martes, 30 de diciembre de 2008

Los top ten de Babelia


1- Chesil Beach. Ian McEwan (Anagrama) Novela

2- God & Gu. Apuntes de polemología. Rafael Sánchez Ferlosio (Destino)Ensayo

3- Sale el espectro, Philip Roth (Mondadori) Novela

4- Todos los cuentos. Cristina Fernández Cubas (Tusquets) Relatos

5- La isla. Giani Stuparich (Minúscula) Novela

6- En el café de la juventud perdida. Patrick Modiano (Anagrama) Novela

7- La vista desde Castle Rock. Alice Munro (RBA) Relatos

8- Millenium I y II: Los hombres que no amaban a las mujeres y La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina. Stieg Larsson (Destino) Novela

9- El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti. Mario Vargas Llosa
(Alfaguara) Ensayo

10-Ondulaciones. Poesía reunida (1968-2007) José-Miguel Ullán (Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores) Poesía

Fuente. Babelia


Chesil Beach, la novela en la que Ian McEwan compone un gran fresco de la generación de los inicios de los sesenta -"la época en que ser joven era un obstáculo social"-, ha sido elegida por los críticos y colaboradores de Babelia como el libro más destacado del año.
Ian McEwan

Traducción de Jaime Zulaika

Anagrama. Barcelona, 2008

184 páginas. 16 y 7 euros

Dotado siempre del don de los arranques fulgurantes, Ian McEwan se muestra reservado, por no decir apagado, en el de Chesil Beach: "Eran jóvenes, instruidos y vírgenes aquella noche, la de su boda, y vivían en un tiempo en que la conversación sobre dificultades sexuales era claramente imposible". Vírgenes, instruidos (educated en el original) y con un problema de expresividad en materia erótica: así son Edward y Florence, los dos protagonistas, que, enormemente vivos en sus perfiles de inmadurez, comparten el citado problema con el conjunto de una sociedad, la Gran Bretaña de 1962; también esta novela es, a su modo, histórica, como las dos anteriores del autor. Pero lo que en Sábado (uno de sus pocos libros decepcionantes) era laboriosa fábula de las metástasis del 11 de septiembre de 2001, y en Expiación altisonante sonata en tres movimientos sobre las recíprocas sospechas del rango y la culpa social, en la magistral y puramente esencial Chesil Beach es el análisis narrativo de una historia de amor dañada no tanto por la juventud y cortedad sentimental de la pareja como por una traba lingüística: el understatement -la verbalidad de la "boca pequeña"- llevado a sus consecuencias más hipócritas y mutiladoras.

La mención lingüística retumba con más cargas de profundidad en esta novela, una de cuyas escenas memorables, hacia el final del capítulo 1, describe la difícil articulación de dos bocas en el negociado de un beso. El beso entre Florence y Edward al que me refiero tiene la excitante delicia pero también el riesgo inherente de la humedad; los recién casados, en el minucioso despliegue de pequeñas estrategias de exploración, recelo, ansia y denuedo con el que tratan de consumar su primera noche de amor, llegan naturalmente a la boca y no se detienen; les franquea los labios el vino servido por los camareros del hotel, un pequeño y malicioso coro de figurantes con frase que constituye otro de los brillantes aciertos del libro. El beso dura una página (la 38 en la edición de Anagrama, traducida por Jaime Zulaika, por la que cito) desde el momento en que la muchacha siente la lengua de su novísimo esposo deslizándose entre sus propios dientes "como un matón que se abre camino en un recinto". Las consecuencias del beso -en las que McEwan aprovecha con efectos de suprema comicidad la erudición médico-anatómica que adquirió y tan prolijamente usó en Sábado- desembocan en la hermosa y elocuente descripción de una batalla perdida o tal vez ganada, por mucho que los dos contendientes se manifiesten en paz con su acción bélica. A Florence, seca de voz y parca de adjetivos, no le gustan los demorados besos con lengua, y cuando ese inquisitivo apéndice bucal de Edward ocupa el hueco que ella tiene en una muela ya es tarde: con la cédula de matrimonio la esposa ha firmado, advierte no sin angustia, el permiso para los besos húmedos.

