miércoles, 23 de julio de 2014

Carta de Proudhon a Marx, 17 de mayo de 1846

En medio de los debates por la reforma educativa  -cargados de argumentos ad hominem y descalificaciones por conflictos de interés que de aceptarse dejarían como únicos interlocutores públicos a legos y taxistas- vuelvo una y otra vez a esta carta de Proudhon a Marx, tanto por algunas de sus frases como por el profético tono antidogmático que el filósofo francés logra imprimir a sus líneas. Creo que hace falta más Proudhon y menos Marx. Lihn dijo algo que lo leo en la misma ruta: "no estaría de más bajar un poco el tono / sin adoptar por ello un silencio monolítico / ni decidirse por la murmuración. / Es un pez o algo así lo que esperamos pescar, / algo de vida, rápido, que se confunde con la sombra /
y no la sombra misma ni el Leviatán entero."

"Lyon, 17 de mayo de 1846.

Al señor Marx

Mi querido Sr. Marx: consiento con gusto en convertirme en uno de los radios de su correspondencia, cuyo fin y organización me parece que deben ser muy útiles. No obstante, no le prometo escribirle mucho ni con frecuencia; ocupaciones de toda índole, junto a una pereza natural, no me permiten esos esfuerzos epistolares. Me tomaré también la libertad de mantener ciertas reservas que me han sido sugeridas por diversos pasajes de su carta.

Por de pronto, aunque mis ideas, en lo que se refiere a la organización y a la realización, se hallen en este momento detenidas del todo, al menos en lo que se relaciona con los principios, creo que es mi deber, que es el deber de todo socialista, conservar por algún tiempo aún la forma antigua o dubitativa; en una palabra, ante el público hago profesión de un antidogmatismo económico casi absoluto.

Busquemos juntos, si usted quiere, las leyes de la sociedad, el modo como esas leyes se realizan, el progreso según el cual llegamos a descubrirlas; pero, ¡por Dios!, después de haber demolido todos los dogmatismos a priori, no soñemos, a nuestra vez, con adoctrinar al pueblo; no caigamos en la contradicción de su compatriota Martín Lutero, quien, después de haber derribado la teología católica, se puso en seguida, con el refuerzo de excomuniones y anatemas, a fundar una teología protestante. Desde hace tres siglos, Alemania sólo se ocupa en destruir el revoco hecho por Martín Lutero; no demos al género humano un nuevo trabajo con nuevos amasijos. Aplaudo con todo mi corazón su pensamiento de someter un día a examen todas las opiniones; sostengamos una buena y leal polémica; demos al mundo el ejemplo de una tolerancia sabia y previsora; pero, porque estamos a la cabeza del movimiento, no nos convirtamos en los jefes de una nueva intolerancia, no nos situemos en apóstoles de una nueva religión, aunque esta religión fuese la religión de la lógica, la religión de la razón.
Acojamos, animemos todas las protestas; pronunciémonos contra todas las exclusiones, contra todos los misticismos; no consideremos jamás agotada una cuestión, y cuando hayamos llegado al último argumento, recomencemos, si es preciso, con la elocuencia y la ironía. Con esa condición, entraré con placer en vuestra asociación; si no, ¡no!

Tengo también que hacerle algunas observaciones acerca de estas palabras de su carta: "En el momento de la acción". Tal vez conserve usted aún la opinión de que no es posible reforma alguna sin un golpe de mano, sin eso que antes se llamaba una revolución, y que no es más que un estremecimiento. Esa opinión, que concibo, que excuso, que discutiría de buena gana, ya que la he compartido durante mucho tiempo, le confieso que mis últimos estudios la han disipado completamente. Creo que no tenemos necesidad de eso para triunfar, y que, en consecuencia, no debemos considerar la acción revolucionaria como medio de la reforma social, porque ese pretendido medio sería simplemente un llamamiento a la fuerza, a lo arbitrario; en una palabra, una contradicción. Yo me planteo así el problema: "hacer entrar en la sociedad, por una combinación económica, las riquezas que han salido de la sociedad por otra combinación económica". Dicho en otras palabras, convertir en Economía Política la teoría de la Propiedad, contra la Propiedad, de modo que engendre lo que ustedes, los socialistas alemanes, llaman comunidad, y que yo me limitaré, por ahora, a llamar libertad, igualdad. Ahora bien: creo saber el medio de resolver en corto plazo ese problema: prefiero, pues, consumir la propiedad a fuego lento a darle nueva fuerza haciendo una San Bartolomé de los propietarios.

