jueves, 21 de abril de 2011

corrección fraterna

El otro día me dijeron que decía muchos garabatos. Me lo reprochó un cura culia’o. Hay curas santos. pocos. Hay curas sabios. muy pocos.Hay curas necesarios. Hay curas locos. Hay curas muy cínicos.Y hay curas culiao’s.

Unos de ellos dijo que yo decía muchos garabatos.
Un escándalo. Es un escándalo. Rafael de España versión Gregoriana de Roma. Redolés dixit : Hay viejos culiao’s que no creen en nuestro amor. Ni en nuestro fuego, no creen en nada más que en sus catecismos de letra chica y manga ancha. Diplomacia vaticana que le llaman los malentendidos de la real politik, esos mercanchifles de a peso que aún no salen del templo ni a latigazos.

Pero existe el fuego que a veces quema.
Y entonces no hay cura culia’o que se salve, porque nos salvan a todos, un nombre sin nombre con olor a brisa sin relámpago pero encendido un poder sin gloria una pasión sin titulares ni libreta de cheques, sólo la vieja historia de un viernes demasiado largo, algunas preguntas tontas, algún quedarse dormido o arrancar,
y como Bart escribir cien veces, somos todos curas culia’os.

Última Hora

ULTIMA HORA. DEL EVANGELIO SEGÚN CIENFUEGOS, EL ARCÁNGEL :

CRISTO ES GAY. CRISTO ES MAPUCHE. CRISTO ES PUTA. COMO CRISTO USA EL PELO LARGO NO LO DEJAN ENTRAR AL LICEO. CRISTO DICE NO SÉ. CRISTO ES PORTADA DE DIARIO SENSACIONALISTA. CRISTO ES GAY. CRISTO ES MAPUCHE. CRISTO LEE Y LEE, APENAS ESCRIBE, UNA VEZ SOBRE TIERRA. CRISTO MADRE SOLTERA ES EXPULSADA DE COLEGIO CATOLICO. CRISTO SE APARECE EN LA CARCEL BAJO LA FORMA DE NIÑOS PRESOS POR ROBAR. CRISTO ES LA NOVIA QUE DICE SI CUANDO QUIERE DECIR NO.

EL QUE TENGA OJOS QUE NO USE ANTEOJERAS.

sábado, 26 de febrero de 2011

Carlos Peña: Lo que revela el caso Karadima

El caso Karadima tiene muchos ribetes.
El que por ahora acaba de concluir -puesto que los abogados del cura preparan la apelación- es sólo una parte.

Se encuentra desde luego la increíble lenidad que la Iglesia chilena -y en especial el cardenal Errázuriz- mostraron en todo este asunto. Una institución como la Iglesia, que aspira a conducir la vida de las personas y que en ese afán modela o intenta modelar el alma de los niños y los jóvenes, tiene la obligación de ser más inquisitiva y alerta con la conducta de sus miembros.
Y Errázuriz no lo fue: su agilidad estuvo por debajo de la de un paquidermo.

A lo anterior se suma el papel de las autoridades políticas y de los jueces. Un estado aconfesional tiene el deber de permitir la práctica pública y privada de todos los credos; pero tiene el deber de cuidar que, a la hora del culto, no se transgredan los derechos de las personas. Desgraciadamente, las autoridades públicas en Chile -confundiendo sus propias convicciones con aquellas que sirven el cargo que ejercen- suelen comportarse ante la Iglesia más como fieles crédulos que como autoridades alertas.

¿Cómo explicar de otra forma que lo que parece obvio al lento Vaticano -abusos de menores, nada menos- merezca hasta ahora una investigación apenas tímida y breve de la justicia chilena?
Una institución como la Iglesia, que aspira a guiar las vidas humanas desde la cuna hasta la tumba, que cuenta con escuelas y universidades y goza de subsidios con cargo a rentas generales, debe estar expuesta, tanto por parte de sus propias autoridades como por parte del Estado, a mayores niveles de escrutinio.
Pero no es sólo la actitud de la Iglesia y del Estado en su conjunto lo que, a propósito de este caso, debe analizarse.

