domingo, 31 de agosto de 2008

Gorki Aguila y el delito de peligrosidad social



Todos aquellos que hacen gárgaras chilensis contra la obsesión criolla por la "seguridad ciudadana", que hacen un mohín de asco cuando uno cita algún paper de Paz Ciudadana o similares señales telúricas, harían bien en revisar lo ocurrido esta semana en Cuba, donde el rockero punk, Gorki Aguila (líder del grupo Porno para Ricardo) fue detenido por el delito de "peligrosidad social".

Producto de la presión internacional, que incluyó declaraciones de los buenos chicos pop como Bosé y Alejandro Sanz, y otros como Sabino Méndez y Loquillo.

El juicio que comenzó el viernes, 9 horas despúes de lo previsto, fue a puertas cerradas. El fiscal cambió la formulación de cargos porel delito de peligrosidad social, que conlleva una pena de cárcel de uno a cuatro años en Cuba, por desobediencia.
Quedo multado, en definitiva, a 600 pesos, por el delito de desobediencia.

El líder de la Comisión Cubana de Derechos Humanos y Reconciliación Nacional (CCDHRN), Elizardo Sánchez, uno de los observadores que presenció el juicio, definió el proceso como “irregular” y “una farsa judicial” porque no tuvo “las debidas garantías procesales”. Sánchez, a quien el padre del músico contactó en busca de ayuda, declaró a periodistas que el denunciante de Gorki fue un oficial de la policía, los testigos otro agente policial y la presidenta de un Comité de Defensa de la Revolución del barrio del músico.

La acusación de “desobediencia”, añadió el disidente Sánchez, se basó en supuestas molestias causadas por los ensayos de la banda.

Contra la mirada anti USA: Peña hoy sobre Obama

"Han pasado apenas cuarenta y cinco años -muchos que viven lo vieron- desde que Martin Luther King dio su famoso discurso; sólo cincuenta y tres desde que Rosa Park fue enjuiciada por negarse a ceder su asiento del autobús a un hombre blanco; casi ese lapso desde que en Little Rock un grupo de niños negros debió hacerse acompañar por el ejército para poder ingresar a una escuela hasta entonces reservada sólo a blancos; y aproximadamente ese mismo tiempo desde que la Corte ordenó a los buses que iban hacia el sur acabar con la segregación.

En el mismo país donde apenas cincuenta años atrás ocurría todo eso, Barak Obama -perfectamente él pudo ser uno de esos niños que entonces entraba a la escuela de blancos en medio de escupitajos y de pullas- acaba de dar en Denver su discurso de aceptación como candidato a la Presidencia de los Estados Unidos.

Virtudes le sobran. Es carismático, hechiza a las audiencias con frases que parecen proverbios, usa un tono levemente sincopado y, como ocurre con casi todos los liderazgos carismáticos, tiene algo de religioso. "A años de ahora, ustedes podrán mirar hacia atrás con orgullo y decir que éste fue el momento, el momento en que todo comenzó" -dijo a sus seguidores cuando lanzó su candidatura.

La mezcla justa entre sencillez y aura, promesa y proyecto, evento político y sensación de epifanía.

Pero no es eso lo más relevante.

Lo más relevante no es Obama sino la sociedad que, con todos sus problemas y todas sus contradicciones, con su tedio provinciano y su violencia imperial, su religiosidad y su consumo, sus Mickeys y sus Momas, sus intelectuales de campus y sus políticos de cuartel, sus abortos y sus grupos provida, su debido proceso y su Guantánamo, su puritanismo y su desenfreno, sus grandes ciudades y sus moteles de paso, su social security y su sálvese quién pueda, lo hizo posible. Porque Obama, este hijo de padre keniano y madre de Kansas es, a fin de cuentas, una muestra del dinamismo de un país que, sin asaltos utópicos y casi sin ofensivas ideológicas, ha logrado transitar en apenas cincuenta años desde la segregación (separados, pero iguales) a la integración del espacio público (juntos, aunque distintos).

Justo lo contrario de nosotros: endogámicos, con alta tolerancia a la discriminación, convencidos de una homogeneidad que, según salta a la vista, no existe. En una palabra: un ejemplo.

Sin embargo, durante mucho tiempo los grupos ilustrados de Latinoamérica -esos que padecen la seducción de la alta cultura europea- han pensado que la forma de vida americana se parece un poco a la barbarie y está presa del automatismo de la técnica (según rezaba un eslogan conservador tomado de Heidegger) o de la alienación producto del consumo (como repetían los grupos de izquierda que habían leído a Marcuse). Y entonces han mirado a los americanos por encima del hombro como una cultura de nuevos ricos, una tierra de paletos.

Pero quizás ese rechazo a la especulación y al argumento de autoridad que muestran los norteamericanos sea precisamente la fuente de sus virtudes.

"No hay país donde se cuide menos de la filosofía que en los Estados Unidos", observó Tocqueville. Lo que ocurre, agregó, es que como todos son más o menos iguales, cada uno confía en su propia opinión, al extremo que incluso la religión es electiva. Por eso William James solía decir a sus alumnos -sin ninguna soberbia- que la primera clase de psicología a la que él había asistido era la que él mismo había dictado por vez primera en Harvard. Y eso mismo es lo que permite explicar que mientras Freud era considerado un charlatán peligroso en Viena, una universidad americana le confería el doctorado honoris causa y lo invitaba a dictar conferencias (James fue uno de los oyentes).

Por supuesto sería necio creer -haciendo pie en el ejemplo de Obama- que los Estados Unidos es una tierra casi sin fricciones donde los recursos y las oportunidades se distribuyen, sin excepción, en base al mérito. Por el contrario, Estados Unidos es desigual, a veces fundamentalista, en otras violento, en ocasiones desolado. Pero de todas las sociedades, ella parece ser la menos anclada al pasado, la que mejor cultiva y expande los ideales de autorrealización, la que está más alerta cuando se los pone en peligro y la que los persigue con mayor ahínco y con menos sobresaltos.

Quizá eso es lo que permite explicar que mientras hace cincuenta años los niños negros entraban acompañados del ejército y en medio de escupitajos y de empujones a la escuela integrada de Little Rock, apenas anteayer un negro que pudo contarse entre esos mismos niños y que cursó derecho en Harvard, fue capaz de hechizar a las audiencias, ganar la nominación demócrata y estar ahora mismo en camino de convertirse en el próximo Presidente de los Estados Unidos."

Zambra en El País

"No exagero si digo que la mayoría de los chilenos no quieren leer a los chilenos, mucho menos a los latinoamericanos. Quieren, en el mejor de los casos, leer a Sándor Márai. No sé si eso es malo. No he leído a Márai. Soy, seguramente, el único escritor chileno que no ha leído a Sándor Márai."

Yo tampoco lo he leido y cuando veo los comentarios de sus obras por compatriotas, me viene a la cabeza el reciente y genial libro de Contardo, "Siúticos". Algunos son muy cool, pero qué se le va a hacer.
Zambra se manda una lectura de las lecturas chilensis muy provechosa para los que al escribir usen palabras como "denantes". Creo que Carlos Peña es el único que la usa. Muchos la usamoa al hablar pero al escribir como que parece rasca usarla. Rasca. Otra palabrilla que por escrito se siente, sí, rasca.
También habla del lejano boom y de las omnipresentes colecciones de Ercilla. Un notable artículo.