Mi próxima obra, que en este momento está a medio imprimir, le dirá más acerca de esto.
He aquí, mi querido filósofo, lo que creo del momento; salvo que me engañe, y, si hay lugar a ello, reciba de usted un palmetazo, a lo que me someto de buena gana: esperando mi desquite. Debo decirle de pasada, que tales me parecen también los pensamientos de la clase obrera de Francia; nuestros proletarios tienen tanta sed de ciencia, que sería mal acogido por ellos quien no tuviera más que sangre para darles a beber. En una palabra: a mi juicio, haríamos mala política hablando en exterminadores; demasiado vendrán por sí mismas las medidas de rigor; el pueblo no tiene necesidad, para eso, de exhortación alguna.

Siento vivamente las pequeñas divisiones que, según parece, existen ya en el socialismo alemán, y de las que sus querellas contra el Sr. G... me ofrecen la prueba. Temo mucho que haya visto usted a ese escritor de modo equivocado; apelo, mi querido Marx, a su sereno juicio. G... se halla desterrado, sin fortuna, con mujer y dos niños, contando para vivir únicamente con su pluma. ¿Qué quiere usted que explote para vivir, si no son las ideas modernas? Comprendo el furor filosófico de usted, y convengo en que la santa palabra de la humanidad no debería ser jamás materia de tráfico; pero no quiero ver aquí más que la desgracia, la extrema necesidad, y excuso al hombre. ¡Ah!, si todos nosotros fuésemos millonarios, las cosas sucederían de un modo mejor. Seríamos santos y ángeles. Pero hay que vivir; y usted sabe que esta palabra no expresa aún, ni mucho menos, la idea que da la teoría pura de la asociación. Hay que vivir; es decir, comprar pan, leña, carne, pagar al casero; y, a fe mía, el que vende ideas sociales no es más indigno que el que vende un sermón. Ignoro en absoluto si G... ha dicho él mismo que era mi preceptor. ¿Preceptor de qué? No me ocupo más que de economía política, cosa de la que él apenas sabe nada; miro la literatura como juego de niños, y en cuanto a la filosofía, sé lo bastante para tener derecho a reírme de eso.
G... no ha descorrido en absoluto ningún velo para mí; si él ha dicho lo contrario, ha dicho una impertinencia, de lo que, estoy seguro, se arrepiente.
Lo que sé, y lo estimo más que censuro un pequeño exceso de vanidad, es que debo al Sr. G..., así como a su amigo Ewerbeck, el conocimiento que tengo de los escritos de usted, mi querido Marx, de los de su amigo Engels y de la obra tan importante de Feuerbach.

Esos señores, a ruego mío, hicieron algunos análisis en francés, para mí (pues tengo la desgracia de no leer el alemán), de las publicaciones socialistas más importantes; y es a solicitud suya como menciono (cosa que, por otra parte, hubiera hecho yo por mí mismo) en mi próxima obra las de Marx, Engels, Feuerbach, etc. En fin, G... y Ewerbeck trabajan en conservar el fuego sagrado entre los alemanes que residen en París, y la deferencia que tienen a esos señores los obreros que los consultan me parece una segura garantía de la rectitud de sus intenciones.

Veré con placer, mi querido Marx, cómo rectifica usted un juicio fruto de un instante de irritación, pues usted se hallaba colérico cuando me escribió. G... me ha testimoniado el deseo de traducir mi libro actual; he comprendido que esta traducción le procuraría algún recurso; le agradeceré, pues, mucho, así como a sus amigos, no por mí, sino por él, que le presten ayuda en esta ocasión, contribuyendo a la venta de una obra que podría, sin duda, con la colaboración de ustedes, producirle más beneficio que a mí.
Si usted me da la seguridad de su concurso, querido Marx, enviaré inmediatamente las pruebas de la obra al Sr. G..., y creo, no obstante sus diferencias personales, de las que no quiero constituirme en juez, que esta conducta nos honraría a todos.

Saludos amistosos a sus amigos Engels y Gigot.
Su devoto.