Todavía está la Unión Sacerdotal, una de las asociaciones más sorprendentes de la Iglesia chilena.
Esa organización administra un importante patrimonio inmobiliario y cuenta con una importante red social. Hasta hace poco -e incluso después que estalló todo este escándalo- fue dirigida por el obispo Andrés Arteaga, una de las vocaciones más fieles que Karadima logró despertar (y uno de los cinco obispos que, de manera misteriosa, aportaron a la Iglesia). Por supuesto el mero hecho de pertenecer a la Unión Sacerdotal, o incluso dirigirla, no debe estimarse reprochable; pero no cabe duda de que todo esto requiere una explicación. No es razonable que lo que para el Vaticano merece un castigo, para el obispo Arteaga, y los demás miembros de la Unión Sacerdotal, sea apenas motivo de silencio. No se trata de que Arteaga y los otros miembros opinen de Karadima -ya lo hizo el Vaticano-, pero, sin duda, podrán hacerlo acerca de su propio papel en el caso.

En fin, se encuentra la dimensión, por decirlo así, espiritual. Karadima -al igual que los Legionarios de Cristo que fundó el embaucador de Marcial Maciel- cultivó un tipo de religiosidad intimista y ritual, alejado de la Iglesia socialmente comprometida. Es el tipo de espiritualidad que suele atraer a los grupos sociales satisfechos con el consumo que anhelan una práctica religiosa exenta de las locuras de la cruz. En los años ochenta -cuando la Iglesia solía preguntar ¿dónde está tu hermano?-, Karadima enseñaba que la fe podía prescindir perfectamente de esas preguntas si los sacramentos -especialmente la confesión- se realizaban con puntualidad y con escrúpulo.
Por supuesto, sería ridículo siquiera sugerir que hay una vinculación necesaria entre este tipo de religiosidad y casos como los de Karadima o Maciel; pero no cabe duda de que personalidades como las de ellos florecen con mayor facilidad allí donde la práctica religiosa pierde sentido público y social y donde la fe se reduce a repetir dos o tres veces un puñado de creencias y a mantener una relación íntima entre el creyente y Dios mediada por el sacerdote.
No es posible saber qué efecto tendrá en la Iglesia el que Karadima -formalmente un delincuente- haya educado a cincuenta sacerdotes y a cinco obispos. No faltará, por supuesto, quien diga que esto prueba que Dios, después de todo, escribe con letras torcidas.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Cee Lo & Gwyneth Paltrow: Forget you

La increíble versión de los Grammy 2011 y la notabilísima versión de Glee



viernes, 4 de febrero de 2011

Churchill no dijo eso, por Christopher Hitchens

El Sol de México, 30 de enero de 2011

"The King's Speech" es una película extremadamente bien hecha, con una trama seductora de interés humano, muy bonitamente calculada para atraer a los más inteligentes de los aficionados al cine y a los anglófilos latentes. Pero lleva a cabo una grave falsificación de la historia. Uno de los pocos actores que están mal elegidos para su papel -Timothy Spall como una deplorable imitación de Winston Churchill- es el ejemplo de esta rara reconstrucción de la historia. Se le presenta como un amigo firme del tartamudo príncipe y leal princesa, y como un hombre generalmente partidario de una solución de estadista a la crisis planteada por la abdicación del hermano mayor del príncipe, el rey Eduardo VIII.

De hecho, Churchill fue -durante tanto tiempo como se atrevió a serlo- un amigo constante del presuntuoso y consentido simpatizador de Hitler, Eduardo VIII. Y permitió que su romántico afecto por esta gárgola causara un gran daño a la coalición de fuerzas -lograda con gran costo- que estaba integrándose como oposición al nazismo y a la política de apaciguamiento. Churchill probablemente no tiene un cronista más hagiográfico que el escritor y biógrafo estadunidense William Manchester, pero si usted examina las páginas relevantes de su obra "The Last Lion", encontrará que el historiador prácticamente renunció a su héroe durante un capítulo completo.

