viernes, 4 de febrero de 2011

Churchill no dijo eso, por Christopher Hitchens

El Sol de México, 30 de enero de 2011

"The King's Speech" es una película extremadamente bien hecha, con una trama seductora de interés humano, muy bonitamente calculada para atraer a los más inteligentes de los aficionados al cine y a los anglófilos latentes. Pero lleva a cabo una grave falsificación de la historia. Uno de los pocos actores que están mal elegidos para su papel -Timothy Spall como una deplorable imitación de Winston Churchill- es el ejemplo de esta rara reconstrucción de la historia. Se le presenta como un amigo firme del tartamudo príncipe y leal princesa, y como un hombre generalmente partidario de una solución de estadista a la crisis planteada por la abdicación del hermano mayor del príncipe, el rey Eduardo VIII.

De hecho, Churchill fue -durante tanto tiempo como se atrevió a serlo- un amigo constante del presuntuoso y consentido simpatizador de Hitler, Eduardo VIII. Y permitió que su romántico afecto por esta gárgola causara un gran daño a la coalición de fuerzas -lograda con gran costo- que estaba integrándose como oposición al nazismo y a la política de apaciguamiento. Churchill probablemente no tiene un cronista más hagiográfico que el escritor y biógrafo estadunidense William Manchester, pero si usted examina las páginas relevantes de su obra "The Last Lion", encontrará que el historiador prácticamente renunció a su héroe durante un capítulo completo.

Tragándose sus diferencias con algunos altos políticos izquierdistas y liberales, Churchill había ayudado a construir un grupo de cabildeo con fuerte apoyo popular contra la colusión de Neville Chamberlain con el fascismo europeo. El grupo tenía el nombre resonante de Arms and the Covenant. Sin embargo, a medida que la crisis se agudizaba, Churchill se distrajo de su trabajo esencial - para horror de sus colegas- con el fin de involucrarse en mantener al "playboy" pronazi en el trono. Se desprendió de puñados de su capital político al presentarse en la Cámara de los Comunes -casi seguramente muy intoxicado, según Manchester- para pronunciar un discurso incoherente en defensa de la "lealtad" a un hombre que no tenía la menor idea de ese concepto. En una misiva a Eduardo VIII escrita ese mismo año -no citada por Manchester- explica torpemente sus esperanzas de que el rey "brille en la historia como el más valeroso y más amado de todos los soberanos que han ostentado la Corona de la isla". (Puede ver aquí lo vacío y exagerado que puede sonar el estilo de Churchill cuando está defendiendo una causa equivocada; no olvide nunca que una vez él mismo se describió como la voz solitaria que advirtió al pueblo británico de la ¡amenaza doble de Hitler y Gandhi!)

En última instancia, Eduardo VIII demostró ser tan estúpido y egoísta y vanidoso que era imposible rescatarlo, así que el momento pasó. O lo peor del momento pasó. Siguió siendo lo que se sugiere ligeramente en el filme: un firme admirador del Tercer Reich, que incluso pasó allí su luna de miel con Wallis Simpson, la mujer por la que renunció al trono, y fue fotografiado tanto recibiendo como haciendo el saludo hitleriano. De sus pocos amigos y compañeros, la mayoría eran activistas de las camisas negras como el odioso "Fruity" Metcalfe. (El biógrafo real Philip Ziegler hizo lo posible por limpiar esta escuálida historia hace unos años, pero eventualmente se dio por vencido.) Durante sus visitas al continente europeo después de su abdicación, Eduardo, en ese entonces duque de Windsor, nunca dejó de mantener contactos altamente irresponsables con Hitler y sus títeres, y parecía estar proclamando su disposición a convertirse en títere o "regente" si la marea se desplazaba hacia el otro sentido. Es por ello que Churchill eventualmente lo removió de Europa y le dio la sinecura de una gubernatura colonial en las Bahamas, donde pudiera estar bien supervisado.

Dejando de lado otras consideraciones, ¿no hubiera sido fraccionalmente más interesante para el público la historia verdadera? Pero al parecer nunca llegaremos al momento en que el culto a Churchill esté abierto para una inspección honesta. Y así, el filme sigue adelante, con cada vez más vaselina aplicada a la lente. Se sugiere que, una vez que han sido superados algunos baches en el camino y algunos impedimentos en la psiquis del joven monarca, la Gran Bretaña es ella una vez más, con Churchill y el rey en el Palacio de Buckingham, y se está preparando un discurso de unidad y resistencia.