Pero tan extraordinario episodio, como los siguientes del lecho de bodas, la huida por el acantilado y el desencuentro en la playa, forman parte de la historia privada de la novela y Chesil Beach, conviene insistir en ello, es también macrohistórica en su brevedad (184 páginas de letra generosa). Todo lo que acontece está fechado, y no por capricho; cuando el narrador omnisciente (aunque latente), después de unos sarcásticos apuntes sobre la cocina y la construcción balnearia de entonces en las costas del condado de Dorset, dice que "era todavía la época [...] en que ser joven era un obstáculo social, un signo de insignificancia, un estado algo vergonzoso cuya curación iniciaba el matrimonio", está señalando, por inverosímil que hoy pueda parecer, el recato forzado de un tiempo en el que la generalizada castidad prenupcial hacía del casamiento -aun del más convencional- era la puerta de salida de una juventud interminable, artificial y sexualmente frustrada. El mundo se regía por un sistema operado por adultos responsables y reprimidos, y "ser pueril no era aún honorable ni estaba de moda".

La puerilidad desbocada y hasta monstruosa ha sido, sin embargo, recurrente en la obra de McEwan desde los relatos de Primer amor, últimos ritos, llamativo debut literario (en 1975) de este autor que Anagrama, fiel a su narrativa a lo largo de casi tres décadas, ya dio a conocer en castellano con aquel libro, en una traducción más chispeante que adecuada de Antonio Escohotado, entonces (1980) bajo la impronta de su colección Contraseñas y con una portada mezcla a partes iguales de los cómics de Nazario, las pinturas de Pat Andrea y las ilustraciones de Paula Rego. Ese infantilismo desquiciado no falta tampoco en Chesil Beach; sentadas las premisas de un código verbal de vigilancia, una cotidianidad desvivida y una pareja que se ama tanto como mutuamente se teme, aparece en la novela el factor favorito de McEwan, el accidente. No se puede aquí contar, por respeto a las -para mí sagradas- leyes del lector ingenuo, el desenlace del libro, ni, por falta de espacio, el denso tejido de trazos melancólicos que enriquece la parte final. Baste decir que, reduciendo el paisaje moral a la expresión mínima y centrando la peripecia del relato en los dos enamorados y alguna sugestiva aunque episódica figura familiar, Chesil Beach refleja la edad de una inocencia anterior al psicoanálisis y los catecismos de autoayuda; aquella edad caduca y más agria que dulce en la que el ser humano -el rebelde y el acomodaticio- era incapaz de verse a sí mismo como un enigma.

Joseph Stiglitz: "Todos somos keynesianos ahora"

Ahora somos todos keynesianos. Incluso la derecha en Estados Unidos se sumó al bando keynesiano con un entusiasmo desenfrenado y en una escala que, en algún momento, habría sido verdaderamente inimaginable.


Para quienes nos adjudicábamos alguna conexión con la tradición keynesiana, éste es un momento de triunfo, después de que nos dejaran en el desierto, prácticamente ignorados, durante más de tres décadas. En un nivel, lo que está sucediendo ahora es un triunfo de la razón y la evidencia sobre la ideología y los intereses.


La teoría económica se había dedicado a explicar durante mucho tiempo por qué los mercados sin obstáculos no se autocorregían, por qué se necesitaba regulación, por qué era importante el papel que jugaba el gobierno en la economía. Pero muchos, especialmente la gente que trabaja en los mercados financieros, presionaban por una suerte de "fundamentalismo de mercado". Las políticas erróneas resultantes —impulsadas, entre otros, por algunos miembros del equipo económico del presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama— ya antes habían infligido enormes costos a los países en desarrollo. El momento de iluminismo se produjo recién cuando esas políticas empezaron a generar costos en Estados Unidos y otros países industriales avanzados.


Keynes sostenía no sólo que los mercados no se autocorregían, sino que, en una crisis pronunciada, la política monetaria probablemente resultara ineficiente. Se necesitaba una política fiscal. Pero no todas las políticas fiscales son equivalentes. En Estados Unidos hoy, con una montaña de deuda inmobiliaria y un alto nivel de incertidumbre, los recortes impositivos probablemente resulten ineficientes (como lo fueron en Japón en los años 1990). Gran parte, si no la mayor parte, del recorte tributario norteamericano del pasado mes de febrero fue destinado al ahorro.


Con la enorme deuda que deja atrás la administración Bush, Estados Unidos debería estar especialmente motivado para obtener el mayor estímulo posible de cada dólar invertido. El legado de sub—inversión en tecnología e infraestructura, especialmente del tipo verde, y la creciente brecha entre los ricos y los pobres, requieren una congruencia entre el gasto a corto plazo y una visión a largo plazo.