"Mi generación fue la última cuya formación literaria fue, fundamentalmente, nacional. Crecimos leyendo a los chilenos, a los chilenos muertos, para ser preciso. En mi casa, como en la mayoría de las casas de clase media, la biblioteca consistía únicamente en una colección de libros baratos que venían de regalo con la revista Ercilla, un semanario oficialista. La biblioteca Ercilla incluía varias decenas de títulos de color rojo para la literatura española y de color café para la literatura chilena y de color beige para la literatura universal. No había una colección de libros latinoamericanos. No había, para nosotros, literatura latinoamericana. Doña Bárbara y el Martín Fierro figuraban entre los libros de literatura universal y, si mal no recuerdo, la obra más actual de la literatura española era Niebla, de Unamuno. Mi generación creció creyendo que la literatura chilena era de color café, y que no había algo así como una literatura latinoamericana. Por eso siento tan lejana la experiencia del boom. Una de las mejores novelas que he leído es El coronel no tiene quien le escriba y una de las peores sin duda es Memoria de mis putas tristes. Pero discutir sobre el boom sería, para mí, tan estimulante como debatir si el conceptismo o el culteranismo.

Para quienes nacimos durante los primeros años de la dictadura, la adolescencia coincidió con el retorno de la democracia (de una democracia adolescente, por decirlo con elegancia). Fue entonces cuando llegaron o reaparecieron todos los libros: la literatura del exilio, la literatura latinoamericana y la literatura a secas. Leímos como pudimos, con ímpetu, sin horizontes definidos, sin miedo a la promiscuidad: Yukio Mishima fue nuestro Severo Sarduy, Macedonio Fernández fue nuestro Laurence Sterne, Paul Celan fue nuestro César Vallejo, Álvaro Mutis fue nuestro abuelito, Robert Creeley nuestro amigo mudo y Emily Dickinson nuestra primera polola. Y Borges fue nuestro Borges.

De ese completo desorden, de ese encuentro tardío proviene el paisaje vigente. Algunos nos cambiamos de país y regresamos más chilenos que nunca. Otros se quedaron en Chile para poder ser ingleses o gringos o suecos. No es broma: a muchos escritores locales les pareció una fatalidad que Roberto Bolaño fuera chileno. Tal vez lo que les molestaba era que no renunciara a su nacionalidad. No exagero si digo que la mayoría de los chilenos no quieren leer a los chilenos, mucho menos a los latinoamericanos. Quieren, en el mejor de los casos, leer a Sándor Márai. No sé si eso es malo. No he leído a Márai. Soy, seguramente, el único escritor chileno que no ha leído a Sándor Márai.

Chile es país de poetas y de best sellers: de gente que indaga en el lenguaje y de gente que replica un español desabrido y temeroso, un español que nadie habla. En Chile desconfiamos de la escritura, para nosotros persiste el divorcio entre la lengua hablada y la lengua escrita: son muchas las palabras que decimos pero no escribimos y sin duda son demasiadas las frases que escribimos pero no decimos. Contra ese divorcio lucharon Gabriela Mistral, Nicanor Parra, Enrique Lihn, Jorge Teillier o Gonzalo Millán; se atrevieron, cada uno a su modo, a escribir, a buscar un lenguaje chileno y a la vez personal. Violeta Parra se atrevió a descubrirlo, a crearlo y, por si fuera poco, a cantarlo. El gran tema secreto de la literatura chilena es ese abismo entre lo que se dice y lo que se escribe. Lo que Neruda inventó fue un balbuceo elegante, un fraseo literario que favorece el rodeo y la eterna divagación. Los poetas chilenos olvidaron hace rato a Neruda, pero los narradores no. Los narradores chilenos escriben -escribimos- para adentro, como si la novela fuera, en realidad, el largo eco de un poema reprimido. Habría que encontrar, tal vez, ese poema no escrito pero presente en las novelas chilenas. Habría que escribir el poema y algo más; algo que lo niegue.

En cuanto a mí, los libros que he escrito los imaginaba distintos. Pero yo no tengo mucha imaginación: tal vez tengo buena memoria o buena voluntad de memoria, o buena memoria involuntaria. Al escribir Bonsái o La vida privada de los árboles no sabía muy bien qué quería representar. Tal vez nada. Todo lo que puedo decir sobre esos libros es posterior a la escritura, y corresponde, más bien, a la primera y única vez que los leí ya terminados. En ambos libros obedecí al solo deseo de desplegar imágenes que me parecían válidas. Ahora pienso que al escribir esas novelas quería nombrar las vidas medianas y nada novelescas de quienes crecimos leyendo libros de color rojo, beige y café. Ahora pienso que deseaba, quizás, hablar de personajes que no quieren o que no pueden ser personajes, tal vez porque son chilenos. Quizás deseaba hablar de nuestro pobre pasado vegetal, de la impostura, de las frágiles nuevas familias, en fin, de la vida que, como dice John Ashbery, es "un libro cuya lectura alguien ha abandonado", y de la muerte, de los muertos ajenos y de los muertos propios.

Pero tal vez me lo invento. Tal vez me proponía nada más que descubrir, para mí, una prosa pasable. Tal vez hablé de lo que hablé porque no quería o no podía hablar de otra cosa o de otra manera. Toda literatura es, finalmente, una falla. Toda literatura es personal y nacional. Toda literatura lucha contra sí misma, contra lo personal y contra lo nacional, porque, como escribe Henry Miller al comienzo de Black Spring, "lo que no está en medio de la calle es falso, derivado, es decir, literatura".


Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) es autor de dos libros de poesía y de las novelas Bonsái y La vida privada de los árboles, ambas publicadas por Anagrama.
Fuente: El País.

viernes, 29 de agosto de 2008

El Discurso de Barack Obama de anoche en Denver



Definitivamente, uno de los grandes discursos de todos los tiempos:


To Chairman Dean and my great friend Dick Durbin; and to all my fellow citizens of this great nation;

With profound gratitude and great humility, I accept your nomination for the presidency of the United States.

Let me express my thanks to the historic slate of candidates who accompanied me on this journey, and especially the one who traveled the farthest – a champion for working Americans and an inspiration to my daughters and to yours -- Hillary Rodham Clinton.
To President Clinton, who last night made the case for change as only he can make it;
to Ted Kennedy, who embodies the spirit of service;
and to the next Vice President of the United States, Joe Biden,
I thank you. I am grateful to finish this journey with one of the finest statesmen of our time, a man at ease with everyone from world leaders to the conductors on the Amtrak train he still takes home every night.

To the love of my life, our next First Lady, Michelle Obama, and to Sasha and Malia – I love you so much, and I’m so proud of all of you.

Four years ago, I stood before you and told you my story – of the brief union between a young man from Kenya and a young woman from Kansas who weren’t well-off or well-known, but shared a belief that in America, their son could achieve whatever he put his mind to.

It is that promise that has always set this country apart – that through hard work and sacrifice, each of us can pursue our individual dreams but still come together as one American family, to ensure that the next generation can pursue their dreams as well.

That’s why I stand here tonight. Because for two hundred and thirty two years, at each moment when that promise was in jeopardy, ordinary men and women – students and soldiers, farmers and teachers, nurses and janitors -- found the courage to keep it alive.

