, sin embargo, recurrente en la obra de McEwan desde los relatos de Primer amor, últimos ritos, llamativo debut literario (en 1975) de este autor que Anagrama, fiel a su narrativa a lo largo de casi tres décadas, ya dio a conocer en castellano con aquel libro, en una traducción más chispeante que adecuada de Antonio Escohotado, entonces (1980) bajo la impronta de su colección Contraseñas y con una portada mezcla a partes iguales de los cómics de Nazario, las pinturas de Pat Andrea y las ilustraciones de Paula Rego. Ese infantilismo desquiciado no falta tampoco en Chesil Beach; sentadas las premisas de un código verbal de vigilancia, una cotidianidad desvivida y una pareja que se ama tanto como mutuamente se teme, aparece en la novela el factor favorito de McEwan, el accidente. No se puede aquí contar, por respeto a las -para mí sagradas- leyes del lector ingenuo, el desenlace del libro, ni, por falta de espacio, el denso tejido de trazos melancólicos que enriquece la parte final. Baste decir que, reduciendo el paisaje moral a la expresión mínima y centrando la peripecia del relato en los dos enamorados y alguna sugestiva aunque episódica figura familiar, Chesil Beach refleja la edad de una inocencia anterior al psicoanálisis y los catecismos de autoayuda; aquella edad caduca y más agria que dulce en la que el ser humano -el rebelde y el acomodaticio- era incapaz de verse a sí mismo como un enigma.

Joseph Stiglitz: "Todos somos keynesianos ahora"

Ahora somos todos keynesianos. Incluso la derecha en Estados Unidos se sumó al bando keynesiano con un entusiasmo desenfrenado y en una escala que, en algún momento, habría sido verdaderamente inimaginable.


Para quienes nos adjudicábamos alguna conexión con la tradición keynesiana, éste es un momento de triunfo, después de que nos dejaran en el desierto, prácticamente ignorados, durante más de tres décadas. En un nivel, lo que está sucediendo ahora es un triunfo de la razón y la evidencia sobre la ideología y los intereses.


La teoría económica se había dedicado a explicar durante mucho tiempo por qué los mercados sin obstáculos no se autocorregían, por qué se necesitaba regulación, por qué era importante el papel que jugaba el gobierno en la economía. Pero muchos, especialmente la gente que trabaja en los mercados financieros, presionaban por una suerte de "fundamentalismo de mercado". Las políticas erróneas resultantes —impulsadas, entre otros, por algunos miembros del equipo económico del presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama— ya antes habían infligido enormes costos a los países en desarrollo. El momento de iluminismo se produjo recién cuando esas políticas empezaron a generar costos en Estados Unidos y otros países industriales avanzados.


Keynes sostenía no sólo que los mercados no se autocorregían, sino que, en una crisis pronunciada, la política monetaria probablemente resultara ineficiente. Se necesitaba una política fiscal. Pero no todas las políticas fiscales son equivalentes. En Estados Unidos hoy, con una montaña de deuda inmobiliaria y un alto nivel de incertidumbre, los recortes impositivos probablemente resulten ineficientes (como lo fueron en Japón en los años 1990). Gran parte, si no la mayor parte, del recorte tributario norteamericano del pasado mes de febrero fue destinado al ahorro.


Con la enorme deuda que deja atrás la administración Bush, Estados Unidos debería estar especialmente motivado para obtener el mayor estímulo posible de cada dólar invertido. El legado de sub—inversión en tecnología e infraestructura, especialmente del tipo verde, y la creciente brecha entre los ricos y los pobres, requieren una congruencia entre el gasto a corto plazo y una visión a largo plazo.


Eso exige la reestructuración de los programas tanto tributario como de gasto. Bajarles los impuestos a los pobres y aumentar los beneficios de desempleo al mismo tiempo que se aumentan los impuestos a los ricos puede estimular la economía, reducir el déficit y disminuir la desigualdad. Reducir el gasto en la guerra de Irak y aumentar el gasto en educación puede incrementar la producción en el corto y largo plazo y, al mismo tiempo, reducir el déficit.


A Keynes le preocupaba la trampa de la liquidez —la incapacidad de las autoridades monetarias para inducir un incremento en la oferta de crédito a fin de aumentar el nivel de actividad económica—. El presidente de la Reserva Federa de Estados Unidos, Ben Bernanke, hizo un esfuerzo por evitar que se culpara a la Fed de agravar esta crisis de la misma manera que se la responsabilizó por la Gran Depresión, asociada con una contracción de la oferta monetaria y el colapso de los bancos.


Y aún así deberíamos leer la historia y la teoría con cuidado: preservar las instituciones financieras no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin. Lo importante es el flujo de crédito y la razón por la cual el fracaso de los bancos durante la Gran Depresión fue importante es que participaban en la determinación de la capacidad crediticia; eran los depositarios de información necesaria para el mantenimiento del flujo de crédito.


Sin embargo, el sistema financiero de Estados Unidos cambió drásticamente desde los años 1930. Muchos de los grandes bancos de Estados Unidos salieron del negocio del "préstamo" y se metieron en el "negocio con movimiento". Se centraron en comprar activos, reempaquetarlos y venderlos, al mismo tiempo que marcaron un récord de incompetencia a la hora de evaluar el riesgo y analizar la capacidad crediticia. Se invirtieron cientos de miles de millones de dólares para preservar estas instituciones disfuncionales. Ni siquiera se hizo nada para reencauzar sus estructuras perversas de incentivos, que alentaban el comportamiento cortoplacista y la toma de riesgos excesiva. Con recompensas privadas tan marcadamente diferentes de los retornos sociales, no sorprende que la búsqueda del interés personal (codicia) condujera a consecuencias tan destructivas desde un punto de vista social. Ni siquiera velaron por los intereses de sus propios accionistas.


Mientras tanto, es muy poco lo que se está haciendo para ayudar a los bancos que efectivamente hacen lo que se supone que deben hacer los bancos –prestar dinero y evaluar la capacidad crediticia.


El gobierno federal asumió billones de dólares en pasivos y riesgos. Al rescatar al sistema financiero, tanto como en política fiscal, necesitamos preocuparnos por el “retorno de la inversión”. De lo contrario, el déficit –que se duplicó en ocho años— aumentará aun más.


En septiembre, se decía que el gobierno recuperaría su dinero, con intereses. A medida que se incrementó el rescate, cada vez resulta más evidente que éste era simplemente otro ejemplo más de una mala apreciación del riesgo por parte de los mercados financieros –como vienen haciendo consistentemente en los últimos años—. Los términos de los rescates de Bernanke y Paulson eran desventajosos para los contribuyentes y, aún así, a pesar de su volumen, hicieron poco para reactivar el préstamo.


La presión neoliberal para una desregulación también satisfacía a algunos intereses. A los mercados financieros les fue bien a través de la liberalización del mercado de capitales. Permitirle a Estados Unidos vender sus productos financieros riesgosos y participar en una especulación en todo el mundo puede haber beneficiado a sus compañías, aunque esto les impusiera grandes costos a otros.


Hoy, el riesgo es que se utilice y se abuse de las nuevas doctrinas keynesianas para satisfacer algunos de estos mismos intereses. ¿Acaso quienes presionaron por la desregulación hace diez años aprendieron la lección? ¿O simplemente querrán imponer reformas cosméticas –el mínimo requerido para justificar los rescates de mega—billones de dólares? ¿Hubo un cambio de parecer o solamente un cambio de estrategia? Después de todo, en el contexto de hoy, perseguir políticas keynesianas parece incluso más rentable que ir detrás del fundamentalismo de mercado.


Hace diez años, en el momento de la crisis financiera asiática, se discutió mucho sobre la necesidad de reformar la arquitectura financiera global. Poco se hizo. Es imperativo que no sólo respondamos adecuadamente a la crisis actual, sino que emprendamos reformas a largo plazo que serán necesarias si queremos crear una economía global más estable, más próspera y equitativa.


*Profesor de Economía en la Universidad de Columbia, y ganador del Premio Nobel de Economía en 2001, es co—autor, junto con Linda Bilmes, de The Three Trillion Dollar War: The True Costs of the Iraq Conflict.

Fuente: www.project-syndicate.org

Martha Nussbaum en The Guardian: Bombay y el interesado estereotipo del musulmán terrorista

Si, como ahora parece probable, los terribles atentados del mes pasado en Bombay fueron obra de terroristas islámicos, la cosa pinta mal para la minoría islámica de la India. No importa que sus perpetradores estuvieran financiados desde el exterior, en relación con el conflicto en curso en Cachemira. Los ataques alimentarán un vigoroso estereotipo de musulmanes violentos e indignos de confianza, prontos a la conquista religiosa e incapaces de llegar a ser buenos ciudadanos democráticos. Tales estereotipos proyectan ya su sombra sobre las vidas de los musulmanes indios, que representan un 13,5% de la población.


Importa, empero, considerar el terrorismo indio desde una perspectiva más amplia.