 Pierre Joseph Proudhon"

miércoles, 23 de octubre de 2013

Atajos

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miércoles, 29 de mayo de 2013

Seminario “Reforma de la Ley Penal Juvenil”


Francisco Estrada Vásquez,
Director de la Carrera de Derecho, Sede Santiago,
de la Universidad Autónoma de Chile,
tiene el agrado de invitar a Ud. al Seminario
“Reforma de la Ley Penal Juvenil”·
a realizarse el próximo lunes 10 de junio
de 15:00 a 18:00 hrs. en el Auditorium del Campus El Llano,
en Ricardo Morales 3369, cerca del Metro San Miguel.

Al cumplirse 6 años de la entrada en vigencia de la
Ley de Responsabilidad Penal Adolescente,
la Carrera de Derecho de la Universidad Autónoma de Chile
ha organizado el Seminario “Reforma a la ley penal Juvenil”
de modo de contribuir a la reflexión sobre las mejoras posibles de
introducir al sistema de justicia juvenil en Chile.

Los expositores serán destacados académicos de nuestra casa de estudios
que han sido protagonistas del sistema en estos años
a través de su trabajo en instituciones públicas y que han investigado
y publicado al respecto, junto con distinguidos invitados de
instituciones que participan en el trabajo con jóvenes infractores.


Se ruega confirmar asistencia con carolina.ortiz@uautonoma.cl

sábado, 6 de abril de 2013

zona de promesas

perdi una batalla, 2010 dixit

viernes, 7 de diciembre de 2012

Patricia Espinosa: Carnaval chileno en Guadalajara


En Chile, leer es una práctica en peligro de extinción. En los últimos seis meses, cuarenta y uno por ciento de los chilenos no ha leído un solo libro. La responsabilidad de tal catástrofe recae fundamentalmente en el Estado, que desde el retorno a la democracia, en 1990, no ha sido capaz de generar políticas eficaces de fomento a la lectura, reproduciendo una y otra vez gestos vacíos, buenas intenciones y compromisos que no son nada más que correctos saludos a la bandera. El casi millón de dólares que el Estado destina a la compra de libros va a parar en gran parte a libros de literatura infantil, autoayuda, esoterismo y manualidades. Lo que predomina al momento de la selección son los criterios mercantiles; pero bueno, en Chile todo está dominado por criterios mercantiles y el libro, específicamente la literatura, ha sido una de sus mayores víctimas.

Dominada por las trasnacionales, en el escenario chileno la industria del libro ha logrado imponer criterios mercantiles, privilegiando narrativas estandarizadas y de baja calidad (como Roberto Ampuero, Hernán Rivera Letelier y Carla Guelfenbein). A esto hay que sumar el nulo interés gubernamental por apoyar iniciativas tan básicas como la eliminación del iva a los libros, que alcanza diecinueve por ciento, y el arrinconamiento al que son sometidas las editoriales medianas y pequeñas, conocidas como editoriales independientes, por donde pasa desde hace algunos años lo mejor de la literatura nacional, tanto en narrativa (Kato Ramone, Óscar Barrientos, Yuri Pérez, Daniel Hidalgo, Federico Zurita, Eugenia Prado, David Poblete, Francisco Miranda, Cristóbal Gaete, Luis Seguel, Nona Fernández, Mili Rodríguez, Claudio Maldonado, Pablo Toro, por nombrar algunos), como en lo referido a la producción poética, el género que más se publica en Chile (Verónica Jiménez, Elvira Hernández, Priscilla Cajales, Paula Ilabaca, Gladys González, Ángela Barraza, Nadia Prado, Germán Carrasco, Juan Carlos Urtaza, Daniel Rojas Pachas, David Bustos, Juan Carreño, Leonardo Sanhueza, Raúl Hernández, Cristián Cabello, Yanko González, Camilo Brodsky, Víctor Hugo Díaz, Héctor Hernández Montecinos, Guido Arroyo, Diego Ramírez, entre muchos otros). Lo peor es que no existe siquiera un debate sobre políticas culturales que tiendan a transformar profundamente el modo en que desde el Estado se enfrenta el tema de nuestra crisis cultural. El país agoniza en términos culturales, no en cuanto a las élites, que siempre se las arreglan, sino en términos de millones y millones de chilenos para quienes la literatura dejó hace rato de ser siquiera un tema de entretención.