We meet at one of those defining moments – a moment when our nation is at war, our economy is in turmoil, and the American promise has been threatened once more.

Tonight, more Americans are out of work and more are working harder for less. More of you have lost your homes and even more are watching your home values plummet. More of you have cars you can’t afford to drive, credit card bills you can’t afford to pay, and tuition that’s beyond your reach.

These challenges are not all of government’s making. But the failure to respond is a direct result of a broken politics in Washington and the failed policies of George W. Bush.

America, we are better than these last eight years. We are a better country than this.

This country is more decent than one where a woman in Ohio, on the brink of retirement, finds herself one illness away from disaster after a lifetime of hard work.

This country is more generous than one where a man in Indiana has to pack up the equipment he’s worked on for twenty years and watch it shipped off to China, and then chokes up as he explains how he felt like a failure when he went home to tell his family the news.

We are more compassionate than a government that lets veterans sleep on our streets and families slide into poverty; that sits on its hands while a major American city drowns before our eyes.

Tonight, I say to the American people, to Democrats and Republicans and Independents across this great land – enough! This moment – this election – is our chance to keep, in the 21st century, the American promise alive. Because next week, in Minnesota, the same party that brought you two terms of George Bush and Dick Cheney will ask this country for a third. And we are here because we love this country too much to let the next four years look like the last eight. On November 4th, we must stand up and say: “Eight is enough.”

Now let there be no doubt. The Republican nominee, John McCain, has worn the uniform of our country with bravery and distinction, and for that we owe him our gratitude and respect. And next week, we’ll also hear about those occasions when he’s broken with his party as evidence that he can deliver the change that we need.

But the record’s clear: John McCain has voted with George Bush ninety percent of the time. Senator McCain likes to talk about judgment, but really, what does it say about your judgment when you think George Bush has been right more than ninety percent of the time? I don’t know about you, but I’m not ready to take a ten percent chance on change.

The truth is, on issue after issue that would make a difference in your lives – on health care and education and the economy – Senator McCain has been anything but independent. He said that our economy has made “great progress” under this President. He said that the fundamentals of the economy are strong. And when one of his chief advisors – the man who wrote his economic plan – was talking about the anxiety Americans are feeling, he said that we were just suffering from a “mental recession,” and that we’ve become, and I quote, “a nation of whiners.”

A nation of whiners? Tell that to the proud auto workers at a Michigan plant who, after they found out it was closing, kept showing up every day and working as hard as ever, because they knew there were people who counted on the brakes that they made. Tell that to the military families who shoulder their burdens silently as they watch their loved ones leave for their third or fourth or fifth tour of duty. These are not whiners. They work hard and give back and keep going without complaint. These are the Americans that I know.

Now, I don’t believe that Senator McCain doesn’t care what’s going on in the lives of Americans. I just think he doesn’t know. Why else would he define middle-class as someone making under five million dollars a year? How else could he propose hundreds of billions in tax breaks for big corporations and oil companies but not one penny of tax relief to more than one hundred million Americans? How else could he offer a health care plan that would actually tax people’s benefits, or an education plan that would do nothing to help families pay for college, or a plan that would privatize Social Security and gamble your retirement?

It’s not because John McCain doesn’t care. It’s because John McCain doesn’t get it.

For over two decades, he’s subscribed to that old, discredited Republican philosophy – give more and more to those with the most and hope that prosperity trickles down to everyone else. In Washington, they call this the Ownership Society, but what it really means is – you’re on your own. Out of work? Tough luck. No health care? The market will fix it. Born into poverty? Pull yourself up by your own bootstraps – even if you don’t have boots. You’re on your own.

Well it’s time for them to own their failure. It’s time for us to change America.

You see, we Democrats have a very different measure of what constitutes progress in this country.

We measure progress by how many people can find a job that pays the mortgage; whether you can put a little extra money away at the end of each month so you can someday watch your child receive her college diploma. We measure progress in the 23 million new jobs that were created when Bill Clinton was President – when the average American family saw its income go up $7,500 instead of down $2,000 like it has under George Bush.

We measure the strength of our economy not by the number of billionaires we have or the profits of the Fortune 500, but by whether someone with a good idea can take a risk and start a new business, or whether the waitress who lives on tips can take a day off to look after a sick kid without losing her job – an economy that honors the dignity of work.

The fundamentals we use to measure economic strength are whether we are living up to that fundamental promise that has made this country great – a promise that is the only reason I am standing here tonight.

Because in the faces of those young veterans who come back from Iraq and Afghanistan, I see my grandfather, who signed up after Pearl Harbor, marched in Patton’s Army, and was rewarded by a grateful nation with the chance to go to college on the GI Bill.


In the face of that young student who sleeps just three hours before working the night shift, I think about my mom, who raised my sister and me on her own while she worked and earned her degree; who once turned to food stamps but was still able to send us to the best schools in the country with the help of student loans and scholarships.

When I listen to another worker tell me that his factory has shut down, I remember all those men and women on the South Side of Chicago who I stood by and fought for two decades ago after the local steel plant closed.

And when I hear a woman talk about the difficulties of starting her own business, I think about my grandmother, who worked her way up from the secretarial pool to middle-management, despite years of being passed over for promotions because she was a woman. She’s the one who taught me about hard work. She’s the one who put off buying a new car or a new dress for herself so that I could have a better life. She poured everything she had into me. And although she can no longer travel, I know that she’s watching tonight, and that tonight is her night as well.

I don’t know what kind of lives John McCain thinks that celebrities lead, but this has been mine. These are my heroes. Theirs are the stories that shaped me. And it is on their behalf that I intend to win this election and keep our promise alive as President of the United States.

What is that promise?

It’s a promise that says each of us has the freedom to make of our own lives what we will, but that we also have the obligation to treat each other with dignity and respect.

It’s a promise that says the market should reward drive and innovation and generate growth, but that businesses should live up to their responsibilities to create American jobs, look out for American workers, and play by the rules of the road.

Ours is a promise that says government cannot solve all our problems, but what it should do is that which we cannot do for ourselves – protect us from harm and provide every child a decent education; keep our water clean and our toys safe; invest in new schools and new roads and new science and technology.

Our government should work for us, not against us. It should help us, not hurt us. It should ensure opportunity not just for those with the most money and influence, but for every American who’s willing to work.

That’s the promise of America – the idea that we are responsible for ourselves, but that we also rise or fall as one nation; the fundamental belief that I am my brother’s keeper; I am my sister’s keeper.

That’s the promise we need to keep. That’s the change we need right now. So let me spell out exactly what that change would mean if I am President.

Change means a tax code that doesn’t reward the lobbyists who wrote it, but the American workers and small businesses who deserve it.

Unlike John McCain, I will stop giving tax breaks to corporations that ship jobs overseas, and I will start giving them to companies that create good jobs right here in America.

I will eliminate capital gains taxes for the small businesses and the start-ups that will create the high-wage, high-tech jobs of tomorrow.

I will cut taxes – cut taxes – for 95% of all working families. Because in an economy like this, the last thing we should do is raise taxes on the middle-class.

And for the sake of our economy, our security, and the future of our planet, I will set a clear goal as President: in ten years, we will finally end our dependence on oil from the Middle East.

Washington’s been talking about our oil addiction for the last thirty years, and John McCain has been there for twenty-six of them. In that time, he’s said no to higher fuel-efficiency standards for cars, no to investments in renewable energy, no to renewable fuels. And today, we import triple the amount of oil as the day that Senator McCain took office.