Eso exige la reestructuración de los programas tanto tributario como de gasto. Bajarles los impuestos a los pobres y aumentar los beneficios de desempleo al mismo tiempo que se aumentan los impuestos a los ricos puede estimular la economía, reducir el déficit y disminuir la desigualdad. Reducir el gasto en la guerra de Irak y aumentar el gasto en educación puede incrementar la producción en el corto y largo plazo y, al mismo tiempo, reducir el déficit.


A Keynes le preocupaba la trampa de la liquidez —la incapacidad de las autoridades monetarias para inducir un incremento en la oferta de crédito a fin de aumentar el nivel de actividad económica—. El presidente de la Reserva Federa de Estados Unidos, Ben Bernanke, hizo un esfuerzo por evitar que se culpara a la Fed de agravar esta crisis de la misma manera que se la responsabilizó por la Gran Depresión, asociada con una contracción de la oferta monetaria y el colapso de los bancos.


Y aún así deberíamos leer la historia y la teoría con cuidado: preservar las instituciones financieras no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin. Lo importante es el flujo de crédito y la razón por la cual el fracaso de los bancos durante la Gran Depresión fue importante es que participaban en la determinación de la capacidad crediticia; eran los depositarios de información necesaria para el mantenimiento del flujo de crédito.


Sin embargo, el sistema financiero de Estados Unidos cambió drásticamente desde los años 1930. Muchos de los grandes bancos de Estados Unidos salieron del negocio del "préstamo" y se metieron en el "negocio con movimiento". Se centraron en comprar activos, reempaquetarlos y venderlos, al mismo tiempo que marcaron un récord de incompetencia a la hora de evaluar el riesgo y analizar la capacidad crediticia. Se invirtieron cientos de miles de millones de dólares para preservar estas instituciones disfuncionales. Ni siquiera se hizo nada para reencauzar sus estructuras perversas de incentivos, que alentaban el comportamiento cortoplacista y la toma de riesgos excesiva. Con recompensas privadas tan marcadamente diferentes de los retornos sociales, no sorprende que la búsqueda del interés personal (codicia) condujera a consecuencias tan destructivas desde un punto de vista social. Ni siquiera velaron por los intereses de sus propios accionistas.


Mientras tanto, es muy poco lo que se está haciendo para ayudar a los bancos que efectivamente hacen lo que se supone que deben hacer los bancos –prestar dinero y evaluar la capacidad crediticia.


El gobierno federal asumió billones de dólares en pasivos y riesgos. Al rescatar al sistema financiero, tanto como en política fiscal, necesitamos preocuparnos por el “retorno de la inversión”. De lo contrario, el déficit –que se duplicó en ocho años— aumentará aun más.


En septiembre, se decía que el gobierno recuperaría su dinero, con intereses. A medida que se incrementó el rescate, cada vez resulta más evidente que éste era simplemente otro ejemplo más de una mala apreciación del riesgo por parte de los mercados financieros –como vienen haciendo consistentemente en los últimos años—. Los términos de los rescates de Bernanke y Paulson eran desventajosos para los contribuyentes y, aún así, a pesar de su volumen, hicieron poco para reactivar el préstamo.


La presión neoliberal para una desregulación también satisfacía a algunos intereses. A los mercados financieros les fue bien a través de la liberalización del mercado de capitales. Permitirle a Estados Unidos vender sus productos financieros riesgosos y participar en una especulación en todo el mundo puede haber beneficiado a sus compañías, aunque esto les impusiera grandes costos a otros.


Hoy, el riesgo es que se utilice y se abuse de las nuevas doctrinas keynesianas para satisfacer algunos de estos mismos intereses. ¿Acaso quienes presionaron por la desregulación hace diez años aprendieron la lección? ¿O simplemente querrán imponer reformas cosméticas –el mínimo requerido para justificar los rescates de mega—billones de dólares? ¿Hubo un cambio de parecer o solamente un cambio de estrategia? Después de todo, en el contexto de hoy, perseguir políticas keynesianas parece incluso más rentable que ir detrás del fundamentalismo de mercado.


Hace diez años, en el momento de la crisis financiera asiática, se discutió mucho sobre la necesidad de reformar la arquitectura financiera global. Poco se hizo. Es imperativo que no sólo respondamos adecuadamente a la crisis actual, sino que emprendamos reformas a largo plazo que serán necesarias si queremos crear una economía global más estable, más próspera y equitativa.