Tragándose sus diferencias con algunos altos políticos izquierdistas y liberales, Churchill había ayudado a construir un grupo de cabildeo con fuerte apoyo popular contra la colusión de Neville Chamberlain con el fascismo europeo. El grupo tenía el nombre resonante de Arms and the Covenant. Sin embargo, a medida que la crisis se agudizaba, Churchill se distrajo de su trabajo esencial - para horror de sus colegas- con el fin de involucrarse en mantener al "playboy" pronazi en el trono. Se desprendió de puñados de su capital político al presentarse en la Cámara de los Comunes -casi seguramente muy intoxicado, según Manchester- para pronunciar un discurso incoherente en defensa de la "lealtad" a un hombre que no tenía la menor idea de ese concepto. En una misiva a Eduardo VIII escrita ese mismo año -no citada por Manchester- explica torpemente sus esperanzas de que el rey "brille en la historia como el más valeroso y más amado de todos los soberanos que han ostentado la Corona de la isla". (Puede ver aquí lo vacío y exagerado que puede sonar el estilo de Churchill cuando está defendiendo una causa equivocada; no olvide nunca que una vez él mismo se describió como la voz solitaria que advirtió al pueblo británico de la ¡amenaza doble de Hitler y Gandhi!)

En última instancia, Eduardo VIII demostró ser tan estúpido y egoísta y vanidoso que era imposible rescatarlo, así que el momento pasó. O lo peor del momento pasó. Siguió siendo lo que se sugiere ligeramente en el filme: un firme admirador del Tercer Reich, que incluso pasó allí su luna de miel con Wallis Simpson, la mujer por la que renunció al trono, y fue fotografiado tanto recibiendo como haciendo el saludo hitleriano. De sus pocos amigos y compañeros, la mayoría eran activistas de las camisas negras como el odioso "Fruity" Metcalfe. (El biógrafo real Philip Ziegler hizo lo posible por limpiar esta escuálida historia hace unos años, pero eventualmente se dio por vencido.) Durante sus visitas al continente europeo después de su abdicación, Eduardo, en ese entonces duque de Windsor, nunca dejó de mantener contactos altamente irresponsables con Hitler y sus títeres, y parecía estar proclamando su disposición a convertirse en títere o "regente" si la marea se desplazaba hacia el otro sentido. Es por ello que Churchill eventualmente lo removió de Europa y le dio la sinecura de una gubernatura colonial en las Bahamas, donde pudiera estar bien supervisado.

Dejando de lado otras consideraciones, ¿no hubiera sido fraccionalmente más interesante para el público la historia verdadera? Pero al parecer nunca llegaremos al momento en que el culto a Churchill esté abierto para una inspección honesta. Y así, el filme sigue adelante, con cada vez más vaselina aplicada a la lente. Se sugiere que, una vez que han sido superados algunos baches en el camino y algunos impedimentos en la psiquis del joven monarca, la Gran Bretaña es ella una vez más, con Churchill y el rey en el Palacio de Buckingham, y se está preparando un discurso de unidad y resistencia.

Aquí, una vez más, el retoque y la vaselina son socios. Cuando Neville Chamberlain logró superar la oposición del Partido Laborista, del Partido Liberal y de los conservadores churchilianos para entregar a su amigo Hitler la mayor parte del pueblo checoslovaco, junto con las vastas fábricas de municiones de ese país, recibió un favor político inédito. Al aterrizar en el aeropuerto Heston a su regreso de Munich, fue recibido por una escolta real en uniforme de gala e invitado a dirigirse inmediatamente al Palacio de Buckingham. Un mensaje escrito del rey Jorge VI lo urgía a presentarse "para que yo pueda expresarle a usted personalmente mis felicitaciones más cordiales ... Esta carta lleva consigo la más cálida de la bienvenidas para alguien que, mediante su paciencia y decisión, ha conquistado la gratitud duradera de sus compatriotas en todo el Imperio".

Chamberlain fue, posteriormente, exhibido en el balcón del palacio y saludado por la realeza ante una muchedumbre jubilosa. Así pues, el doblegamiento de Munich había recibido la conformidad real antes de que el primer ministro acudiera al Parlamento y justificara lo que había hecho. Las fuerzas de la oposición recibieron jaque mate antes de que el juego hubiera empezado. La Gran Bretaña no tiene una constitución escrita, pero por costumbre ancestral, la aprobación real es otorgada a las medidas después de que hayan sido aceptadas por ambas cámaras del Parlamento. En consecuencia, el historiador conservador Andrew Roberts, en su ensayo definitivamente condenatorio escrito en 1994, "The House of Windsor and the Poltics of Appeasament", estuvo totalmente acertado al citar al académico John Grigg en apoyo de su opinión de que, al actuar como lo hicieron, dando su aprobación adelantada a Chamberlain, el rey Jorge VI y la reina Isabel (Colin Firth y Helena Bonham Carter para usted) "cometieron el acto más anticonstitucional de un soberano británico en el siglo actual".