Now is the time to end this addiction, and to understand that drilling is a stop-gap measure, not a long-term solution. Not even close.

As President, I will tap our natural gas reserves, invest in clean coal technology, and find ways to safely harness nuclear power. I’ll help our auto companies re-tool, so that the fuel-efficient cars of the future are built right here in America. I’ll make it easier for the American people to afford these new cars. And I’ll invest 150 billion dollars over the next decade in affordable, renewable sources of energy – wind power and solar power and the next generation of biofuels; an investment that will lead to new industries and five million new jobs that pay well and can’t ever be outsourced.

America, now is not the time for small plans.

Now is the time to finally meet our moral obligation to provide every child a world-class education, because it will take nothing less to compete in the global economy. Michelle and I are only here tonight because we were given a chance at an education. And I will not settle for an America where some kids don’t have that chance. I’ll invest in early childhood education. I’ll recruit an army of new teachers, and pay them higher salaries and give them more support. And in exchange, I’ll ask for higher standards and more accountability. And we will keep our promise to every young American – if you commit to serving your community or your country, we will make sure you can afford a college education.

Now is the time to finally keep the promise of affordable, accessible health care for every single American. If you have health care, my plan will lower your premiums. If you don’t, you’ll be able to get the same kind of coverage that members of Congress give themselves. And as someone who watched my mother argue with insurance companies while she lay in bed dying of cancer, I will make certain those companies stop discriminating against those who are sick and need care the most.

Now is the time to help families with paid sick days and better family leave, because nobody in America should have to choose between keeping their jobs and caring for a sick child or ailing parent.

Now is the time to change our bankruptcy laws, so that your pensions are protected ahead of CEO bonuses; and the time to protect Social Security for future generations.

And now is the time to keep the promise of equal pay for an equal day’s work, because I want my daughters to have exactly the same opportunities as your sons.

Now, many of these plans will cost money, which is why I’ve laid out how I’ll pay for every dime – by closing corporate loopholes and tax havens that don’t help America grow. But I will also go through the federal budget, line by line, eliminating programs that no longer work and making the ones we do need work better and cost less – because we cannot meet twenty-first century challenges with a twentieth century bureaucracy.

And Democrats, we must also admit that fulfilling America’s promise will require more than just money. It will require a renewed sense of responsibility from each of us to recover what John F. Kennedy called our “intellectual and moral strength.” Yes, government must lead on energy independence, but each of us must do our part to make our homes and businesses more efficient. Yes, we must provide more ladders to success for young men who fall into lives of crime and despair. But we must also admit that programs alone can’t replace parents; that government can’t turn off the television and make a child do her homework; that fathers must take more responsibility for providing the love and guidance their children need.

Individual responsibility and mutual responsibility – that’s the essence of America’s promise.


And just as we keep our keep our promise to the next generation here at home, so must we keep America’s promise abroad. If John McCain wants to have a debate about who has the temperament, and judgment, to serve as the next Commander-in-Chief, that’s a debate I’m ready to have.

For while Senator McCain was turning his sights to Iraq just days after 9/11, I stood up and opposed this war, knowing that it would distract us from the real threats we face. When John McCain said we could just “muddle through” in Afghanistan, I argued for more resources and more troops to finish the fight against the terrorists who actually attacked us on 9/11, and made clear that we must take out Osama bin Laden and his lieutenants if we have them in our sights. John McCain likes to say that he’ll follow bin Laden to the Gates of Hell – but he won’t even go to the cave where he lives.

And today, as my call for a time frame to remove our troops from Iraq has been echoed by the Iraqi government and even the Bush Administration, even after we learned that Iraq has a $79 billion surplus while we’re wallowing in deficits, John McCain stands alone in his stubborn refusal to end a misguided war.

That’s not the judgment we need. That won’t keep America safe. We need a President who can face the threats of the future, not keep grasping at the ideas of the past.

You don’t defeat a terrorist network that operates in eighty countries by occupying Iraq. You don’t protect Israel and deter Iran just by talking tough in Washington. You can’t truly stand up for Georgia when you’ve strained our oldest alliances. If John McCain wants to follow George Bush with more tough talk and bad strategy, that is his choice – but it is not the change we need.

We are the party of Roosevelt. We are the party of Kennedy. So don’t tell me that Democrats won’t defend this country. Don’t tell me that Democrats won’t keep us safe. The Bush-McCain foreign policy has squandered the legacy that generations of Americans -- Democrats and Republicans – have built, and we are here to restore that legacy.

As Commander-in-Chief, I will never hesitate to defend this nation, but I will only send our troops into harm’s way with a clear mission and a sacred commitment to give them the equipment they need in battle and the care and benefits they deserve when they come home.

I will end this war in Iraq responsibly, and finish the fight against al Qaeda and the Taliban in Afghanistan. I will rebuild our military to meet future conflicts. But I will also renew the tough, direct diplomacy that can prevent Iran from obtaining nuclear weapons and curb Russian aggression. I will build new partnerships to defeat the threats of the 21st century: terrorism and nuclear proliferation; poverty and genocide; climate change and disease. And I will restore our moral standing, so that America is once again that last, best hope for all who are called to the cause of freedom, who long for lives of peace, and who yearn for a better future.

These are the policies I will pursue. And in the weeks ahead, I look forward to debating them with John McCain.

But what I will not do is suggest that the Senator takes his positions for political purposes. Because one of the things that we have to change in our politics is the idea that people cannot disagree without challenging each other’s character and patriotism.

The times are too serious, the stakes are too high for this same partisan playbook. So let us agree that patriotism has no party. I love this country, and so do you, and so does John McCain. The men and women who serve in our battlefields may be Democrats and Republicans and Independents, but they have fought together and bled together and some died together under the same proud flag. They have not served a Red America or a Blue America – they have served the United States of America.

So I’ve got news for you, John McCain. We all put our country first.

America, our work will not be easy. The challenges we face require tough choices, and Democrats as well as Republicans will need to cast off the worn-out ideas and politics of the past. For part of what has been lost these past eight years can’t just be measured by lost wages or bigger trade deficits. What has also been lost is our sense of common purpose – our sense of higher purpose. And that’s what we have to restore.

We may not agree on abortion, but surely we can agree on reducing the number of unwanted pregnancies in this country. The reality of gun ownership may be different for hunters in rural Ohio than for those plagued by gang-violence in Cleveland, but don’t tell me we can’t uphold the Second Amendment while keeping AK-47s out of the hands of criminals. I know there are differences on same-sex marriage, but surely we can agree that our gay and lesbian brothers and sisters deserve to visit the person they love in the hospital and to live lives free of discrimination. Passions fly on immigration, but I don’t know anyone who benefits when a mother is separated from her infant child or an employer undercuts American wages by hiring illegal workers. This too is part of America’s promise – the promise of a democracy where we can find the strength and grace to bridge divides and unite in common effort.

I know there are those who dismiss such beliefs as happy talk. They claim that our insistence on something larger, something firmer and more honest in our public life is just a Trojan Horse for higher taxes and the abandonment of traditional values. And that’s to be expected. Because if you don’t have any fresh ideas, then you use stale tactics to scare the voters. If you don’t have a record to run on, then you paint your opponent as someone people should run from.