El terrorismo en la India no es, en absoluto, asunto exclusivo de los musulmanes. Una cadena de incidentes recientes se ha atribuido a grupos islámicos, la mayoría con vínculos foráneos que tienen que ver con Cachemira. Sin embargo, el ejemplo de terrorismo sangriento más reciente en la India fue el asesinato de no menos de 2.000 musulmanes perpetrado durante meses en 2002 por hordas derechistas hindúes en el estado de Gujarat.


Ese horrible pogrom fue presentado en su día como represalia por el incendio, pretendidamente cometido por musulmanes, de un tren en el que viajaban pasajeros mayoritariamente hindúes. Pero dos investigaciones independientes han terminado por concluir que el incendio no fue sino un trágico accidente causado por unos bidones de queroseno que traían unos pasajeros.


Pero, siendo verdad que eso no se supo en su momento, lo cierto es que el grueso de los asesinados –o violados, o apaleados— vivían a mucha distancia del lugar en donde se produjo el incendio, y era claro que no podían tener la menor conexión con él. Además, hay pruebas más que sobradas de premeditación: grupos hindúes de extrema derecha habían confeccionado listas de viviendas y negocios musulmanes.


También son abrumadoras las pruebas de que el gobierno del estado e Gujarat cobijó a los perpetradores de los asesinatos, lo que llevó al Departamento de Estado norteamericanoa denegar en 2005 el visado a Narendra Modi, el jefe de gobierno de Gujarat. Recientemente, el periódico de investigación Tehelka aportó todavía más pruebas de la complicidad del gobierno en los ataques homicidas a los musulmanes. Un periodista de Tehelka, pertrechado con una cámara oculta, entrevistó a varios participantes en los actos violentos de Gujarat, los cuales describieron con detalle la fabricación de bombas en fábricas propiedad de miembros de la derecha hindú; cómo esas armas fueron traídas de contrabando desde otros estados, y cómo la policía recibió instrucciones para mirar hacia otro lado.


Un dirigente del Bajrang Dal (un grupo paramilitar hindú de extrema derecha) describió así su propio papel en el asunto: "Estaba esa mujer preñada, y yo la rajé en canal… No habría ni que dejarles respirar. Ahora digo exactamente lo mismo. Se trate de quien se trate, mujeres, niños, cualquiera, lo único que cabe hacer con ellos es rajarlos. Hay que apalearlos, liquidarlos, hay que quemar a esos bastardos… La idea es no dejar a ninguno con vida; después, todo será nuestro."


La revelación de que miembros de la derecha hindú se libraron a una campaña de limpieza étnica no debería sorprender a nadie. Desde 1930, su movimiento no ha dejado de insistir en que la India es para las hindúes, que musulmanes y cristianos son forasteros que deberían tener un estatuto nacional de segunda clase.


Este año, en la parte oriental del estado de Orissa, miembros del Bajrang Dal asesinaron a una miríada decristianos que rechazaton convertirse al hinduismo. (El grueso de los cristianos indios son descendientes de conversos, a menudo procedentes de las castas hindúes más bajas.) Pacçificas aldesa fueron reducidas a cenizas; se prendió fuego a un orfelinato patrocinado por la Iglesia; docenas de iglesias fueron destruidas, y misioneros y sacerdotes fueron asesinados a sangre fría. Miles fueron obligados a huir de sus hogares, y al menos 30.000 se quedaron sin techo. La consigna: "Matad a los cristianos y destruid sus instituciones".


En agosto, los obispos católicos de la India procedieron a cerrar escuelas por todo el país "en protesta por las atrocidades cometidas contra la comunidad Cristiana y otra gente inocente". Tales acciones, tendentes a transformar la democracia pluralista india en un régimen etnocéntrico, representan una grave amenaza para el futuro de la India.


Todo eso es terrorismo, pero nunca sale en la primera plana de los grandes medios de comunicación del mundo. Y cuando se abre paso en los periódicos fuera de la India, apenas se usa la palabra "terrorismo". El resultado es una percepción, n la India y en todas partes, de que los musulmanes son los malos de la película en materia de violencia terrorista.


Esos estereotipos son tan dominantes, que muchas asociaciones de juristas de los estados se niegan a defender a musulmanes acusados de complicidad con el terrorismo, a pesar de que la Constitución de la India garantiza todos los acusados una defensa gratuita.


Entretanto, aun con pruebas escasas, si alguna, ronda a los jóvenes musulmanes la sospecha de terrorismo, un análogo del actual y feísimo fenómeno norteamericano de la fijación de perfiles raciales.


Algunos musulmanes son delincuentes. Pero eso no justifica la demonización de los musulmanes; lo mismo que los actos violentos de la derecha hindú no justifica el estereotipo que pinta a todos los hindúes como violadores y asesinos. Actúese contra los delincuentes con determinación, buenas pruebas y juicios justos, y déjese de perseguir a todo una comunidad por su sola afiliación religiosa.


*Ha sido profesora de filosofía en la Universidad de Harvard y actualmente lo es en la de Brown. Es además una activa defensora de la causa feminista, y ha sido una crítica tan inclemente filosóficamente, como certera políticamente, del feminismo académico de impronta relativista. En SinPermiso 2 se acaba de publicar su célebre ensayo contra Judith Butler, convertido entretanto en un clásico contemporáneo de la crítica filosófica de la charlatanería ["El feminismo exige más y las mujeres merecen algo mejor", en: Sinpermiso Nº 2, junio 2007, págs. 151—174]. Entre sus últimos libros traducidos al castellano están: La terapia del deseo: teoría y práctica en la ética helenística [traducción de Miguel Candel]. Barcelona: Paidós, [2003]; El conocimiento del amor: ensayos sobre filosofía y literatura [traducción de Rocío Orsi Portalo y Juana María Inarejos Ortiz Boadilla del Monte]. Madrid: A. Machado Libros, 2005; El cultivo de la humanidad: una defensa clásica de la reforma en la educación liberal [traducción de Juana Pailaya]. Barcelona: Paidós Ibérica, 2005; "El ocultamiento de lo humano: repugnacia, vergüenza y ley" [Traducción de Gabriel Zadunaisky]. Buenos Aires: Katz Editores, 2006; Las fronteras de la justicia: consideraciones sobre la exclusión [traducción de Ramon Vilà Vernis y Albino Santos Mosquera]. Barcelona: Paidós, 2007.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

viernes, 12 de diciembre de 2008

Premio al peor sexo en literatura 2008


Hace un año, se lo llevó Norman Mailer por un párrafo de El castillo en el bosque que tiene frases como ésta: "...se metió su vieja pieza de artillería entre los labios, que ahora estaba tan blanda como un rollo de excremento. Sin embargo la chupó con una avidez...".
"Este año, le tocó a una ilustre desconocida: Rachel Johnson por su libro Shire Hell se ganó el premio al Peor Sexo en la Ficción que organiza la revista The Literary Review. En el blog de Ezequiel Martínez, "En Minúsculas" encontré la traducción de la escena premiada que incluye un "crescendo wagneriano" de espanto:

Casi gritando tras cinco minutos agónicamente placenteros, lo agarro para meterlo, mientras golpea furiosamente contra nuestros dos vientres, dentro, pero él sujeta mis dos brazos y mete su lengua en mi núcleo, como un gato bebiendo de una escudilla de nata para no perder ni una gota. Me encuentro agarrándole de las orejas y tirando de los bucles que lo coronan, a pesar mío, y extraños sonidos animales se me escapan mientras que el culminante crescendo wagneriano se apodera de mí.


Además, se le dio una especie de Premio Homenaje Extraordinario (Lifetime Achievement Award) a John Updike, según Moleskine por un pasaje de su novela Las brujas de Eastwick, cuatro veces nominada al premio pero nunca ganadora (hasta ahora), pero según En minúscula, por su obra de este año (continuadora de la anterior, que generó una muy divertida película) Las viudas de Eastwick.

Fuente: Moleskine

jueves, 11 de diciembre de 2008

Eeeella, la Insulza


"Eeeeella la indecisa. Eeeeeeella la que tiene mejores cosas que hacer. Eeeeeella la rogada."

By Se siente Rubio

martes, 9 de diciembre de 2008

La soluciòn al taco que se va a armar en "Sanhattan"


Uno tiene que estar por la solucionática, no sólo x la problemática.
La idea está tomada de los amigos nipones.
La Vía Rápida Hanshin atraviesa el Gate Tower Building entre los pisos 5 y 7-




Desde Microsiervos, que lo tomó, en definitiva, desde an englishmen in osaka.