*Profesor de Economía en la Universidad de Columbia, y ganador del Premio Nobel de Economía en 2001, es co—autor, junto con Linda Bilmes, de The Three Trillion Dollar War: The True Costs of the Iraq Conflict.

Fuente: www.project-syndicate.org

Martha Nussbaum en The Guardian: Bombay y el interesado estereotipo del musulmán terrorista

Si, como ahora parece probable, los terribles atentados del mes pasado en Bombay fueron obra de terroristas islámicos, la cosa pinta mal para la minoría islámica de la India. No importa que sus perpetradores estuvieran financiados desde el exterior, en relación con el conflicto en curso en Cachemira. Los ataques alimentarán un vigoroso estereotipo de musulmanes violentos e indignos de confianza, prontos a la conquista religiosa e incapaces de llegar a ser buenos ciudadanos democráticos. Tales estereotipos proyectan ya su sombra sobre las vidas de los musulmanes indios, que representan un 13,5% de la población.


Importa, empero, considerar el terrorismo indio desde una perspectiva más amplia.


El terrorismo en la India no es, en absoluto, asunto exclusivo de los musulmanes. Una cadena de incidentes recientes se ha atribuido a grupos islámicos, la mayoría con vínculos foráneos que tienen que ver con Cachemira. Sin embargo, el ejemplo de terrorismo sangriento más reciente en la India fue el asesinato de no menos de 2.000 musulmanes perpetrado durante meses en 2002 por hordas derechistas hindúes en el estado de Gujarat.


Ese horrible pogrom fue presentado en su día como represalia por el incendio, pretendidamente cometido por musulmanes, de un tren en el que viajaban pasajeros mayoritariamente hindúes. Pero dos investigaciones independientes han terminado por concluir que el incendio no fue sino un trágico accidente causado por unos bidones de queroseno que traían unos pasajeros.


Pero, siendo verdad que eso no se supo en su momento, lo cierto es que el grueso de los asesinados –o violados, o apaleados— vivían a mucha distancia del lugar en donde se produjo el incendio, y era claro que no podían tener la menor conexión con él. Además, hay pruebas más que sobradas de premeditación: grupos hindúes de extrema derecha habían confeccionado listas de viviendas y negocios musulmanes.


También son abrumadoras las pruebas de que el gobierno del estado e Gujarat cobijó a los perpetradores de los asesinatos, lo que llevó al Departamento de Estado norteamericanoa denegar en 2005 el visado a Narendra Modi, el jefe de gobierno de Gujarat. Recientemente, el periódico de investigación Tehelka aportó todavía más pruebas de la complicidad del gobierno en los ataques homicidas a los musulmanes. Un periodista de Tehelka, pertrechado con una cámara oculta, entrevistó a varios participantes en los actos violentos de Gujarat, los cuales describieron con detalle la fabricación de bombas en fábricas propiedad de miembros de la derecha hindú; cómo esas armas fueron traídas de contrabando desde otros estados, y cómo la policía recibió instrucciones para mirar hacia otro lado.


Un dirigente del Bajrang Dal (un grupo paramilitar hindú de extrema derecha) describió así su propio papel en el asunto: "Estaba esa mujer preñada, y yo la rajé en canal… No habría ni que dejarles respirar. Ahora digo exactamente lo mismo. Se trate de quien se trate, mujeres, niños, cualquiera, lo único que cabe hacer con ellos es rajarlos. Hay que apalearlos, liquidarlos, hay que quemar a esos bastardos… La idea es no dejar a ninguno con vida; después, todo será nuestro."


La revelación de que miembros de la derecha hindú se libraron a una campaña de limpieza étnica no debería sorprender a nadie. Desde 1930, su movimiento no ha dejado de insistir en que la India es para las hindúes, que musulmanes y cristianos son forasteros que deberían tener un estatuto nacional de segunda clase.


Este año, en la parte oriental del estado de Orissa, miembros del Bajrang Dal asesinaron a una miríada decristianos que rechazaton convertirse al hinduismo. (El grueso de los cristianos indios son descendientes de conversos, a menudo procedentes de las castas hindúes más bajas.) Pacçificas aldesa fueron reducidas a cenizas; se prendió fuego a un orfelinato patrocinado por la Iglesia; docenas de iglesias fueron destruidas, y misioneros y sacerdotes fueron asesinados a sangre fría. Miles fueron obligados a huir de sus hogares, y al menos 30.000 se quedaron sin techo. La consigna: "Matad a los cristianos y destruid sus instituciones".