You make a big election about small things.

And you know what – it’s worked before. Because it feeds into the cynicism we all have about government. When Washington doesn’t work, all its promises seem empty. If your hopes have been dashed again and again, then it’s best to stop hoping, and settle for what you already know.

I get it. I realize that I am not the likeliest candidate for this office. I don’t fit the typical pedigree, and I haven’t spent my career in the halls of Washington.

But I stand before you tonight because all across America something is stirring. What the nay-sayers don’t understand is that this election has never been about me. It’s been about you.

For eighteen long months, you have stood up, one by one, and said enough to the politics of the past. You understand that in this election, the greatest risk we can take is to try the same old politics with the same old players and expect a different result. You have shown what history teaches us – that at defining moments like this one, the change we need doesn’t come from Washington. Change comes to Washington. Change happens because the American people demand it – because they rise up and insist on new ideas and new leadership, a new politics for a new time.

America, this is one of those moments.

I believe that as hard as it will be, the change we need is coming. Because I’ve seen it. Because I’ve lived it. I’ve seen it in Illinois, when we provided health care to more children and moved more families from welfare to work. I’ve seen it in Washington, when we worked across party lines to open up government and hold lobbyists more accountable, to give better care for our veterans and keep nuclear weapons out of terrorist hands.

And I’ve seen it in this campaign. In the young people who voted for the first time, and in those who got involved again after a very long time. In the Republicans who never thought they’d pick up a Democratic ballot, but did. I’ve seen it in the workers who would rather cut their hours back a day than see their friends lose their jobs, in the soldiers who re-enlist after losing a limb, in the good neighbors who take a stranger in when a hurricane strikes and the floodwaters rise.

This country of ours has more wealth than any nation, but that’s not what makes us rich. We have the most powerful military on Earth, but that’s not what makes us strong. Our universities and our culture are the envy of the world, but that’s not what keeps the world coming to our shores.

Instead, it is that American spirit – that American promise – that pushes us forward even when the path is uncertain; that binds us together in spite of our differences; that makes us fix our eye not on what is seen, but what is unseen, that better place around the bend.

That promise is our greatest inheritance. It’s a promise I make to my daughters when I tuck them in at night, and a promise that you make to yours – a promise that has led immigrants to cross oceans and pioneers to travel west; a promise that led workers to picket lines, and women to reach for the ballot.

And it is that promise that forty five years ago today, brought Americans from every corner of this land to stand together on a Mall in Washington, before Lincoln’s Memorial, and hear a young preacher from Georgia speak of his dream.


The men and women who gathered there could’ve heard many things. They could’ve heard words of anger and discord. They could’ve been told to succumb to the fear and frustration of so many dreams deferred.

But what the people heard instead – people of every creed and color, from every walk of life – is that in America, our destiny is inextricably linked. That together, our dreams can be one.

“We cannot walk alone,” the preacher cried. “And as we walk, we must make the pledge that we shall always march ahead. We cannot turn back.”

America, we cannot turn back. Not with so much work to be done. Not with so many children to educate, and so many veterans to care for. Not with an economy to fix and cities to rebuild and farms to save. Not with so many families to protect and so many lives to mend. America, we cannot turn back. We cannot walk alone. At this moment, in this election, we must pledge once more to march into the future. Let us keep that promise – that American promise – and in the words of Scripture hold firmly, without wavering, to the hope that we confess.

Thank you, God Bless you, and God Bless the United States of America."

Fuente. El website de Obama

Pato Navia sobre el histórico discurso de Obama de anoche

Pato Navia enviò un mail tremendo con su lectura y sentimiento del gran discurso de Obama anoche (anoche, no "mañana" como Chilevisión acaba de desinformar en su noticiario de mediodía, ¡que rasca la cobertura!), que reproduzco para quienes
no están en su lista de correos.

"Rara vez uno tiene la oportunidad de presenciar momentos históricos. La percepción de los 80 mil asistentes al discurso de aceptación de Obama en Denver, de los millones de estadounidenses que siguieron el discurso desde sus casas por televisión y los millones que alrededor del mundo siguieron el evento era que estaban siendo testigos de un momento histórico: el primer negro nominado a la presidencia por uno de los dos grandes partidos estadounidenses.

Pero Obama hábilmente, reconociendo lo histórico de la ocasión y a sabiendas que su discurso bien pudiera convertirse en un referente para muchas generaciones futuras, dio vuelta el tablero. "Esta elección no es sobre mi. Es sobre ustedes." El político negro se convirtio en politico nacional. El hombre cuya historia y cuyo discurso han inspirado a millones nos recordó que detrás está la gente. El hombre cuya historia representa una reafirmación del sueño americano--sueño tan vilipendeado pero tan inspirador, tan estereotipado pero tan exitosamente repetido, tan difícil de lograr pero tan real para millones de personas--nos recordó que la historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Como en una bien ejecutada sinfonía, Obama mezcló dulzura y firmeza, resolución y determinación, compasión y certeros golpes políticos. Al ironizar sobre las acusaciones republicanas respecto a su condición de estrella de la farándula, Obama nos recordó sus orígenes y los orígenes de su familia. Yo, que me dedico a estudiar esto y que he escuchado demasiado discursos en la vida como para no entender su estructura y no saber que son herramientas políticas, fui seducido por esa invitación a soñar un país y un mundo mejor, por ese llamado a asumir la responsabilidad histórica a que nos enfrentamos como país. Yo, que estuve con Hillary en las primarias, nunca me sentí tan parte de esta nación y tan partícipe del sueño americano. Nunca sentí tanta responsabilidad de dar testimonio de la realidad del sueño americano.

Cuando Obama hablaba de su familia, pensé en mi familia. En mis padres, que hace 21 años se sumaron al sueño americano y emigraron con nosotros, sus cuatro hijos, a Chicago desde un Chile que entonces era un país de enemigos con muy pocas oportunidades para aquellos que no estaban bien conectados. Cuando Obama dijo que llegó a Chicago en un auto cargando todas las pertenencias que entonces tenía al graduarse de Harvard, sentí que su sueño era mi sueño. Y que era el sueño americano.

Cuando Obama hablaba, pensé en mi padre y en mi madre que recién llegados a Chicago y sin saber inglés salían a trabajar todas las mañanas con el entusiasmo de saber que se puede empezar una nueva vida y que si se trabaja arduamente, se abrirán las oportunidades. Cuando Obama hablaba de la educación, pensé en mi hermano chico Benjamín, que todas las mañanas iba conmigo a tomar el bus amarillo que nos llevaba al high school y en su cara de sorpresa, susto y risa, cuando nuestros compañeros de bus dejaban en claro las diferencias culturales y sociales. Cuando Obama habló de la familia, pensé en mis cinco sobrinos, nacidos todos en Estados Unidos. Sus historias no son tan distintas a la de Obama. Cualquiera podría llegar a presidente de Estados Unidos. Pero mejor aún, todos podrán gozar del derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

La campaña va a ser dura y difícil. Las dudas, los temores y las descalificaciones abundarán. Pero lo que hizo Obama el jueves por la noche en Denver fue inspirador, constituyó una reafirmación del sueño americano y un compromiso con el mundo y con futuras generaciones de estadounidenses a mantener y fortalecer ese sueño de oportunidades, de igualdad de derechos y de valores democráticos.