Scarface. 25 años y sigue el debate

martes, 2 de diciembre de 2008

Santiago en 100 palabras: Los premiados

Primer Lugar: "Adrián y yo"

Con Adrián vivimos en el centro. Me hace reír mucho. Está convencidísimo de que es un asesino en serie. "Soy un roba almas", dice mientras nada inquieto de un lado a otro en la pecera que le compré. Últimamente está muy callado. Intenté hacerle cariño, pero inmediatamente comenzó a dar saltitos acrobáticos queriendo morderme algún dedo. Se cree piraña. Un domingo lo vi devastado, así que disolví 1/4 de fluoxetina en su agua y me tomé otra pastilla yo. Estuvimos toda la tarde mirando fijo por la ventana, tarareando canciones en inglés. Es que a veces nos sentimos muy solos.

Paloma Amaya, 25 años, La Reina

Segundo lugar: "Los albañiles"

Se mira las manos sucias y partidas antes de caminar hasta la baranda del andamio. Está en la punta del edificio. Durante un rato observa la ciudad abrazada por la nube de esmog. Luego ve emerger las siluetas de las construcciones aledañas. Y al cabo de un momento, desde la cumbre de una de ellas, observa el destello de la luz del sol rebotando en un pequeño espejo que sostiene un hombre en su mano. Es la señal convenida.

Renard Betancourt, 57 años, Ñuñoa

Tercer lugar: "Tarde al circo"

Un payaso harapiento caminaba por la berma en el sentido contrario de la autopista. En su mano llevaba un bidón y tenía las manos manchadas con grasa. Su cara pintada de blanco hacía resaltar una nariz roja y grande. Desde la ventana de un auto un niño lo vio pasar. Esa noche no pudo dormir. Se quedó pensando qué le hacían a los payasos si llegaban tarde al circo.

Rodrigo Fernández, 23 años, Vitacura

Premio al talento Joven: "Pingüinos"

Comenzó de forma discreta: un copo de nieve en el torniquete, otro sobre la línea amarilla. Poco a poco tanto los vagones como los andenes se llenaron de cuerpos negros y manchas blancas. Un día se tomaron un tren. Había al menos quince decenas de ellos. Cubrieron el piso de hielo e idearon un sistema para que nevara con un aroma distinto en cada vagón. Cuando tomaron posesión de la línea completa trajeron al festejo un par de osos polares. Regalaron patines en caja y hubo todo el día helado gratis. Fue la mejor revolución pingüina que haya visto.

Emilia Díaz, 17 años, Ñuñoa

Premio del público: "Intimidad pasajera"

Se llama Juana Catrilqueo Peña. Nació hace 63 años en Mantilhue, una localidad rural ubicada a 70 kms de Osorno. A los 15 se vino a Santiago a trabajar como nana. Tuvo un hijo que murió atropellado en la Alameda el año 86. Desde entonces vive sola en una pieza que arrienda en Quilicura. Es callada, sigilosa y muchas veces pasa desapercibida. Viaja en micro todos los días a la casa de sus patrones y aprovechándose del tumulto y los apretones de una intimidad obligada, acurruca su cabeza en el hombro de otro pasajero sin que nadie se dé cuenta.

Gonzalo Andrade, 26 años, La Florida

viernes, 28 de noviembre de 2008

Juan Marsé recibe el Príncipe de Asturias

Si el Premio Nobel sorprendió a Doris Lessing con la bolsa de la compra en la mano, el Cervantes le cayó ayer a Juan Marsé con unos análisis clínicos bajo el brazo. Una mano en el bolsillo, la cazadora con el cuello ligeramente levantado, el andar suelto con calzado deportivo... Un Marsé en estado puro frunció el cejo y lanzó un "¿Me ha tocado?" ante el grupo de periodistas que le esperaba en la puerta de su casa barcelonesa. No, Marsé no sabía que ya hacía casi dos horas que el jurado del galardón más prestigioso de las letras españolas, dotado con 125.000 euros, había recaído por fin en él, tras sonar un sinfín de veces su nombre, "por su decidida vocación por la escritura, venciendo los elementos personales y su dura vida, y por su capacidad para reflejar la España de posguerra".


"Yo estoy marcado por la derrota de la Guerra Civil", admite el escritor

El mejor cronista en lengua castellana de la Barcelona gris de posguerra, de los sueños rotos y las frustraciones que se acumularon en la vida de varias generaciones sabía, claro, que se fallaba el premio, pero no quiso cambiar en nada sus planes. "Me lo esperaba sí y no; bueno casi no, creí que recaería en Pepe [por Caballero Bonald] o en Ana María Matute". Pero algo se olía porque, según reconoció, su "cardiólogo, el doctor Massip", le dijo que le notaba "muy nervioso". "Y aunque dudé, le explique que había esto y entonces me dijo: 'Pues di que si estás vivo es gracias a mí'".

Marsé (Barcelona, 1933) andaba ayer haciendo lo que más le gusta en la vida; contar sus aventis. Esas historias inventadas a partir de sucesos reales o bien ya magnificados por la memoria popular. Ficciones arrancadas de la memoria de la guerra civil y que él contaba a sus compañeros de escuela en los tan poco triunfales años cuarenta. "El fracaso te enfrenta con la esencia de la vida y yo estoy marcado por la derrota de la Guerra Civil", ha admitido siempre Juan Marsé, nacido Juan Faneca Roca pero que al morir su madre en el parto fue adoptado por el matrimonio Marsé

El gusanillo de las historias quedaría en aquel joven aprendiz de un taller de joyería. El mismo que entusiasmó a los Barral, Gil de Biedma o García Hortelano en 1960. Entonces quedó finalista del Premio Biblioteca Breve con Encerrados con un solo juguete. Ellos creyeron haber dado con el grial del escritor obrero. En realidad, había nacido un auténtico narrador de una época parda que, recortando el mapa real del menestral barrio barcelonés de Gràcia explotaría en las obras que ayer el autor destacó como las favoritas entre su producción: Últimas tardes con Teresa (1966, Premio Biblioteca Breve y que aseguró su "vocación como escritor"), Si te dicen que caí (1973), Un día volveré (1982) y Rabos de lagartija (2000).

"Sí, escribo para recuperar una memoria usurpada por 40 años de franquismo, pero hace ya tanto que lo digo que constatarlo me resulta deprimente a más no poder. Tanto como el comportamiento de la Iglesia española o el tema de la memoria histórica", explicaba ayer. Y de fondo resonaba otra definición, ésta recogida en la reciente Ronda Marsé (Candaya): "Soy un anticlerical militante, harto de pagar de mi bolsillo a esa pandilla de obispos, chorizos y sinvergüenzas".

"Espero que el premio no tenga intencionalidad política porque yo no defiendo nada ni a nadie, sólo el derecho a escribir en la lengua que me dé la gana", saltó cuando se le dio a conocer las declaraciones del ministro de Cultura, César Antonio Molina, quien aseguró que Marsé "ha contribuido a la defensa en Cataluña de una lengua [el español] que hablan 500 millones de personas".

"La lengua es una manera de entenderse, cuando la convierten en bandera para algo ya me meto la mano en el bolsillo porque sé que me robarán la cartera", ironizó. "Escribo en castellano porque mis lecturas, mi cine, mi todo lo aprendí en castellano y así formé mi discurso mental; si hubiera sido un país normal, por entorno familiar quizá escribiría en catalán, pero... en cualquier caso, los premios no tienen nada que ver con la literatura".

Lento "y orgulloso de ello", el escritor ultima una novela en la que aún cojea "una historia paralela". Y en la que aprovechará para vengarse un poco del mundo del cine que tanto le marcó de pequeño pero que le ha maltratado con sus adaptaciones. Ayer, el autor dedicó el premio a la actriz Paulette Goddard, inolvidable rostro del cine clásico.

Marsé tiene, entre otros, dos premios Nacionales de la Crítica y uno de Literatura, pero ni todo un Cervantes le quita un cierto miedo de escritor. "Siempre te quedas algo vacío y con el pavor de si podrás escribir de nuevo". Por si acaso, esta mañana, si le dejan "los periodistas", intentará retomar sus aventis.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Auster en youtube gentileza de Google


Authors@Google, se complace en presentar a Paul Auster en la oficina de Google en New York leyendo y discutiendo su último libro, "Un hombre en la oscuridad". El evento tuvo lugar el 20 de agosto de este año.
De nada.

viernes, 14 de noviembre de 2008

martes, 11 de noviembre de 2008

viernes, 7 de noviembre de 2008

Inolvidable noche

REM in Santiago on Election Night



"Its incredible. I am still really in disbelief. I think the 21stC finally arrived, this time joyously

Sea change. I tripped all over my words last night. Couldnt be more in the moment than to be literally speechless"


Palabras de Michael Stipe en su canal de youtube sobre esa memorable noche

martes, 4 de noviembre de 2008

sábado, 25 de octubre de 2008

Puedes ser un webon.com


Este host, webon, debería ser furor en nuestro país.

jueves, 23 de octubre de 2008

Kareem Rashad Sultan Khan

Cuando hagan la película, recuerda que acá supiste de Kareem Rashad Sultan Khan antes que en lun, emol y la 3ª.