La correspondencia privada y diarios de la familia real demuestran un apoyo continuo y consistente con la política de apaciguamiento y a la personalidad de Chamberlain. La severa madre del rey Jorge le escribió, exasperada porque no hubiera habido más gente en la Cámara de los Comunes que aclamara esa acción. El propio rey, incluso después de que los ejércitos nazis habían golpeado profundamente en Escandinavia y cruzado los Países Bajos hacia Francia, no deseaba aceptar la renuncia de Chamberlain. Comentó "lo gravemente injusto ... de la forma en que ha sido tratado, y lo lamento terriblemente". Al discutir acerca de un sucesor, el rey escribió que "yo, por supuesto, sugerí a (Lord) Halifax". Se le explicó que este campeón del apaciguamiento no podía ser candidato, y de cualquier manera una coalición de tiempos de guerra difícilmente podía ser encabezada por un miembro no elegido de la Cámara de los Lores. Inmutable, escribió en su diario que no podía hacerse a la idea de Churchill como primer ministro y que había acogido al derrotado Halifax para decirle que él hubiera deseado que fuera el elegido. Todo esto puede ser conocido fácilmente por quien desee hacer una investigación elemental.

En unos cuantos meses, la familia real británica volverá a ser relanzada con la magnificencia de la boda del príncipe William con Kate Middleton. Términos como "unidad nacional" y "monarquía del pueblo" abundarán. Casi la totalidad del capital moral de esta más bien extraña monarquía alemana está investida en el mito elaborado a posteriori de su participación en "la mejor hora de la Gran Bretaña". De hecho, de haber sido por ellos, esa hora nunca hubiera transcurrido. De forma que esto no es un detalle sino una profanación mayor del recuento histórico -que ahora al parecer se desliza sin oposición hacia un bautismo por Oscar.

(Christopher Hitchens es columnista de Vanity Fair y de Slate

Magazine, donde esta columna apareció originalmente. Es becario de Medios Roger S. Mertz en la Institución Hoover en Stanford, California. Para más artículos como éste, le rogamos visitar www.slate.com.)

(Traducción de Andrés Shelley)

The New York Times Syndicate

En SNL: Assange versus Zucherberg

Columna de Rafel Gumucio: EL IMAGINARIO DEL TÍO VALENTÍN

!“Imaginarios culturales para la izquierda” se llamó la separata que publicó este medio en su número pasado. Lo primero que podría decirse de esta separata es que se separa claramente del resto de la revista. Mientras ésta intenta el humor, la insolencia, la desvergüenza, el escándalo, el placer, la separata no arranca ni una risa, ni un escalofrío, ni una polémica siquiera. Muchas letras, pocos colores, pocas, poquísimas imágenes. Es una cuestión de forma quizás, aunque la forma es también aquí el fondo. En la diagramación, pero también en mucho de los textos, hay un desprecio evidente por la entretención y por la visualidad. El neoliberalismo vende sus productos, el imaginario cultural de izquierda no.

¿Por qué publicar entonces la separata en el más neoliberal de los pasquines, uno que vive de sus ventas? Si el neoliberalismo sólo produce bazofia, ¿cómo se explica la existencia del medio que soporta la separata? No hay respuesta, porque no hay preguntas. La separata es una versión light de la Revista de Crítica Cultural de Nelly Richard, y una versión FOME del Clinic.

La separata piensa en un lector que no espera ni risa, ni escalofrío, sino razones, muchas razones de las que generalmente el lector está convencido previamente. La estética de empleado fiscal, el tono de recetario magistral, no es un azar sino una búsqueda consciente, la búsqueda por no impresionar, por simplemente dejar dicho de una vez por todas lo ya dicho mil veces.

Las secciones culturales de los diarios de derecha, el Teatro a Mil o el Fondart habitan el mismo imaginario cultural, el del Museo de la Memoria, las cátedras universitarias chilenas o extranjeras, las revistas que nadie lee, los manifiestos que nada manifiestan, las exposiciones donde siempre asiste la misma troupe.