En agosto, los obispos católicos de la India procedieron a cerrar escuelas por todo el país "en protesta por las atrocidades cometidas contra la comunidad Cristiana y otra gente inocente". Tales acciones, tendentes a transformar la democracia pluralista india en un régimen etnocéntrico, representan una grave amenaza para el futuro de la India.


Todo eso es terrorismo, pero nunca sale en la primera plana de los grandes medios de comunicación del mundo. Y cuando se abre paso en los periódicos fuera de la India, apenas se usa la palabra "terrorismo". El resultado es una percepción, n la India y en todas partes, de que los musulmanes son los malos de la película en materia de violencia terrorista.


Esos estereotipos son tan dominantes, que muchas asociaciones de juristas de los estados se niegan a defender a musulmanes acusados de complicidad con el terrorismo, a pesar de que la Constitución de la India garantiza todos los acusados una defensa gratuita.


Entretanto, aun con pruebas escasas, si alguna, ronda a los jóvenes musulmanes la sospecha de terrorismo, un análogo del actual y feísimo fenómeno norteamericano de la fijación de perfiles raciales.


Algunos musulmanes son delincuentes. Pero eso no justifica la demonización de los musulmanes; lo mismo que los actos violentos de la derecha hindú no justifica el estereotipo que pinta a todos los hindúes como violadores y asesinos. Actúese contra los delincuentes con determinación, buenas pruebas y juicios justos, y déjese de perseguir a todo una comunidad por su sola afiliación religiosa.


*Ha sido profesora de filosofía en la Universidad de Harvard y actualmente lo es en la de Brown. Es además una activa defensora de la causa feminista, y ha sido una crítica tan inclemente filosóficamente, como certera políticamente, del feminismo académico de impronta relativista. En SinPermiso 2 se acaba de publicar su célebre ensayo contra Judith Butler, convertido entretanto en un clásico contemporáneo de la crítica filosófica de la charlatanería ["El feminismo exige más y las mujeres merecen algo mejor", en: Sinpermiso Nº 2, junio 2007, págs. 151—174]. Entre sus últimos libros traducidos al castellano están: La terapia del deseo: teoría y práctica en la ética helenística [traducción de Miguel Candel]. Barcelona: Paidós, [2003]; El conocimiento del amor: ensayos sobre filosofía y literatura [traducción de Rocío Orsi Portalo y Juana María Inarejos Ortiz Boadilla del Monte]. Madrid: A. Machado Libros, 2005; El cultivo de la humanidad: una defensa clásica de la reforma en la educación liberal [traducción de Juana Pailaya]. Barcelona: Paidós Ibérica, 2005; "El ocultamiento de lo humano: repugnacia, vergüenza y ley" [Traducción de Gabriel Zadunaisky]. Buenos Aires: Katz Editores, 2006; Las fronteras de la justicia: consideraciones sobre la exclusión [traducción de Ramon Vilà Vernis y Albino Santos Mosquera]. Barcelona: Paidós, 2007.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

viernes, 12 de diciembre de 2008

Premio al peor sexo en literatura 2008


Hace un año, se lo llevó Norman Mailer por un párrafo de El castillo en el bosque que tiene frases como ésta: "...se metió su vieja pieza de artillería entre los labios, que ahora estaba tan blanda como un rollo de excremento. Sin embargo la chupó con una avidez...".
"Este año, le tocó a una ilustre desconocida: Rachel Johnson por su libro Shire Hell se ganó el premio al Peor Sexo en la Ficción que organiza la revista The Literary Review. En el blog de Ezequiel Martínez, "En Minúsculas" encontré la traducción de la escena premiada que incluye un "crescendo wagneriano" de espanto:

Casi gritando tras cinco minutos agónicamente placenteros, lo agarro para meterlo, mientras golpea furiosamente contra nuestros dos vientres, dentro, pero él sujeta mis dos brazos y mete su lengua en mi núcleo, como un gato bebiendo de una escudilla de nata para no perder ni una gota. Me encuentro agarrándole de las orejas y tirando de los bucles que lo coronan, a pesar mío, y extraños sonidos animales se me escapan mientras que el culminante crescendo wagneriano se apodera de mí.