La cosa es así. Colin Powell en una entrevista en Time cuenta el impacto que le causó una foto. Y luego, varias revistas hablando del tema.
Esto es lo que dijo Powell:
Se trataba de un libro de fotografía sobre las tropas que están sirviendo en Irak y Afganistán. Y una imagen al final del libro era de una madre en el cementerio de Arlington, en la que estaba su cabeza sobre la lápida de la tumba de su hijo. Producto del foco, del centro de la foto, se podía leer lo escrito en la lápida. Hablaba de sus condecoraciones - Corazón Púrpura, Estrella de Bronce -, decía que murió en Irak, daba su fecha de nacimiento, fecha de la muerte. Era un joven de 20 años de edad. Y luego, en la parte superior de la lápida, no había una cruz cristiana, ni tenía la estrella de David, había una media luna y una estrella de la fe islámica. Y su nombre era Kareem Rashad Sultan Khan, y era un americano. Había nacido en Nueva Jersey. Tenía 14 años de edad para el 9 / 11, y esperó hasta que pude ir a servir a su país, y él dio su vida. Ahora, nosotros tenemos que dejar de polarización de la manera que lo estamos haciendo.


Por acá , y aquí, se puede saber algo más de Kareem.
La nota de Time entrevista a sus padres, orgullosos de su hijo, como sólo un padre puede saber eso. Cuenta que post 9/11 él decidió entrar al ejército para "mostrar que no todos los musulmanes eran fanáticos y que muchos como él estaban decididos a dar su vida por su país."
El recuerdo favorito de su padre es cuando se despertaba las 5 de la mañana para acompañarlo a trabajar en un local del puerto.


miércoles, 8 de octubre de 2008

miércoles, 1 de octubre de 2008

Michael Moore: Nos quieren meter miedo

A Fuguet y tantos otros puede disgustarle el docuestilo de Moore, pero su mirada política es más aguda que la naif de Héctor Soto.

"Todos decían que la ley sería aprobada. Los expertos del universo ya estaban haciendo reservas para celebrar en los mejores restaurantes de Manhattan. Los compradores personales en Dallas y Atlanta fueron despachados para hacer los primeros regalos de Navidad. Los Hombres Locos de Chicago y Miami estaban descorchando botellas y brindando entre ellos mucho antes del desayuno.

Pero lo que no sabían era que cientos de miles de estadounidenses se despertaron ayer a la mañana y decidieron que era tiempo de rebelarse. Los políticos no la vieron venir. Millones de llamadas telefónicas y correos electrónicos golpearon al Congreso tan fuerte como si Marshall Dillon (Comisario Dillon, personaje de una serie) y Elliot Ness hubieran descendido en Washington D.C. para detener los saqueos y arrestar a los ladrones.

La Corporación del Crimen del Siglo fue detenida por 228 votos contra 205. Fue raro e histórico; nadie podía recordar un momento cuando una ley apoyada por el presidente y el liderazgo de ambos partidos fuera derrotada. Eso nunca sucede. Mucha gente se está preguntando por qué el ala derecha del Partido Republicano se unió al ala izquierda del Partido Demócrata para votar en contra del robo. Cuarenta por ciento de los demócratas y dos tercios de los republicanos votaron en contra de la ley.

Esto es lo que sucedió:

La carrera presidencial puede estar todavía muy pareja en las encuestas, pero las carreras en el Congreso están señalando una victoria aplastante para los demócratas. Pocos discuten la predicción de que los republicanos van a recibir una paliza el 4 de noviembre. Hasta 30 bancas republicanas en la Cámara de Representantes se perderían en lo que sería un increíble repudio a su agenda. Los representantes del oficialismo tienen tanto miedo de perder sus bancas, que cuando apareció esta “crisis financiera” hace dos semanas, se dieron cuenta que habían entregado su única oportunidad de separarse de Bush antes de la elección, mientras hacían algo que los hiciera parecer como que estaban del lado de “la gente”.

Estaba mirando ayer C-Span, una de las mejores comedias que he visto en años. Ahí estaban, un republicano después de otro que habían apoyado la guerra y hundido al país en una deuda record, que habían votado para matar cualquier regulación que hubiera mantenido a Wall Street en control —¡ahí estaban, lamentándose y defendiendo al hombrecito común!—. Uno tras otro se pararon en el micrófono de la Cámara baja y tiraron a Bush bajo el ómnibus, bajo el tren (aunque habían votado por quitarles los subsidios a los trenes también), diablos, lo hubieran tirado bajo la aguas crecientes de Lower Ninth Ward (barrio de Nueva Orleans) si hubieran podido conjurar otro huracán.

Los 95 valientes demócratas que rompieron con Barney Frank y Chris Dodd era los héroes reales, igual a aquellos pocos que se pararon y votaron en contra de la guerra en octubre de 2002. Miren los comentarios de ayer de los republicanos Marcy Kaptur, Sheila Jackson Lee, y Dennis Kucinich. Dijeron la verdad. Los demócratas que votaron por el paquete lo hicieron en gran parte porque estaban temerosos de las amenazas de Wall Street, que si los ricos no recibían su dádiva, los mercados enloquecerían y entonces adiós a las pensiones que dependen de las acciones y adiós a los fondos de retiro. ¿Y adivinen qué? ¡Eso es exactamente lo que hizo Wall Street! La caída más grande de un solo día en el Dow en la historia de la Bolsa de Valores de Nueva York. Anoche los nuevos presentadores de televisión lo gritaban: ¡los estadounidenses acaban de perder 1,2 billón de dólares en la Bolsa! ¡Es el Pearl Harbour financiero! ¡Se cae el cielo! ¡Gripe aviar! Por supuesto, la gente cuerda sabe que nadie “perdió” nada ayer, que los valores suben y bajan y que esto también pasará porque lo ricos comprarán ahora que están bajos, los sostendrán, luego los venderán, y luego comprarán nuevamente cuando estén bajos. Pero por ahora, Wall Street y su brazo de propaganda (las redes y los medios que poseen) continuarán tratando de meternos miedo. Será más difícil conseguir un préstamo. Algunas personas perderán sus empleos. Una débil nación de peleles no durará mucho bajo esta tortura. ¿O sí podremos?

Esto es lo que creo: el liderazgo democrático en la Cámara baja esperaba secretamente todo el tiempo que esta pésima ley fracasara. Con las propuestas de Bush hechas añicos, los demócratas sabían que entonces podían escribir su propia ley que favorece al promedio de los estadounidenses y no al 10 por ciento más rico que está esperando otro lingote de oro. De manera que la pelota está en la manos de la oposición. El revólver de Wall Street todavía le apunta a la cabeza. Antes que den el próximo paso, déjenme decirle lo que los medios silenciaron mientras se debatía esta ley:

1. La ley de salvataje NO tiene provisiones para el llamado grupo de supervisión que iba a monitorear los gastos de Wall Street de los 700.000 millones;

2. NO consideraba multas, sanciones o prisión para ningún ejecutivo que pudiera robar algo del dinero del pueblo;

3. NO hizo nada para obligar a los bancos y a los prestamistas a reescribir las hipotecas del pueblo para evitar ejecuciones ¡Esta ley no hubiera detenido ni UNA ejecución!

4. En toda la legislación NO había nada ejecutable, usando palabras como “sugerido” cuando se referían a que se le devolviera el dinero del rescate al gobierno;

5. Más de 200 economistas escribieron al Congreso y dijeron que esta ley podría empeorar la “crisis financiera y causar aún MAS de una caída.

Es hora que nuestro lado establezca claramente las leyes que nosotros queremos pasar."

Traducción: Celita Doyhambéhére.

Fresán, Woody y la nada (a.k.a. Miravete de la Sierra)

UNO En Vicky Cristina Barcelona de Woody Allen –película de nombre un tanto absurdo que el año pasado se filmó en esta ciudad y que acaba de estrenarse en toda España– pasa de todo. Pasan muchas cosas. Un constante y vertiginoso acontecer para un leve, ligero, leve, vaudeville con macho ibérico, fogosa hembra española y turistas norteamericanas con ganas de emociones fuertes pero tampoco fortísimas. El macho es Javier Bardem, la hembra es Penélope Cruz y la turista es Scarlett Johansson (la segunda turista importa tan poco que no recuerdo ni su nombre).

