lunes, 24 de agosto de 2009

El candidato huérfano, por Carlos Peña

MEO tiene razones para oponerse; pero no razones para ganar.

"Ayer quedó de manifiesto lo esencial de la próxima contienda. No fue necesario decir nada. Bastó la muda elocuencia de los hechos.
En Santiago, en la ex sede del Congreso Nacional, el Partido Radical Social Demócrata primero, y la Democracia Cristiana después, proclamaron a Frei. A la misma hora, pero en San Miguel, lo hizo el Partido Socialista. No fue propiamente la adhesión a un proyecto. Fue más bien un reconocimiento -¿cómo decirlo?- a la voluntad... de ser.
En la tarde, en Valparaíso, la UDI apretó los dientes, recordó la fría racionalidad de Guzmán, contó hasta diez, se lamentó en silencio por lo que pudo ser y no fue, y proclamó a Piñera. Hubo globos y aplausos. Y es que a veces la resignación se parece al entusiasmo.

Así, ayer hubo dos candidatos abrazados -con entusiasmos de intensidad variable- por los partidos.

Sin embargo, hubo un tercero a quien ningún partido ha proclamado.
Es probable que ayer -en vez de oír una proclamación- abrazara un puñado de carpetas con firmas.
Es Marco Enríquez-Ominami, que carece de partidos o cualquier cosa que se le asemeje.
Está él, su familia, un grupo de leales, una amplia red de comunicación, miles de firmas, audacia, una memoria familiar y una locuacidad, que no es lo mismo que elocuencia, de predicador televisivo. De partidos políticos y de cuadros técnicos seleccionados con la paciencia de los años y de los fracasos, nada.

Eso es lo que, con la muda elocuencia de los hechos, quedó de manifiesto ayer: un candidato que prescinde de los partidos. Algo así no es inédito en nuestra historia más reciente. Max Neef y Errázuriz, los outsiders más competitivos de los últimos veinte años, tuvieron el apoyo de un partido; pero todos sabemos que de partidos tenían poco más que el nombre y el timbre. En rigor, ellos también fueron candidatos sin estructuras partidarias.

Y el pronóstico para esa clase de candidatos es más bien malo.
Si se mira la historia política del siglo XX, hay nada más un caso en que un candidato, mediante el voto, accedió a la Presidencia originariamente huérfano de los partidos (hubo otro que en vez del voto y los partidos prefirió las patadas; pero no viene a cuento). Es el caso del general Ibáñez y su escoba. Lo precedía una amplia trayectoria política desde el comienzo del siglo. Y cuando él acabó, todo acabó con él. Del agrario laborismo que decidió apoyarlo -salvo el recuerdo y algún retazo en la Democracia Cristiana- no quedó nada.

Es difícil que algo así -algo como lo de Ibáñez- pueda ocurrir con Marco Enríquez-Ominami, este candidato huérfano de partidos.

Y es que un gobierno que prescindiera de los partidos -para sustituirlos por entidades que se les parecen pero que no son- es difícil de imaginar en un país con la trayectoria cívica de Chile.

Si atendemos a la literatura, algo así sería posible si estuviéramos en presencia de un líder carismático, alguien dotado de esa gracia incomprensible que es capaz de doblegar las más firmes de las voluntades. Si eso ocurriera -si Enríquez-Ominami, en vez de ser llamativo y locuaz fuera carismático-, estaríamos ad portas de una transformación radical del sistema de partidos. Una epifanía se estaría desarrollando ante nuestras narices al compás de un quince o veinte por ciento de las encuestas. E inexplicablemente un gobierno exitoso habría anidado un fenómeno de ruptura y de rechazo a los partidos que lo hicieron posible.

Nada de eso parece sensato.

Lo que ocurrió ayer -los partidos proclamando a sus respectivos candidatos- es una muestra de la verdadera virtud de nuestro sistema político: partidos capaces de seleccionar los liderazgos, deliberar políticas públicas, formar cuadros diestros en el manejo de los asuntos del Estado, sujetar las expectativas excesivas y controlar la subjetividad de quienes viven de la política.

Nada de eso es capaz de proporcionar Enríquez-Ominami, quien ayer, abrazado a las carpetas con las firmas de miles de adherentes, supo que carece de lo principal.
Y es que él tiene razones para oponerse; pero no razones para ganar."

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