Sólo en Estados Unidos un hombre nacido en las condiciones de Obama puede llegar democráticamente a la presidencia. El sueño americano, de inclusión social y oportunidades--debilitado en años recientes, insuficientemente amplio y marcado por la discriminación y el racismo--es una causa a defender y un objetivo por el que vale la pena luchar.

Aquellos que, además se sentirnos profundamente partícipes y beneficiaron de este sueño americano, también somos parte de otros países y otras sociedades, podemos ver en Obama una causa de inspiracion. En Chile nos merecemos líderes como Obama, que entiendan que las elecciones son sobre la gente y no sobre ellos mismos. En Chile nos merecemos un sueño chileno de igualdad de oportunidades, derechos y también responsabilidades individuales y colectivas. Los chilenos merecemos un país de oportunidades donde todos tengan igual acceso a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

El inspirador discurso de Obama confirmó mi profunda y orgullosa pertenencia a esta sociedad americana. Pero también reafirmó mi compromiso con mi otra sociedad, la de Chile, donde el sueño nacional está todavía por construir y donde la igualdad de oportunidades sigue siendo un ideal lejano pero también posible.

En estos últimos años, en Chile hemos avanzado mucho. Somos como el pueblo de Israel que, habiendo cruzado el desierto, está acampando frente a la tierra prometida, donde fluye leche y miel. Muchos han logrado cruzar, algunos temporalmente, y saben que fluye leche y miel. Pero así como Moisés, el líder que sacó al pueblo de Egipto, no fue capaz de cruzar el río Jordán hasta la tierra prometida, nuestros líderes actuales parecen incapaces de entender y asumir el desafío. Necesitamos un sueño de país, un líder que de la señal para marchar, todos juntos, a construir un país de más derechos, más libertad, más oportunidades. Una sociedad donde todos puedan individual y colectivamente buscar la felicidad.

Pato Navia."

Barack en Denver, según el NYT


La cobertura del discurso según el New York Times:

"DENVER — Barack Obama accepted the Democratic Party presidential nomination on Thursday, declaring that the “American promise has been threatened” by eight years under President Bush and that John McCain represented a continuation of policies that undermined the nation’s economy and imperiled its standing around the world.
The speech by Senator Obama, in front of an audience of nearly 80,000 people on a warm night in a football stadium refashioned into a vast political stage for television viewers, left little doubt how he intended to press his campaign against Mr. McCain this fall.

In cutting language, and to cheers that echoed across the stadium, he linked Mr. McCain to what he described as the “failed presidency of George W. Bush” and — reflecting what has been a central theme of his campaign since he entered the race — “the broken politics in Washington.”

“America, we are better than these last eight years,” he said. “We are a better country than this.”

But Mr. Obama went beyond attacking Mr. McCain by linking him to Mr. Bush and his policies. In the course of a 42-minute speech that ended with a booming display of fireworks and a shower of confetti, he offered searing and far-reaching attacks on his presumptive Republican opponent, repeatedly portraying him as the face of the old way of politics and failed Republican policies.

He said Mr. McCain was out of touch with the problems of everyday Americans. “It’s not because John McCain doesn’t care,” he said. “It’s because John McCain doesn’t get it.”

And he went so far as to attack the presumed strength of Mr. McCain’s campaign, national security. “You know, John McCain likes to say that he’ll follow bin Laden to the gates of hell, but he won’t even follow him to the cave where he lives,” he said.

The speech loomed as arguably Mr. Obama’s most important of the campaign to date. It was an opportunity to present himself to Americans just now beginning to tune in on this campaign, to make the case against Mr. McCain and to offer what many Democrats say he has failed to offer to date: an idea of what he stands for, beyond a promise of change.

To that end, he emphasized what he described as concrete steps he would take to address the anxieties of working-class Americans, promising tax cuts for the middle class and pledging to wean the country from dependence on Middle East oil within 10 years to address high fuel prices.

With the speech, Mr. Obama closed out his party’s convention here and prepared for a quick shift of public attention to the Republicans as Mr. McCain moved to name his running mate and his party got ready for its convention in St. Paul on Monday.

He delivered it in a most unconventional setting, becoming the third nominee of a major party in the nation’s history to leave the site of his convention to give his acceptance speech at a stadium. In this case, it was Invesco Field, set against the Rockies and about a mile from the arena where he had been nominated the night before. His aides chose the stadium to signal a break from typical politics and to permit thousands of his supporters from across the country to hear him speak.

And it came on a night that offered — by the coincidence of scheduling — a reminder of the historic nature of the Obama candidacy: 45 years to the day after the Rev. Dr. Martin Luther King Jr. delivered his “I Have a Dream” speech on the Mall in Washington. Mr. Obama is the first African-American to be nominated for the White House by a major party, a fact that, for all its significance, has been barely mentioned over the course of this four-day gathering.

Even in invoking the anniversary of the King speech, Mr. Obama only alluded to race. But he quoted a famous phrase from Dr. King’s address to reinforce a central theme of his own speech. “America, we cannot turn back,” Mr. Obama said. “Not with so much work to be done.”

Obama. 45 años después del dr. Luther King

jueves, 28 de agosto de 2008

La cobertura de la Convención por el Daily Show de John Stewart

Marta Lagos sobre la Convención demócrata y la política chilena, hoy en Cartas al director de Elmer

Jueves 28 de Agosto de 2008
Democracia y políticos

Señor Director:

La convención del Partido Demócrata para proclamar a su candidato es un ejemplo brutal de una democracia en la que nadie se puede dar gustos personales. Lo más fantástico de la democracia de EE.UU. es que uno sabe lo que va a pasar, no hay cambio de mecanismo, no hay quienes no cumplan con las reglas, no hay imprevistos. Ahí, los electores son los que mandan. Ellos deciden quién es candidato.

Aquí en Chile no. Aquí deciden otros, no los electores. Deciden las encuestas, deciden los partidos, pero no decide la gente. Y, lo que es peor, deciden sobre la base de mecanismos que se hacen sobre la marcha. Ojalá Chile tuviera mecanismos conocidos y estables para elegir a sus candidatos. Estaríamos viviendo otro tipo de democracia si así fuera.

Ni siquiera hay consenso sobre el número de años que debe durar el Presidente; ahora de nuevo quieren cambiarlo. Imagínense qué dirían los inversionistas si cambiaran los mecanismos de selección y permanencia de los directores del Banco Central cada tanto. Pero claro, eso no lo haría nadie porque dañaría la economía.

Marta Lagos
MORI ( Chile) S.A.

Hillary Clinton: "No Way, No How, No McCain"

"¿Votaron por mí o por los principios que defendimos?"
Y prosiguió con una clara referencia a Harriet Tubman, quien siendo esclava afroamericana, en la época de la guerra civil de Estados Unidos, escapó de su cautiverio y se dedicó a liberar a sus pares. "Si oyes a los perros, sigue adelante; si ves las antorchas en el bosque, sigue adelante; si te gritan, sigue adelante. No pares, sigue adelante. Si quieres probar la libertad, sigue adelante".
Y remachó Hillary. "Incluso en los momentos más oscuros, los estadounidenses comunes han encontrado fe para seguir adelante".
Chúpate esa naranjita! Tremendo discurso.