Lo que sí importa es que el film es un éxito por aquí (y en los Estados Unidos), hay colas afuera de los cines, carcajadas del público un tanto exageradas adentro y sonrisas en el Ayuntamiento que puso dinero en la producción (la cifra exacta ha adquirido ya la textura de leyenda urbana) para promocionar –como si hiciera falta, como si los turistas no hubieran tomado todo lo tomable y bebido todo lo bebible– a la Perla del Mediterráneo. Así, después de un rodaje que revolucionó a Barcelona y atormentó a Barcelona, Vicky Cristina Barcelona –que paradójicamente llega a las pantallas en el momento exacto en que termina un verano negro para hoteles y restaurantes para dar paso a un otoño todavía más oscuro cortesía de la crisis– no es otra cosa que una tontería simpática y una postal en movimiento. Una especie de parque temático y prolijo destilado urbano de la Ciudad Condal que vuelve a demostrar la imposibilidad de los nativos de EE.UU. de escapar del lugar común cada vez que viajan. Un producto pintoresco al que los locales acusan de falso y parcial olvidando que la paradigmática Manhattan que muestra Allen en su obra tampoco es una instantánea fidedigna de la Gran Manzana sino una versión sublimada de una especie de Xanadú y Shangri-La donde todos van del museo a la cinemateca y, después, a dormir a un penthouse de la Quinta Avenida. De este modo, no hay en Vicky Cristina Barcelona estudiantes extranjeros vomitando en las veredas del barrio de Gracia ni carteristas en las Ramblas ni autobuses de doble planta estacionados en triple fila ni alquileres de vértigo.

Todos estos horrores sí aparecen comentados y retratados en el flamante libro/manifiesto/diatriba Odio Barcelona (Editorial Melusina, www.myspace.com/odiobarcelona) donde se han reunido varios escritores de la nueva camada para explicar la versión local de aquel “No nos une el amor sino el espanto”. En la portada del libro –mientras en Hollywood alguien planea superproducción sobre aquel raro y nunca del todo esclarecido “Incidente de Palomares” en el que cuatro bombas atómicas, que afortunadamente no estallaron, se dejaron caer sobre territorio español en 1966, y ojalá que la filmen los Coen– varios bombarderos vuelan sobre monumentos locales. Ya saben: la Sagrada Familia, la fachada modernista, y todas esas cosas que aparecen en una película de Woody Allen.

DOS Y si bien en Vicky Cristina Barcelona hay una un tanto absurda escapada a Oviedo (tal vez porque en esa ciudad hay una estatua de Woody Allen y a su director le entregaron hace unos años el Premio Príncipe de Asturias) a ninguno de sus hiperkinéticos y vociferantes personajes se les ocurre hacer un alto en Miravete de la Sierra.

Porque en este pueblo de Teruel –situado, para más datos y mejor ubicación, en el corazón de la Sierra del Maestrazgo, a unos seis kilómetros de la penosa carretera de Villarroya de los Pinares– no pasa nada. Absolutamente nada. Y, mucho menos, una película de Woody Allen.

En Miravete de la Sierra poco importó la caída del Muro hace unos años y poco importa el derrumbe de la Calle de la Pared por estos días.

Y me enteré de la existencia inexistente de Miravete de la Sierra –también conocido como “el pueblo en el que nunca pasa nada”– por un anuncio de televisión. Tomé nota y entré a la fértil tierra baldía de Internet y di vueltas hasta llegar a www.elpuebloenelquenuncapasanada.com y –desde el pasado 8 de septiembre– ahí estaba y ahí está.

Miravete de la Sierra. Apenas doce habitantes fijos, un total de 46 censados y hasta 100 personas para las fiestas de San Miguel en mayo. Una iglesia y un puente del siglo XVI y poco más. Uno de los muchos pueblos en proceso de extinción a lo largo y ancho de España. La diferencia de Miravete de la Sierra es que fue descubierto por la agencia de comunicación madrileña con nombre de explorador de espacios abiertos y desolados –Shackleton– y ahora es promocionado como patria y fábrica del más raro y exquisito y valioso producto que puede ofrecerse en estos tiempos demasiado ocurrentes: la nada, el que nada suceda, el vacío absoluto, el paisaje zen “donde encontrarte a ti mismo”. Leo en El País, en un reportaje de Cristóbal Ramírez, que Pablo Alzugaray –director de Shackleton– justifica el asunto: “Estábamos buscando un pueblo minúsculo que no tuviera nada para hacerlo famoso. El que más nos gustó fue éste, sobre todo, por la acogida de sus habitantes cuando les explicamos la idea. Es un experimento de comunicación”. Y, entonces, Alzugaray (un rápido tecleado confirma mis automáticas sospechas de que Alzugaray es argentino; porque ciertas ideas no pueden sino ser argentinas) anticipa que “en unas semanas se podrá desvelar todo. No hay ningún objetivo malsano. No puedo decir nada. No puedo decir más”. Como ya han pasado más de quince días desde la salida de esta nota, me apresuro a entrar al site, pero no puedo llegar allí. Demasiado tráfico para alcanzar la nada y un panorama virtual en el que se ofrecen muñequitos coleccionables de cada uno de los doce habitantes de Miravete de la Sierra a 180 euros la pieza, o la posibilidad de donar una teja para la restauración de la iglesia a 10 euros, y hasta se puede jugar a ordeñar una cabra. También, por supuesto, el inevitable paseo turístico –con voz en off del octogenario muñequito Cristóbal Sangüesa– donde se nos advierte que aquí “el tiempo no pasa ni adelantando la hora”.

Pero ahora no hay caso. No puedo entrar.

Así que doblo en la primera salida hacia Google, busco las últimas noticias, y ahí está Miravete de la Sierra. Por el momento, parece, no se ha develado nada y hasta el momento no se confirman las sospechas de muchos de que todo esto no es más que el tinglado para vender otra cosa. Pero los contados pobladores de Miravete de la Sierra –la mayoría de ellos de maduros para arriba– se quejan hoy de un stress digno de barcelonés. La repercusión mediática y viral de la página en cuestión (146.000 visitas en apenas una semana) los tiene a todos al borde de un más almodovariano que woodyallenesco ataque de nervios. Han sido demasiados los curiosos y demasiados los noticieros que llegan a ver cómo es eso de la nada que, paradójicamente, ha dejado de serlo. Y ya hay problemas internos: celos de los que no llegaron a ser muñequito y comentarios viperinos en cuanto a que los que sí son muñequito aparecen muy mejorados en su aspecto, terror ante la posible invasión de hordas japonesas. Mientras tanto, después de mucho tiempo, ha vuelto a abrir el hotel municipal. Y crece el desconcierto de todos, de los muy pocos todos, por tener que responder todo el tiempo a las mismas preguntas de cámaras y micrófonos y –gente sencilla– sufriendo al pensar que la insistencia se debe a que no dan la respuesta correcta. Y de este modo sus comentarios son cada vez más delirantes. Así, la ironía de que el “no pasa nada” se haya transformado en un “pasa todo el tiempo lo mismo”. Aunque están los optimistas que piensan que esta fatiga de los abuelos se traducirá en la curiosidad de los nietos que retornarán, cualquier día de éstos, como oscuras golondrinas, para repoblar a Miravete de la Sierra. Y, quién sabe, si hay suerte, buena o mala, de aquí a unos años sus hijos publicarán, con amor, un libro titulado Odio a Miravete de la Sierra."

Fuente: el aún inefable Página12.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Vote Republicano. Vea aquí por qué debería



El video fue escrito y dirigido por Charlie Steak y producido por SynteheticHuman Pictures.

Fuente: Retaguardia.

24 horas de tráfico aéreo en el mundo

martes, 23 de septiembre de 2008

Esto sí tiene nombre: se llama ignorancia supina

El senador Sergio Romero (RN), declaró que la Declaración de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) "contrasta con el silencio" de este organismo frente a la expulsión de José Miguel Vivanco de Venezuela.
Lo que este honorable pasó por alto es que la comisión ES PARTE de la OEA.
Así se lo precisó por escrito y públicamente José Miguel Insulza, explicándole que "la CIDH es el órgano de nuestra organización a cargo de los derechos humanos, y su mandato surge de la Carta de la OEA y de la Convención Americana sobre Derechos Humanos" y que junto a la Corte Interamericana es parte del sistema de protección y promoción de los derechos humanos en las Américas.

Estos son los senadores que se oponen al Tribunal Penal Internacional.
Ignorancia supina, me enseñó en 1985 mi profesor de Castellano, es aquella ignorancia que recae sobre cuestiones que uno tiene el deber de conocer.

domingo, 21 de septiembre de 2008

El numerito de Chávez, por Carlos Peña

"El jueves, en Caracas, y en un ambiente, es de suponer, calurosamente hostil, Human Rigths Watch (dirigido, dicho sea de paso, por un chileno) presentó su análisis de los diez años del Gobierno de Chávez. Chávez simpatiza a una parte de la izquierda (esa que arisca la nariz frente a la dinámica actual del capitalismo) y por eso este trabajo (realizado por una institución de irreprochable imparcialidad) merece ser tomado en cuenta por quienes la suerte de la izquierda latinoamericana podría afectarles (o sea por todos).

El rasgo más notorio de Chávez es su carácter mayoritario. Nadie podría reprocharle haber accedido al poder o mantenerse en él a espaldas de los venezolanos. Si bien el año 1992 pecó de golpista, se corrigió pronto: fue electo con el 56% de los votos, ganó un referéndum con casi el 92% y hasta hace poco su popularidad no bajaba del 65%. Casi todos sus actos se encuentran refrendados por votaciones, mitines y plebiscitos y cuando perdió uno de estos últimos aceptó la derrota sin chistar (o casi).