Foto: eldiario.es
En este contexto, la participación chilena en Guadalajara puede verse como una simple anécdota que será inocua frente a la gravedad de la crisis que atravesamos. Aunque sí tiene un aspecto interesante y es la representación de la ficción de país reconciliado que se realizará en la Feria. La Concertación, que gobernó el país durante veinte años, creó esa ficción de país reconciliado y diverso, pujante nación que dejaba atrás a pasos agigantados a sus vecinos latinoamericanos, porque había logrado acuerdos fundamentales en convivencia, economía y política. Sólo se les pasaron por alto algunos detalles: la desigualdad ha crecido a niveles intolerantes, la educación y la salud pública se derrumban y el pueblo mapuche sufre el asedio constante de las fuerzas policiales, por sólo nombrar algunas urgencias que hacen ver al discurso dominante casi como una forma de violencia o por lo menos de burla. Esa tonalidad ha seguido predominando en el discurso oficial, ahora con un gobierno de derecha.

En ese simulacro nos encontramos y el diseño de invitados a Guadalajara se rige por esta ficción reconciliada y triunfalista. Así, se realizó una inteligente mezcla de mercado y cuoteos políticos, generando una imagen-país de diversidad y tolerancia acorde con el manejo de continuación concertacionista que ha tenido el Ministerio de la Cultura. Jugando al simulacro de hermanarnos por el arte y la cultura, vamos a representar a los mexicanos y al mundo el Chile del siglo XXI; olvidémonos de todo lo demás, mostremos nuestra mejor cara.

Desesperados por salir al mundo, nuestros escritores preparan sus maletas y trajes de fiesta para asistir a una suerte de reality show o carnaval que dejará entre paréntesis nuestros conflictos internos (se vería muy feo que te llevaran a pasear, perdón, a representar al país, y mordieras la mano que te pagó el pasaje y la estadía). Pero también hay que reconocer una cosa fundamental: Chile ama, con un amor verdadero e inquebrantable, la globalización, ese invento extraordinario, supremo, que nos permitió terminar, por fin, con nuestro aislamiento, con esa sensación que nos hizo vivir durante siglos sintiendo que éramos el último rincón del mundo, así que estamos siempre dispuestos a vender el alma y más a cualquier cosa que signifique que somos aceptados como iguales en la sociedad global. Si antes cordillera, mar y desierto parecían barreras que nos alejaban de todo lo interesante que pasaba en el mundo, salvo para los cosmopolitas millonarios de siempre, el nuevo orden mundial ha destruido esas barreras, abriendo nuevas oportunidades de triunfo para todos.

En 1992, dos años después del fin de la dictadura, al gobierno de la época se le ocurrió, en un acto de exhibicionismo incomprensible y aberrante, llevar un iceberg desde la Antártica a la Exposición Mundial de Sevilla, en España. No recuerdo si se lo trajeron de vuelta o lo usaron para enfriar algunos tragos celebrando tan genial idea, el caso es que han pasado veinte años y no tenemos razones para esperar que nuestros escritores y escritoras, extremadamente valiosos en muchos casos, cumplan una función similar a la de ese cubo de hielo. Y eso porque en Chile hace años que el mercado viene batallando para que el escritor jamás, pero jamás, se convierta en un sujeto político capaz de levantar algunas banderas que le permitan reconectar la literatura con el mundo. Algunos y algunas, los menos, se resisten con estoicismo a ese destino; otros no serán más que ese olvidado iceberg de Sevilla.

martes, 13 de noviembre de 2012

sábado, 11 de agosto de 2012


"¿De dónde viene la nueva literatura latinoamericana? La respuesta es sencillísima. Viene del miedo. Viene del horrible (y en cierta forma bastante comprensible) miedo de trabajar en una oficina o vendiendo baratijas en el Paseo Ahumada. Viene del deseo de respetabilidad, que sólo encubre el miedo."

Roberto Bolaño, "Sevilla me mata", 2003.

viernes, 20 de enero de 2012

Gabriel Salazar en el CEP

En el CEP, Centro de Estudios Públicos, el 11 de abril del 2011, Gabriel Salazar, Profesor de Historia de la Universidad de Chile y Premio Nacional de Historia, analizó las ideas centrales de su último libro, que aborda la relación entre la acción económica y empresarial y el orden político a fines del siglo XIX.
Comentaron el libro Alfredo Jocelyn-Holt, Historiador y Profesor de la Escuela de Derecho y de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile, y Rolf Lüders, Profesor de la Facultad de Economía de la Pontificia Universidad Católica de Chile.
Hay versión publicada de esas reseñas y de la respuesta brillante de Salazar.