Hay entre los firmantes premios nacionales, presidentes de sociedades de escritores sin escritores, académicos eméritos…; el poder mismo en su versión más poderosa que se rebela contra el otro poder, el político, el mediático, el sexual, sin revisar siquiera por un instante sus propias estrategias de exclusión, silenciamiento, la esterilidad que los ha instalado, más felices de lo que piensan, en su gueto feliz, esa Ñuñoa ideal que ya no existe porque la verdadera vota por Sabat, la cara más desembozada de una derecha arribista y desprejuiciada, populista y nada aristocratizante, vacía de cualquier imaginario cultural de izquierda o derecha pero que basa quizás su éxito en el fracaso de esa izquierda que nos presenta un imaginario sin imágenes y sin imaginación. Fome por voluntad propia, aburrido porque lo entretenido, lo luminoso, lo vivo es territorio enemigo.

La separata se separa de la realidad del pasquín en que se aloja, pero también de la gente que lee ese pasquín justamente por su humor y su descaro. Un pasquín que tiene —como observó Raúl Ruiz— un tono de “cuico flaite” pero también el de “flaite cuico”.

Un pasquín que atraviesa las fronteras que rigen el territorio que la separata quiere y no quiere explorar de miedo a perderse. La izquierda en búsqueda de imaginario le da la espalda justamente al imaginario del pueblo que desierta generalmente de lo solemne, de lo académico, que generalmente ve televisión, le gusta el fútbol, se tatúa el nombre de sus sobrinos en el brazo, se ríe fuerte, fuma marihuana y puede idolatrar a Allende y votar por la alcaldesa rubia de la UDI que soluciona “los reales problemas de la gente”.

Un pueblo que no puede dejar de sentir el tufillo de desprecio con que se habla aquí de sus gustos, sus supermercados, sus ropas, su lenguaje, todo colonizado, neoliberalizado, banalizado hasta más arriba del paracaídas según nos explican toda suerte de profesores de sociología. Un pueblo que en la separata ha perdido no sólo su alma en las garras del mercado, sino su cuerpo masacrado por los
esbirros de la dictadura, desestructurado por los magos de la Concertación, asfixiado de deudas, ignorancia e injusticia.

Todo, sueños, proyectos, compañero presidente, todo muerto y mil veces muerto, todo muerto por los cuatro costados. La separata está llena de eso: de informes forenses, de cadáveres, de lamentos, de muertos y más muertos. Un cementerio del que cada definición es una lápida (donde tristemente yacen muchas veces los nombres de gente talentosa). Eso es lo que produce la separata, la melancolía del campo santo en el que tantas buenas voluntades, tantos intentos, tantos recuerdos valiosos le son entregados a los gusanos del olvido.

Como en un cementerio, en la separata cada cual tiene su espacio, una piedra rectangular en que inscribir sus mejores deseos. Como en los cementerios, no hay muertos malos. El compañero Allende, la UNCTAD antes que se llamara Diego Portales y luego Gabriela Mistral, los torturados, los fusilados, los desaparecidos. La separata recuerda, y es noble que así sea, los acallados del 73 (38 años atrás). Pero si no fuese por Carolina Tohá (la menos izquierdista del grupo) habrían pasado completamente desapercibidos los muertos en la cárcel de San Miguel (dos meses atrás). Los muertos de izquierdas son así los únicos inolvidables, los que no tienen otro partido que la miseria y el delito no merecen ni la mitad de la atención.

Escalofriarse porque en el Estadio Nacional se sigue jugando fútbol, celebrar una y otra vez la memoria de los muertos de los que casi nadie niega la importancia, indignarse con Pinochet, son hoy gestos tan cobardes como eran valientes en los ochenta o comienzos de los noventa.

La catadura moral de un izquierdista de hoy se puede medir por las veces que recurre al tic nervioso de la villa Grimaldi, el Estadio Nacional o las manos de Víctor Jara cada vez que no sabe qué decir. La pobreza moral de la izquierda está ampliamente retratada en su intento vano por hacer resaltar cada vez que puede la superioridad moral de haber sido víctimas de sus ideas hace casi 40 años. No hay finalmente nada más mediocre que escribir, pintar, o montar obras de teatro sobre la dictadura, un mundo en que los buenos y los malos son evidentes, donde la moraleja es por todos conocida, donde todo en su horror era de alguna forma excitante, donde la banalidad y la duda no eran posibles.