El carácter mayoritario de Chávez es indesmentible y su vocación por el voto irreprochable. Un puñado de sus adversarios no puede decir lo mismo: la derecha venezolana (la misma que casi siempre mostró un raro deleite por la corrupcion, el oropel y la bisutería) apoyó, el año 2002, un golpe bochornoso en su contra cuyo éxito duró apenas dos días.

El informe de Human Rigths Watch muestra, sin embargo, que Chávez, junto a ese casi supersticioso apego a la mayoría, muestra una tendencia, casi igualmente intensa, a pisotear lo que constituye uno de los cotos vedados de la democracia: los derechos de los individuos.

En Venezuela, que se sepa, no hay desapariciones masivas ni torturas, y los opositores no se encuentran recluidos, pero en cambio se multiplican, con imaginación efervescente, los obstáculos a la libertad de expresión, se amaga la independencia de los tribunales, se cultiva la discriminación por motivos políticos y la libertad sindical brilla por su ausencia.

Los escritores de Human Rigths Watch (luego de visitas in situ, entrevistas, revisión de la prensa y múltiples mecanismos de cotejo en los que se han hecho expertos) relatan que Chávez imaginó el delito de desacato (que castiga, como ocurría en Chile hasta hace poco, la crítica a las autoridades); se las arregló para contar con jueces obsecuentes (el Congreso puede destituirlos por mayoría simple y cada vez que alguno osa contrariar sus preferencias); utiliza los empleos estatales como botín (y su pérdida como castigo); y mediante diversos ardides logró que los sindicatos casi se confundieran con el gobierno (y éste, por supuesto, con el Estado).

Es decir, en Venezuela gobierna la mayoría; pero cada día que pasa se arruinan el conjunto de procedimientos, mecanismos y alternativas para que la minoría excluida del gobierno pueda abrigar la esperanza de hacer eso a que tiene derecho en todas las democracias del mundo: ganar competitivamente la voluntad de los mismos que por ahora apoyan a Chávez.

El modelo bolivariano -así le gusta a Chávez se lo denomine- es entonces un gobierno demócrata, pero iliberal. Uno de esos tantos gobiernos que se empeñan en carecer de límites con el clásico argumento de que si gobierna el pueblo las cortapisas son redundantes e innecesarias. ¿Por qué el pueblo habría de protegerse contra su propia voluntad?

Con ese argumento, Chávez ha anegado todas la ramas del gobierno hasta no dejar ninguna lejos suyo y parece empeñado en hacer lo mismo con la sociedad civil, los sindicatos, la prensa y otras entidades no gubernamentales. En ese empeño lo ayudan, por supuesto, una derecha que fue tradicionalmente parasitaria y el petróleo que es más persuasivo y elocuente que el más sofisticado de los argumentos.

La ruina de los derechos civiles y políticos que muestra el informe de Human Rigths Watch es creciente en Venezuela; pero haríamos mal si viéramos en él un fruto exclusivo de la voluntad de Chávez. Ese deterioro es resultado de uno de los rasgos más propios de la región (del que a veces ni siquiera nosotros nos escapamos): el deseo de tomar atajos y evitar el tedio de la mejora incremental. Las élites de derecha que depredaron el estado venezolano (cuando asumió Chávez cuatro de cinco venezolanos estaban bajo la línea de la pobreza) también tienen su parte en lo que está pasando allí.

Y es que, como enseñó Marx en el Dieciocho Brumario, la política actual siempre es resultado de condiciones heredadas

Pero explicar a Chávez no equivale, por supuesto, a exculparlo. El maltrato a las instituciones liberales que -como muestra el informe de Human Rigths Watch- él lleva cotidianamente a cabo es simplemente inaceptable.

Chávez muestra, con exceso, que uno de los defectos de la izquierda latinoamericana no es su desprecio por la mayoría (que la derecha en cambio ha cultivado con esmero) ni su exotismo (en esto la derecha también lleva la delantera) sino esa tendencia al mesianismo y a los atajos que acaba estropeando los bienes menos ambiciosos, pero más reales, de los derechos civiles y políticos del individuo."

viernes, 19 de septiembre de 2008

Vergonzosa actitud de Chávez: Expulsa a Director de Human Rights Watch, chileno José Miguel Vivanco


Todos quienes conozcan el trabajo serio y riguroso de Human Rights Watch y en particular de José Miguel Vivanco, apreciarán la verguenza para el gobierno venezolano que significa la dictatorial actitud de su presidente al ordenar y televisar la expulsión del destacado abogado.
En materia de dd.hh. este es un punto de no retorno, y uno esperaría que todos los chilenos defensores de los derechos de las personas condenarán, sin ambages esta decisión.


Hago mías las palabras de Pato Navia quien señala:
"Considerando el trabajo absolutamente comprometido con los derechos humanos de Human Rights Watch-cuestión que los chilenos debemos recordar con agradecimiento y solidaridad-resulta inaceptable no reaccionar a favor de Human Rights Watch después de la decisión de Chávez de expulsar a José Miguel Vivanco por haber hecho público el Informe sobre Derechos Humanos en Venezuela (http://www.hrw.org/reports/2008/venezuela0908/) en la ciudad de Caracas.

El respeto por los derechos humanos debiera preceder cualquier preocupación política de corto plazo o consideraciones de alianzas estratégicas y tácticas. Hay que defender los derechos humanos hasta que duela.
Estoy seguro que el gobierno de Chile y cada uno de los partidos de la Concertación reaccionarán con firmeza y claridad a esta injustificada decisión del gobierno venezolano. La presidenta Bachelet, víctima de violaciones a los derechos humanos, debe asumir un papel de liderazgo para trabajar a favor de que las preocupantes violaciones a los derechos humanos que ocurren en Venezuela y que han sido debidamente documentadas en el Informe de Human Rights Watch dejen de ocurrir.

Acá el
Informe de Human Rights Watch:



jueves, 18 de septiembre de 2008

Qué imagen es de una neurona y cuál del universo?



"La imagen de la izquierda corresponde a una neurona, una célula de ratón. Mide unas pocas micras. Fue realizada por Mark Miller, investigador universitario de Somerville, Massachusetts. A la izquierda de la imagen se ven tres neuronas (dos en rojo, una en amarillo) y sus interconexiones.

Mientras tanto, en el Max-Planck-Institute for Astrophysics, en Alemania...

...Un equipo internacional de astrofísicos utilizaba el año pasado una simulación informática para representar cómo podría ser el aspecto del Universo en crecimiento y expansión. En la imagen de la derecha se representa un gran cúmulo de galaxias (en el centro y en amarillo) rodeado de estrellas, galaxias y un montón de matería oscura (también conocido como “eso que no tenemos ni idea de qué es”)

Cuando se ponen una junto a otra sorprende ver como dos fenómenos naturales tan tremendamente diferentes siguen patrones parecidos.
Comentaba acertamente David Constantine en el The New York Times."

(Fuentes vía Visual Complexity.)

Fuente: Microsiervos.

"En serio, necesito saber si ella cree que hace 4 mil años había dinosaurios" dice Matt Damon a propósito de Mrs. Palin



Creo que tiene ciertas posibilidades incluso de llegar a ser Presidenta, y me da miedo (…) Querría preguntarle a Palin si realmente cree que había dinosauros hace 4.000 años rulando por el planeta Tierra. En serio. Es importante, quiero saberlo. Porque si ganan, ella va a tener acceso a los códigos de las armas nucleares. Quiero saber si realmente cree que había dinosaurios por aquí hace 4.000 años.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

"Zuñiga y Mardones", por Joaquín Edwards Bello

"22 de octubre de 1924

En Chile hemos dado en el mal gusto de llevar y traer una cuestión de apellidos, como significación de castas; y se ha dado en la tontería de simbolizar a cierta casta en los apellidos Zúñiga y Mardones.

Analizando un poquito se ve el absurdo de estas clasificaciones que tienen una marcada tendencia despectiva, oligárquica. En realidad los verdaderos apellidos nobles de Chile, con nobleza española castiza de la Conquista, son aquellos que conserva el pueblo o la clase media, especialmente en provincias. Los apellidos de la aristocracia, o apellidos vinosos, como dijo alguno, son enteramente ajenos a la guerra de conquista; es decir, no tienen esa nobleza de haber contribuido a la formación del país con su sangre. La aristocracia o plutocracia actual, que tan despectivamente juzga el apellido Zúñiga, llegó a Chile a usufructuar de lo que hicieron los Zúñiga, con su comercio de bayeta. En realidad la aristocracia actual llegó trescientos años después de los Zúñiga y gozó de la calma. Enérgica y activa esa aristocracia, en sus comienzos, tiene sin embargo el grave delito de haber desplazado sin consideración al pueblo y a la clase media, erigiéndose en casta directora, relegando a la otra casta a una servidumbre casi sin esperanzas de liberación. Los Zúñiga y Mardones tan apaleados por cierta clase son la enjundia y médula de Chile.