Además, se le dio una especie de Premio Homenaje Extraordinario (Lifetime Achievement Award) a John Updike, según Moleskine por un pasaje de su novela Las brujas de Eastwick, cuatro veces nominada al premio pero nunca ganadora (hasta ahora), pero según En minúscula, por su obra de este año (continuadora de la anterior, que generó una muy divertida película) Las viudas de Eastwick.

Fuente: Moleskine

jueves, 11 de diciembre de 2008

Eeeella, la Insulza


"Eeeeella la indecisa. Eeeeeeella la que tiene mejores cosas que hacer. Eeeeeella la rogada."

By Se siente Rubio

martes, 9 de diciembre de 2008

La soluciòn al taco que se va a armar en "Sanhattan"


Uno tiene que estar por la solucionática, no sólo x la problemática.
La idea está tomada de los amigos nipones.
La Vía Rápida Hanshin atraviesa el Gate Tower Building entre los pisos 5 y 7-




Desde Microsiervos, que lo tomó, en definitiva, desde an englishmen in osaka.

Scarface. 25 años y sigue el debate

martes, 2 de diciembre de 2008

Santiago en 100 palabras: Los premiados

Primer Lugar: "Adrián y yo"

Con Adrián vivimos en el centro. Me hace reír mucho. Está convencidísimo de que es un asesino en serie. "Soy un roba almas", dice mientras nada inquieto de un lado a otro en la pecera que le compré. Últimamente está muy callado. Intenté hacerle cariño, pero inmediatamente comenzó a dar saltitos acrobáticos queriendo morderme algún dedo. Se cree piraña. Un domingo lo vi devastado, así que disolví 1/4 de fluoxetina en su agua y me tomé otra pastilla yo. Estuvimos toda la tarde mirando fijo por la ventana, tarareando canciones en inglés. Es que a veces nos sentimos muy solos.

Paloma Amaya, 25 años, La Reina

Segundo lugar: "Los albañiles"

Se mira las manos sucias y partidas antes de caminar hasta la baranda del andamio. Está en la punta del edificio. Durante un rato observa la ciudad abrazada por la nube de esmog. Luego ve emerger las siluetas de las construcciones aledañas. Y al cabo de un momento, desde la cumbre de una de ellas, observa el destello de la luz del sol rebotando en un pequeño espejo que sostiene un hombre en su mano. Es la señal convenida.

Renard Betancourt, 57 años, Ñuñoa

Tercer lugar: "Tarde al circo"

Un payaso harapiento caminaba por la berma en el sentido contrario de la autopista. En su mano llevaba un bidón y tenía las manos manchadas con grasa. Su cara pintada de blanco hacía resaltar una nariz roja y grande. Desde la ventana de un auto un niño lo vio pasar. Esa noche no pudo dormir. Se quedó pensando qué le hacían a los payasos si llegaban tarde al circo.

Rodrigo Fernández, 23 años, Vitacura

Premio al talento Joven: "Pingüinos"

Comenzó de forma discreta: un copo de nieve en el torniquete, otro sobre la línea amarilla. Poco a poco tanto los vagones como los andenes se llenaron de cuerpos negros y manchas blancas. Un día se tomaron un tren. Había al menos quince decenas de ellos. Cubrieron el piso de hielo e idearon un sistema para que nevara con un aroma distinto en cada vagón. Cuando tomaron posesión de la línea completa trajeron al festejo un par de osos polares. Regalaron patines en caja y hubo todo el día helado gratis. Fue la mejor revolución pingüina que haya visto.

Emilia Díaz, 17 años, Ñuñoa

Premio del público: "Intimidad pasajera"

Se llama Juana Catrilqueo Peña. Nació hace 63 años en Mantilhue, una localidad rural ubicada a 70 kms de Osorno. A los 15 se vino a Santiago a trabajar como nana. Tuvo un hijo que murió atropellado en la Alameda el año 86. Desde entonces vive sola en una pieza que arrienda en Quilicura. Es callada, sigilosa y muchas veces pasa desapercibida. Viaja en micro todos los días a la casa de sus patrones y aprovechándose del tumulto y los apretones de una intimidad obligada, acurruca su cabeza en el hombro de otro pasajero sin que nadie se dé cuenta.

Gonzalo Andrade, 26 años, La Florida