El presidente y su ministro del Interior no tendrían ni un problema en adherir al sentido recuerdo de los caídos. Los derechos humanos que deberían doler no son los de los míos o de los que piensan como yo, sino de los otros, de los que no leen separatas porque no necesitan que les entreguen en orden alfabético lo que tienen que pensar sobre tal o cual tema de actualidad cultural. Porque este es también uno de los temas que más le interesa a los separados de la separata, los sistemas de becas, el aporte estatal a lo cultural. El tema gremial en todas sus facetas, la cultural, la homosexual, la feminista.

Una sociedad neoliberal tiene que tener por fuerza una izquierda neoliberal. Por más paradójico que sea, ésta no es la que se vende en el mercado —la de este pasquín— sino la que reproduce en su seno el instinto más profundo y hondo del neoliberalismo, la reivindicación de sí misma, desde sí misma y hacía sí misma. Admitir que el mercado existe no es venderse, sino abrir los ojos, poner tus ideas a la altura del mundo en que se vive, ser marxista y comprender que la praxis cambia las ideas, marginarse en el reclamo de lo propio, esconderse en las universidades, refugiarse en las minorías, es volverse inofensivos, que es justamente lo que el neoliberal quiere.

Los gays preocupados de sus derechos homosexuales, los artistas de sus derechos de autor, las feministas de su feminidad, los estudiantes de su estudiantabilidad, los mapuches de su mapuchidad. Se trata entonces de una pluralidad que se basa justamente en dejar en claro la identidad de cada uno, su porción de derechos, su reivindicación.

Un gremialismo de izquierda que no tendría nada de malo si las identidades fuesen todo lo claro que la separata quiere creer, cuando justamente lo que caracteriza el Chile de hoy es la complejidad misma de esas identidades. Como el candidato de la izquierda extraconcertacionista que fue ministro de la Concertación y el del 20% que es hijo de un guerrillero casado con una estrella de
televisión, el de la derecha votó por el NO y odia y es odiado por la derecha tradicional.

El intento de que esas contradicciones, que son las de las vidas de casi todos los firmantes de este manifiesto, no alcancen sus convicciones explica la esterilidad de la separata.

La separata se separa del resto del Clinic, dije al comienzo de este artículo. Aunque no del todo. Justo después de ella el Tío Valentín Trujillo resume en una entrevista todo el imaginario de la izquierda que nos propone la separata. Su nostalgia por la UP, su apego a Cuba, su lucha por el 20% de música chilena en las radios, su defensa de Don Francisco, que es su jefe, su crítica a la farándula y el reggaeton, que están deformando las cabezas de la juventud. ¿Valentín Trujillo, el nuevo líder que la izquierda imaginaria espera?

Piensa como los de la separata, aunque lo separa de ellos su falta de pedigrí académico o reivindicativo. Habla en fácil, resume en un par de frases lo que la separata disgrega en muchas consideraciones seudosesudas. Es un pianista de televisión que al menos no pretende aleccionar a nadie. Es, con su pasado, con su presente, el ejemplo más vivo de todas esas contradicciones —upeliento músico de Don Francisco, el gran símbolo del neoliberalismo chileno, ateo en el Canal 13, el amigo de Pin Pon que pasó a ser el de Profesor Rosa—, esas contradicciones sobre las que un imaginario de izquierda debería empezar a preguntarse.

Pero está visto que las preguntas no son el fuerte de los imaginarios de izquierdas. Ante el peligro que alguien llegue a formulárselas, vemos cómo separan en su separata todas las respuestas posibles."

martes, 18 de enero de 2011

Hitchens y Maher, qué más?

Hitch

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Julie Delpy - A Waltz For A Night



Julie Delpy - A Waltz For A Night

Let me sing you a waltz
Out of nowhere, out of my thoughts
Let me sing you a waltz
About this one night stand

You were for me that night
Everything I always dreamt of in life
But now you're gone
You are far gone
All the way to your island of rain
It was for you just a one night thing
But you were much more to me
Just so you know

I hear rumors about you
About all the bad things you do
But when we were together alone
You didn't seem like a player at all

I don't care what they say
I know what you meant for me that day
I just wanted another try
I just wanted another night
Even if it doesn't seem quite right
You meant for me much more
Than anyone I've met before

One single night with you little Jesse
Is worth a thousand with anybody

I have no bitterness, my sweet
I'll never forget this one night thing
Even tomorrow, another arms

My heart will stay yours until I die
Let me sing you a waltz
Out of nowhere, out of my blues
Let me sing you a waltz
About this lovely one night stand

lunes, 10 de enero de 2011