El pueblo chileno, aun la clase más pobre, que se ha dado en llamar rotos, tiene caracteres de aristocracia, precisamente porque asciende de dos aristocracias: la andaluza o extremeña y la india.

El pueblo chileno es generoso, jugador, altivo, algo vanidoso por eso; son hijos de esos jugadores principescos de continentes, que llamamos conquistadores, y de los indios libres, que eran señores de la tierra libre; son hijos de dos aristocracias verdaderas, ni la de heráldica ni la del saco de Pluto, sino la del esfuerzo, el valor. La aristocracia de los indios era primitiva y fiera, pero reposaba en el señorío absoluto de estas peñas, bosques, valles y desierto del mar de los Andes. El chileno, fuera del calvario pasajero de las encomiendas, no tiene pasado de servidumbre, como ocurre en los pueblos de Europa, exceptuando el vasco. No fue siervo de su origen; por eso tiene características de gran señor, en el trato, en la manera de encarar la vida y gastarse sus jornales.Chile no tuvo afortunadamente esa inmensa noche histórica que se llamó feudalismo y Edad Media, aunque haya muchos interesados en implantarla a la luz de este siglo.

Dice Palacios en el libro Raza chilena que los capitanes españoles no deseaban batirse mano a mano con los indios que los desafiaban a combate singular, porque los consideraban casi siempre como señores, y no como villanos, usando los términos del honor antiguo.

La señora Zúñiga de Ferro, en carta que dirigió ayer a mi primo Ismael Edwards Matte, tiene mucha razón. ¡Que dejen en paz de una vez ese apellido Zúñiga! Pero yo he de decirle una cosa: creo con firmeza que mi primo no lo ha hecho con ese espíritu de vanidad ignorante, porque él está muy lejos de ser un ignorante o un vanidoso. Mi primo tiene un concepto estricto de justicia y siente una fuerza avasalladora de combate contra el abuso, el fraude y el soborno. Esa fuerza de justicia es tan grande en él, que muchas veces descarría y rebalsa el objetivo. Pero su fondo es una gran modestia y un corazón que no conoce otra pasión que ésa. Imposible que resida en su corazón de caballero de la quimera el sentimiento de vanidad que a poca reflexión implicaría la cita del apellido Zúñiga. Esto del apellido Zúñiga y el de Mardones se ha hecho una mala costumbre entre cierta gente, y así no es raro que en la noche, cuando nuestro Presidente último abandonaba La Moneda, algunas personas, ebrias de elegante ignorancia, gritaban: "¡Que no vuelva más! ¡Abajo los Mardones y los Zúñiga!", cuando en realidad con ese grito hacían el mayor elogio al Presidente depuesto, que procuró pactar, hacer un puente entre la oligarquía y los Mardones y los Zúñiga, símbolo de la clase media y el pueblo. Ese grito inconsciente era revelador. Y el punzante problema queda siempre en pie.

Por lo demás, repetimos que en el pueblo chileno se conservaron los nobles apellidos de la Conquista, y así muchas veces en alguna planilla de trabajo popular nos sorprende encontrar: Mardones, Cepeda, Albornoz, Zúñiga, Carrillo, León, Ventura, Antequera, Manzaneda, Pereda y tantos otros que no son precisamente de la aristocracia de ahora...

Pero sí es posible encontrar un capitán que tenga esos nombres heroicos, en cambio sería imposible encontrar funcionarios o capitanes que se llamen con los nombres de la brillante plutocracia actual. En la batalla de Lepanto figuró ya el apellido Zúñiga en don Luis de Zúñiga, lugarteniente de don Juan de Austria y más tarde sucesor del duque de Alba en el gobierno de los Países Bajos, año 1573. ¡Y lo que reirá don Alonso de Ercilla y Zúñiga de estas controversias de criollos! En la estatua, el poeta-soldado madrileño aparece inspirado por una india, como un símbolo mismo de estos Zúñiga y Mardones que pugnan ahora por tener una parte muy justa bajo el sol chileno, porque de esos capitanes y soldados, mezclados con indias, salió el pueblo chileno. La señora Carmela Zúñiga de Ferro bien puede decir ¡adiós pariente! cuando mire al Ercilla y Zúñiga de bronce."

lunes, 15 de septiembre de 2008

Michiko sobre Foster Wallace: Exuberant Riffs on a Land Run Amok

No sé si el NYT acostumbra a hacerlo, pero ayer su más célebre crítica literaria, la terrible Michiko Kakutani, publicó un sentido homenaje a Foster Wallace.

AN APPRECIATION
By MICHIKO KAKUTANI

David Foster Wallace used his prodigious gifts as a writer — his manic, exuberant prose, his ferocious powers of observation, his ability to fuse avant-garde techniques with old-fashioned moral seriousness — to create a series of strobe-lit portraits of a millennial America overdosing on the drugs of entertainment and self-gratification, and to capture, in the words of the musician Robert Plant, the myriad “deep and meaningless” facets of contemporary life.

A prose magician, Mr. Wallace was capable of writing — in his fiction and nonfiction — about subjects from tennis to politics to lobsters, from the horrors of drug withdrawal to the small terrors of life aboard a luxury cruise ship, with humor and fervor and verve. At his best he could write funny, write sad, write sardonic and write serious. He could map the infinite and infinitesimal, the mythic and mundane. He could conjure up an absurd future — an America in which herds of feral hamsters roam the land — while conveying the inroads the absurd has already made in a country where old television shows are a national touchstone and asinine advertisements wallpaper our lives. He could make the reader see state-fair pigs that are so fat they resemble small Volkswagens; communicate the weirdness of growing up in Tornado Alley, in the mathematically flat Midwest; capture the mood of Senator John McCain’s old ”straight talk” campaign of 2000.

Mr. Wallace, who died Friday night at his home in Claremont, Calif., at 46, an apparent suicide, belonged to a generation of writers who grew up on the work of Thomas Pynchon, Don DeLillo and Robert Coover, a generation that came of age in the ’60s and ’70s and took discontinuity for granted. But while his own fiction often showcased his mastery of postmodern pyrotechnics — a cold but glittering arsenal of irony, self-consciousness and clever narrative high jinks — he was also capable of creating profoundly human flesh-and-blood characters with three-dimensional emotional lives. In a kind of aesthetic manifesto, he once wrote that irony and ridicule had become “agents of a great despair and stasis in U.S. culture” and mourned the loss of engagement with deep moral issues that animated the work of the great 19th-century novelists.

For that matter, much of Mr. Wallace’s work, from his gargantuan 1996 novel “Infinite Jest” to his excursions into journalism, felt like outtakes from a continuing debate inside his head about the state of the world and the role of the writer in it, and the chasm between idealism and cynicism, aspirations and reality. The reader could not help but feel that Mr. Wallace had inhaled the muchness of contemporary America — a place besieged by too much data, too many video images, too many high-decibel sales pitches and disingenuous political ads — and had so many contradictory thoughts about it that he could only expel them in fat, prolix narratives filled with Möbius strip-like digressions, copious footnotes and looping philosophical asides. If this led to self-indulgent books badly in need of editing — “Infinite Jest” clocked in at an unnecessarily long 1,079 pages — it also resulted in some wonderfully powerful writing.

He could riff ingeniously about jailhouse tattoos, videophonic stress and men’s movement meetings. A review of a memoir by the tennis player Tracy Austin became a meditation on art and athletics and the mastery of one’s craft. A review of a John Updike novel became an essay on how the “brave new individualism and sexual freedom” of the 1960s had devolved into “the joyless and anomic self-indulgence of the Me Generation.”

Although his books can be uproariously, laugh-out-loud funny, a dark threnody of sadness and despair also runs through Mr. Wallace’s work. He said in one interview that he set out with “Infinite Jest” “to do something sad,” and that novel not only paints a blackly comic portrait of an America run amok, but also features a tormented hero, who is reeling from his discovery of his father’s bloody suicide — his head found splattered inside a microwave oven. Other books too depict characters grappling with depression, free-floating anxiety and plain old unhappiness. One of the stories in “Oblivion” revolved around a cable TV startup called “the Suffering Channel,” which presented “still and moving images of the most intense available moments of human anguish.”

Like Mr. DeLillo and Salman Rushdie, and like Dave Eggers, Zadie Smith and other younger authors, Mr. Wallace transcended Philip Rahv’s famous division of writers into “palefaces” (like Henry James and T. S. Eliot, who specialized in heady, cultivated works rich in symbolism and allegory) and “redskins” (like Whitman and Dreiser, who embraced an earthier, more emotional naturalism). He also transcended Cyril Connolly’s division of writers into “mandarins” (like Proust, who favored ornate, even byzantine prose) and “vernacular” stylists (like Hemingway, who leaned toward more conversational tropes). An ardent magpie, Mr. Wallace tossed together the literary and the colloquial with hyperventilated glee, using an encyclopedia of styles and techniques to try to capture the cacophony of contemporary America. As a result his writing could be both brainy and visceral, fecund with ideas and rich with zeitgeisty buzz.