Bill Clinton en la Convención Demócrata, Denver, Co.

martes, 26 de agosto de 2008

Ted Kennedy: Discurso Historico en la Convención Demócrata en Denver

Como anota Factor 2008, este es el último mohicano, el heredero de Camelot que le pasa el bastón a Obama.

Es un símbolo, valuarte, mito, pieza de historia del Partido Demócrata. Y se va a morir: lo operaron de un tumor cerebral maligno y, bueno, las lágrimas de los que lo escucharon en la Convención Nacional Demócrata hicieron patente algo que nadie dijo tan directamente. En un discurso que por lo mismo puede pasar a la historia, el sendador Edward Kennedy habló de "los vientos de cambio", comparó a Obama con su hermano con su hermano John F. Kennedy y remató con una referencia a su discurso de la convención de 1988, cuando perdió amargamente contra Jimmy Carter. "El sueño nunca morirá", fue su frase de entonces. "El sueño vuelve a vivir", dijo ahora.


domingo, 24 de agosto de 2008

poemazos y foto de Bertoni, nuestro candidato al Nacional


“Es tan corta la minifalda
Y es tan largo el olvido”

-“Una vez más”, Jóvenes Buenas Mozas (02).

"no estoy en el poder
estoy en el paradero

no estoy en el poder
estoy en la micro

no estoy en el poder
estoy en una cola de chilectra

no estoy en el poder
estoy en una sala de espera

no estoy en el poder
estoy subiendo a una micro

no estoy en el poder
estoy bajando de una micro

no estoy en el poder
estoy haciendo cola

no estoy en el poder
estoy en una fuente de soda
tomándome una malta

no estoy en el poder
estoy en una fuente de soda
comiéndome un completo

no estoy en el poder
estoy en una fuente de soda
viendo el festival de la una
en un televisor motorola."

de "De vez en cuando" (1998)

Jamás lo olvidaré
dejaste que te comprara
sostenes calzones y una
escobilla para el pelo
además de invitarte a
almorzar al Naturista
y como si eso fuera poco
a la salida me pediste
una crema humedecedora
para estar suavecita
para el hijo de puta que
te correría mano ese mismo
día a las seis de la tarde.
Más y más turbación
Llego y
me masturbo
¿Que más
puedo hacer?
Me alivia
eyacular
fuera de ti.
No dártelo
todo a ti
todo el tiempo.
Y no es
una masturbación
cualquiera
-como
la de la vaca
lechera-
Es
una masturbación
ausente
.......... sin sentido de culpa
.................................... sin curas
sin religión
............. sin sexo casi.
Es
una guerra
contra ti.
Me
tengo
que defender
de alguna manera
Y
me
masturbo
mirando
a una
modelo
italiana
.......... -la sensualitá
.......... under 20-
parecida
a ti.

Lihn sobre Bertoni: "“Su poesía hecha de fragmentos de un diario incesante -work in progress- de un implosivo, explosivo y acumulativo proceso de maduración, calla porque se mueve, casual y libremente, en el mundo de las relatividades (..."del revoltijo y la mentira") negándose a la falsedad de la trascendencia y de ciertos saberes fraudulentos. Excomunión de la pedantería, destierro de la gravedad, color local cambiante a tono con sus obsesiones errátiles, egotismo del antiego, con los ingredientes fecales del lenguaje”.

Praise you, por Fatboy Slim

Desde la primera vez que ví este video, incluida la vez que presentaron la coreografía en vivo en alguna entrega de premios MTv, creo, me ha parecido que hay algo aquí que plantea una definición estética. Sólo que no sé bien qué es.

jueves, 21 de agosto de 2008

miércoles, 20 de agosto de 2008

Accidente de avión en aeropuerto de Barajas


Nube de humo en el lugar del accidente inmediatamente después de que el avión de Spanair se estrellara y se incendiara. Mientras tanto, un avión de otra compañía aterriza en otra pista del aeropuerto. Foto (CC) Nacho Palou.-

Desde Microsiervos.

viernes, 15 de agosto de 2008

Apuntes de teoría política

“Nadie entra en pánico cuando las cosas van de acuerdo al plan. ¡Incluso aunque el plan sea horrible!”

El Guasón a Harvey Dent, en El Caballero de la Noche.

(Post publicado sólo si alguien no lo vío en el sitio de su autor, Daniel Villalobos, porque me pareció genial la lectura política de batman que logra)

jueves, 14 de agosto de 2008

sobre el verdadero rostro de Da Vinci (va en alemán)

Desde Microsiervos:

Siegfried Woldhek es un artista especializado en retratos y caricaturas, que realizó un estudio sobre las aproximadamente 700 imágenes de personas dibujadas por Leonardo Da Vinci, en busca de algún autorretrato que mostrara el verdadero rostro del artista (el más conocido tal vez, el del anciano de la derecha, se ha considerado siempre solo un posible autorretrato de Leonardo).

Su presentación es tan espectacular como profunda, tanto por cómo condensa las ideas que está como por el método empleado. Te deja la sensación de que cualquiera podría haber hecho el hallazgo histórico. (Se hizo pública en febrero de este año).


domingo, 10 de agosto de 2008

Juan Bustos, por Carlos Peña


"Juan Bustos -como muchos de su generación- se las vio de cerca con la muerte varias veces. Padeció la Operación Cóndor (esa fantasía de represión continental que abrigó alguna vez Manuel Contreras), estuvo exiliado (una experiencia que los antiguos consideraban apenas inferior a la de morir), y ejerció de abogado de derechos humanos (representó a deudos de muertos sin sepultura). Fue un jurista de nota (tradujo a Welzel, escribió tratados de derecho chileno y español, redactó monografías, formó discípulos, nunca abandonó a sus alumnos) y ejerció de político activo.

Juan Bustos hizo bien todas esas cosas, y al hacerlas estuvo siempre acompañado de una sonrisa modesta y veraz.

Si hay algún jurista chileno de genuina repercusión internacional -citado como autoridad, invocado en la literatura internacional, revisado una y otra vez a la hora de fallar, presente aquí y allá en notas a pie de página, amueblando la memoria de los estudiantes de derecho- ese es Juan Bustos. En Chile sobran los leguleyos, abundan los abogados, juristas hay pocos; juristas de excepción, apenas dos o tres.

Uno de ellos fue Juan Bustos.

Sin él, la doctrina acerca de la amnistía y los derechos humanos -huérfana de reflexión- se habría deslizado con premura hacia las soluciones fáciles. Pero él -que sabía eso de Weber, según lo cual "en este mundo no se consigue nunca lo posible, si no se es capaz una y otra vez de perseguir lo imposible"- lo impidió usando las armas de la inteligencia y de la persuasión. Si Chile se ha mantenido alerta en esta materia -y se ha resistido a renunciar a la justicia, aunque esa renuncia venga disfrazada de ética de la responsabilidad- es gracias a personas como Juan Bustos.

Y es que él fue un jurista que supo que los rigores de la ciencia y de la reflexión no reñían con el compromiso ciudadano.

Durante su vida probó que los deberes del académico no son inconsistentes con el compromiso político, que es posible acuñar ideas y defender intereses, escribir reflexivamente y tener pasiones ideológicas, asumir convicciones firmes y ser capaz de dudar, reflexionar con rigor sin que eso sea un pretexto para abandonar la acción política; saber que las cosas son difíciles, pero sin que ello disminuya el empeño de conseguirlas; estar advertido que la realidad es indócil, pero mantener la determinación de triunfar.