Aquí, una vez más, el retoque y la vaselina son socios. Cuando Neville Chamberlain logró superar la oposición del Partido Laborista, del Partido Liberal y de los conservadores churchilianos para entregar a su amigo Hitler la mayor parte del pueblo checoslovaco, junto con las vastas fábricas de municiones de ese país, recibió un favor político inédito. Al aterrizar en el aeropuerto Heston a su regreso de Munich, fue recibido por una escolta real en uniforme de gala e invitado a dirigirse inmediatamente al Palacio de Buckingham. Un mensaje escrito del rey Jorge VI lo urgía a presentarse "para que yo pueda expresarle a usted personalmente mis felicitaciones más cordiales ... Esta carta lleva consigo la más cálida de la bienvenidas para alguien que, mediante su paciencia y decisión, ha conquistado la gratitud duradera de sus compatriotas en todo el Imperio".

Chamberlain fue, posteriormente, exhibido en el balcón del palacio y saludado por la realeza ante una muchedumbre jubilosa. Así pues, el doblegamiento de Munich había recibido la conformidad real antes de que el primer ministro acudiera al Parlamento y justificara lo que había hecho. Las fuerzas de la oposición recibieron jaque mate antes de que el juego hubiera empezado. La Gran Bretaña no tiene una constitución escrita, pero por costumbre ancestral, la aprobación real es otorgada a las medidas después de que hayan sido aceptadas por ambas cámaras del Parlamento. En consecuencia, el historiador conservador Andrew Roberts, en su ensayo definitivamente condenatorio escrito en 1994, "The House of Windsor and the Poltics of Appeasament", estuvo totalmente acertado al citar al académico John Grigg en apoyo de su opinión de que, al actuar como lo hicieron, dando su aprobación adelantada a Chamberlain, el rey Jorge VI y la reina Isabel (Colin Firth y Helena Bonham Carter para usted) "cometieron el acto más anticonstitucional de un soberano británico en el siglo actual".

La correspondencia privada y diarios de la familia real demuestran un apoyo continuo y consistente con la política de apaciguamiento y a la personalidad de Chamberlain. La severa madre del rey Jorge le escribió, exasperada porque no hubiera habido más gente en la Cámara de los Comunes que aclamara esa acción. El propio rey, incluso después de que los ejércitos nazis habían golpeado profundamente en Escandinavia y cruzado los Países Bajos hacia Francia, no deseaba aceptar la renuncia de Chamberlain. Comentó "lo gravemente injusto ... de la forma en que ha sido tratado, y lo lamento terriblemente". Al discutir acerca de un sucesor, el rey escribió que "yo, por supuesto, sugerí a (Lord) Halifax". Se le explicó que este campeón del apaciguamiento no podía ser candidato, y de cualquier manera una coalición de tiempos de guerra difícilmente podía ser encabezada por un miembro no elegido de la Cámara de los Lores. Inmutable, escribió en su diario que no podía hacerse a la idea de Churchill como primer ministro y que había acogido al derrotado Halifax para decirle que él hubiera deseado que fuera el elegido. Todo esto puede ser conocido fácilmente por quien desee hacer una investigación elemental.

En unos cuantos meses, la familia real británica volverá a ser relanzada con la magnificencia de la boda del príncipe William con Kate Middleton. Términos como "unidad nacional" y "monarquía del pueblo" abundarán. Casi la totalidad del capital moral de esta más bien extraña monarquía alemana está investida en el mito elaborado a posteriori de su participación en "la mejor hora de la Gran Bretaña". De hecho, de haber sido por ellos, esa hora nunca hubiera transcurrido. De forma que esto no es un detalle sino una profanación mayor del recuento histórico -que ahora al parecer se desliza sin oposición hacia un bautismo por Oscar.

(Christopher Hitchens es columnista de Vanity Fair y de Slate

Magazine, donde esta columna apareció originalmente. Es becario de Medios Roger S. Mertz en la Institución Hoover en Stanford, California. Para más artículos como éste, le rogamos visitar www.slate.com.)

(Traducción de Andrés Shelley)

The New York Times Syndicate

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