Over the years he threw off the heavy influence of Mr. Pynchon that was all too apparent in “The Broom of the System” (1987) — which, like “The Crying of Lot 49,” used Joycean word games and literary parody to recount the story of a woman’s quest for knowledge and identity — to find a more elastic voice of his own in “Infinite Jest.” That novel used three story lines — involving a tortured tennis prodigy, a former Demerol addict and Canadian terrorists who want to get their hands on a movie reputed to be so entertaining it causes anyone who sees it to die of pleasure — to depict a depressing, toxic and completely commercialized America. Although that novel suffered from a lack of discipline and a willful repudiation of closure, it showcased Mr. Wallace’s virtuosity and announced his arrival as one of his generation’s pre-eminent talents.

Two later collections of stories — “Brief Interviews With Hideous Men” (1999) and “Oblivion” (2004), which both featured whiny, narcissistic characters — suggested a falling off of ambition and a claustrophobic solipsism of the sort Mr. Wallace himself once decried. But his ventures into nonfiction, “A Supposedly Fun Thing I’ll Never Do Again” (1997) and “Consider the Lobster” (2005), grounded his proclivity for meandering, stream-of-consciousness musings in sharp magazine assignments and reportorial subjects, and they evinced the same sort of weird telling details and philosophical depth of field as his most powerful fiction. They reminded the reader of Mr. Wallace’s copious gifts as a writer and his keen sense of the metastasizing absurdities of life in America at a precarious hinge moment in time."

Muere David Foster Wallace (1962-2008), el mejor cronista del malestar de EE UU


Aún sorprendidísimo por la noticia sólo atino a publicar el obituario de El País, a cargo de Eduardo Lago, y dejar un link para quien quiera leer su último cuento publicado en el New Yorker, "Good people".

"David Foster Wallace, de 46 años de edad, el mejor cronista del malestar de la sociedad norteamericana en la época a caballo entre los siglos XX y XXI, apareció ahorcado en su domicilio de Claremont, California, el viernes, 12 de septiembre, por la noche. El cuerpo fue descubierto por la esposa del escritor, Karen Green, que inmediatamente se puso en contacto con la Policía Local. La noticia se hizo pública 24 horas después, y ha causado una fuerte conmoción en la comunidad literaria estadounidense, que se debate entre la consternación y la incredulidad.

Una de las notas más persistentes entre quienes escuchaban la noticia por primera vez fue el recuerdo de que hace unos años, el propio escritor pidió que lo internaran en una unidad de vigilancia hospitalaria pues no se sentía capaz de controlar su pulsión suicida. Foster Wallace era un personaje muy querido tanto por sus estudiantes y colegas de la Universidad de Pomona, donde impartía clases de escritura creativa, como por sus compañeros de oficio. Tal vez uno de los rasgos más llamativos de su personalidad fuera el contraste entre el afecto que inspiraba en cuantos trataban con él y su marcada propensión a sumergirse en estados de ánimo sumamente sombríos.

Nació en Ítaca, en el Estado de Nueva York, en 1962, hijo de profesores universitarios, su padre de filosofía y su madre de literatura. Sus primeros libros La escoba del sistema (1987) y La niña del pelo raro (1989), escritos cuando tenía veintitantos años, llamaron la atención por la fuerza incendiaria del lenguaje y la radicalidad de sus planteamientos literarios.

El interés se elevó a asombro con la aparición en 1996 de la monumental La broma infinita, edificio narrativo de más de mil páginas, que contaba con un complejo aparato de varios centenares de notas, muchas de considerable extensión. La novela adquirió el estatus contradictorio de ser considerada una obra de culto, pese a que gozó de una extraordinaria difusión. El consenso, sobre todo entre los escritores, es que se trataba de la novela más audaz e innovadora escrita en Estados Unidos en la década final del siglo XX.

A los críticos les resultaba difícil encasillar a un autor como David Foster Wallace, pues se salía de los límites de lo estrictamente literario. Su estética remitía a referentes tan dispares como la obra del cineasta David Lynch (Wallace escribió una crónica memorable sobre el rodaje de Lost Highway) o los comentarios de alguien tan improbable como el célebre icono de la televisión estadounidense David Letterman.

Punta de lanza de una generación literaria que incluye nombres como William T. Vollman, Richard Powers, A. M. Homes, Jonathan Franzen o Mark Layner, una generación convencida de que la circunstancia vital de nuestro tiempo no se puede explorar desde la estética periclitada del realismo, la obra de Foster Wallace supone una forma radicalmente nueva de entender la literatura.

Sus estructuras narrativas son consecuencia directa de la sensibilidad de nuestra era; reventando los códigos estéticos de las generaciones precedentes, su prosa tentacular mimetiza los sistemas del paradigma cultural en que vivimos: el vértigo de las comunicaciones, el exceso de información, la influencia de las grandes corporaciones financieras, los iconos de la cultura pop, la industria del entretenimiento, el cine, el deporte y la música, la amenaza omnipresente del terrorismo.

Publicada cuando el autor contaba 33 años de edad y ambientada en EE UU en torno al año 2025, La broma infinita propicia el entrecruzamiento de una portentosa diversidad de registros: de la trigonometría al tenis, pasando por las drogas, la estética grunge, la filosofía, y el cine. Por medio de un lenguaje en estado permanente de incandescencia, la novela lleva a cabo una sátira despiadada de nuestro tiempo, a la vez que un conmovedor escrutinio de la soledad del individuo.

Tuve ocasión de entrevistar a David Foster Wallace para EL PAÍS en dos ocasiones. Hablando de su magnum opus, el escritor se lamentó de que a casi todo el mundo se le hubieran escapado los aspectos más sombríos de la novela, que consideraba una obra cargada de matices trágicos: "Desde un punto de vista materialista", declaró entonces el autor, "los Estados Unidos son un buen lugar para vivir. La economía es muy potente, y el país nada en la abundancia. Y sin embargo, a pesar de todo eso, entre la gente de mi edad, incluso los que pertenecemos a una clase acomodada que no ha sido víctima de ningún tipo de discriminación, hay una sensación de malestar, una tristeza y una desconexión muy profundas. Sobre nosotros sigue pesando la sombra de episodios históricos recientes, como Vietnam o el Watergate y ahora, el desastre que se avecina con la matanza que está a punto de comenzar en Irak". Señalando otro de los aspectos fundamentales del libro, añadió: "Otro tema central de la novela es el fenómeno de la adicción como síntoma del malestar de la sociedad capitalista: desde las drogas hasta otras formas más genéricas de adicción".

Con posterioridad a La broma infinita, Wallace publicó colecciones de cuentos y ensayos, entre los que destacan Algo supuestamente divertido que no volveré a hacer (1997), Breves entrevistas con hombres repulsivos (1999), Historia abreviada del infinito (2003), Olvido (2004) y Hablemos de langostas (2005). David Foster Wallace ejerció una influencia considerable entre los jóvenes novelistas de su país, así como entre los europeos. Su obra ha sido traducida ejemplarmente en nuestro país por el novelista Javier Calvo.

Una de las intuiciones más llamativas de Wallace es su lúcida valoración del papel que le corresponde a la televisión que, tras superar un estado infantil, consideraba que estaba llamado a ser uno de los repositorios de las formas narrativas del futuro. "Nuestra relación con la realidad está violentamente mediatizada por el impacto de los medios visuales y la tecnología, sobre todo la televisión. Creo que la literatura seria mantiene una relación sumamente compleja y ambivalente con la industria del entretenimiento en general".

En este sentido, el novelista estadounidense tenía ciertas reservas acerca de la omnipotencia de Internet: "No nos engañemos: la Red no es más que una avalancha de información, un laissez faire salvaje, sin estándares éticos. Se acosa al consumidor con un aluvión de ofertas seductoras, sin ayudarle a discernir a la hora de elegir. La explosión punto.com es la destilación de la ética capitalista en estado químicamente puro".

Campeón del experimentalismo, siempre tuvo claro que no podía quedarse en un mero juego de artificio realizado en el vacío: "Lo esencial es la emoción. La escritura tiene que estar viva, y aunque no sé cómo explicarlo, se trata de algo muy sencillo: desde los griegos, la buena literatura te hace sentir un nudo en la boca del estómago. Lo demás no sirve para nada".

La inesperada desaparición del escritor en plena posesión de su talento ha causado una profunda desazón entre sus seguidores: éramos muchos los que estábamos convencidos de que lo mejor de David Foster Wallace estaba aún por llegar."

Eduardo Lago, director del Instituto Cervantes de Nueva York, ganó el Premio Nadal 2006 con su primera novela, Llámame Brooklyn. Su próximo libro, Ladrón de mapas (Destino) saldrá en octubre.


Por acá, un link a su club de fans.