En suma, Juan Bustos demostró que es posible ser -sin contradicción y de una sola vez- un intelectual imparcial y un ciudadano comprometido, un académico riguroso y un político activo.

En un país donde sobran los que creen que la imparcialidad intelectual obliga a ser neutral, la prudencia a suspender el juicio, el equilibrio a no decir nada, la cultura a pronunciar vaguedades, la reflexión a un si es no es permanente, la bondad a ser perdonavidas, la independencia a la indiferencia cívica, la amistad a cuidar las redes como hueso santo, y el prestigio a no quebrar ni un huevo, alguien como Juan Bustos es un ejemplo y es un regalo.

Con su muerte -están disparando cerca, dirán muchos- principia a abandonar la escena toda una generación. Esa que se dejó inflamar por los excesos ideológicos, que olvidó que las palabras a veces son armas cargadas, que sufrió los rigores de la derrota, que luego se curó de espanto y que, a regañadientes y todo, ha impulsado la modernización de nuestro país.

Juan Bustos perteneció, de alguna forma, a esa generación de izquierda a la que los éxitos de estas dos décadas le saben a poco y a veces incomodan, pero a cuya consecución contribuyó de manera decisiva. Esa izquierda que ha sabido combinar el compromiso emocional que debemos al pasado, con los desafíos racionales del presente.

Esa izquierda que supo -no fue fácil aprenderlo- que en este mundo hay que escoger y que, al escoger, algo se pierde."

lunes, 4 de agosto de 2008

Falleció Alexandr Solzhenitsin


El escritor ruso Alexandr Solzhenitsin, premio Nobel de Literatura en 1970, ha fallecido este domingo en su casa de Moscú a los 89 años de edad por una insuficiencia cardiaca, según informó su hijo Stepán a la agencia oficial rusa Itar-Tass.
Nacido en Kislovodsk, Rusia, el 11 de diciembre de 1918, Solzhenitsin reveló al mundo la realidad de los campos de concentración soviéticos en obras como Un día en la vida de Iván Denisovich (1962), El primer círculo(1968), y Archipiélago Gulag, un análisis documentado del sistema de prisiones soviético, el terrorismo y la policía secreta, publicado en Francia en 1973, por el que privado de la ciudadanía soviética en 1974. Su más reciente libro, 200 años juntos, fue publicado en 2001, un polémico ensayo sobre la difícil convivencia entre rusos y judíos.

Desde entonces vivió en Alemania, Suiza y Estados Unidos, antes de volver a su país natal en 1994, tras la caída de la URSS. De regreso, Solzhenitsin disfrutó del reconocimiento ruso y fue condecorado "por sus tareas humanitarias" por el Kremlim, con Vladimir Putin en la presidencia, con el Premio Estatal de Rusia, una de las más importantes distinciones de su país.

Poco después de conocerse la noticia, el presidente ruso, Dimitri Medvédev, presentó sus condolencias a la familia, según informó la portavoz del Kremlin, Natalia Timakova-

Poeta en el Gulag

"En aquellos momentos era libre y feliz. ¿Pero cómo escribir en un Campo Especial? Korolenko cuenta que había escrito también en la cárcel; sin embargo, ¡la de normas que allí había! Escribía con un lápiz (¿por qué no se lo habían confiscado al romper las costuras de su ropa?) que guardaba en los rizos de su cabello (¿y por qué no lo habían rapado al cero?), escribía en medio del ruido (podía dar gracias de tener donde sentarse y poder estirar las piernas). Tantos eran los privilegios, que podía guardar sus manuscritos y mandarlos al exterior (¡esto es lo que resulta particularmente incomprensible a ojos de un contemporáneo nuestro!).

Aquí no puedes escribir de esta manera, ni siquiera en los campos. (Incluso una lista de nombres para una futura novela era muy peligrosa: ¿serían las listas de una organización? Yo anotaba únicamente la raíz en forma de sustantivo o convirtiéndola en adjetivo). La memoria era el único escondrijo donde se podía guardar lo escrito, donde hacerlo pasar a través de cacheos y traslados. Al principio tenía poca fe en las posibilidades de la memoria, y por eso me decidí a escribir en verso. Lo cual, naturalmente, era una violación de las leyes del género. Más tarde descubrí que tampoco la prosa se comprimía mal en las misteriosas profundidades que llevamos en la cabeza. Liberada del peso de frívolos e inútiles conocimientos, la memoria del preso impresiona por su capacidad, y es susceptible de ampliarse sin cesar. ¡Tenemos poca confianza en nuestra memoria! Pero, antes de aprender algo de memoria, se siente el deseo de anotarlo y ultimarlo en el papel.

En el campo se puede poseer lápiz y papel, pero está prohibido guardar lo escrito (a no ser que fuera un poema sobre Stalin). Y si no te has enchufado en la Sección Sanitaria, o chupas de la KVCh, debes pasar el cacheo mañana y tarde en el puesto de guardia. Decidí escribir pequeños pedazos de 12 a 20 líneas, y una vez ultimadas, aprenderlas de memoria y quemarlas. Me propuse firmemente no confiar en el simple rasgado del papel. En las prisiones, todo el trabajo de composición y pulido de los versos debía hacerse mentalmente. Luego rompía trocitos de cerilla y los disponía en dos hileras sobre la pitillera, 10 unidades y 10 decenas, y mientras recitaba en mi interior mis versos, cambiaba de lugar un trozo de cerilla por cada verso. Trasladadas 10 unidades, cambiaba de lado una cerilla de las decenas. (Pero incluso ese trabajo era preciso hacerlo con precaución: un movimiento tan inocente como ése, acompañado de labios susurrantes o de una expresión particular del rostro, podía suscitar las sospechas de los chivatos. Yo procuraba mover las cerillas aparentando una total distracción).

Memorizaba de un modo especial cada quincuagésimo verso, y cada centésimo, como puntos de referencia. Una vez al mes repetía todo lo que había escrito. Si al hacerlo resultaba que el verso quincuagésimo o centésimo no era el debido, repetía el procedimiento una y otra vez hasta encontrar los versos fugitivos que se habían escurrido. En la prisión de tránsito de Kúibyshev vi que los católicos (los lituanos) estaban ocupados fabricando rosarios de artesanía carcelaria. Hacían las cuentas con pan mojado y amasado, las pintaban (de negro con goma quemada, de blanco con polvos dentífricos y de rojo con sulfanilamida roja), las enhebraban, aún húmedas, en hilos retorcidos y enjabonados, y las ponían a secar en la ventana. Me uní a ellos y les dije que también quería rezar con un rosario, pero que, por las peculiaridades de mi fe, era preciso disponer de 100 cuentas dispuestas en círculo (después ya comprendí que bastaba con una veintena, que incluso era más práctico, y me las hice yo mismo con tapones de corcho), y que cada décima cuenta no debía ser esférica, sino cúbica, y además debían distinguirse al tacto la quincuagésima y la centésima.

Los lituanos quedaron impresionados por mi fervor religioso (los más piadosos no llevaban más de 40 cuentas), pero me ayudaron con cordial simpatía a componer el rosario haciendo la centésima cuenta en forma de un pequeño corazón rojo oscuro. En adelante, nunca me separé de ese maravilloso regalo, lo utilizaba como medida y lo palpaba dentro de la amplia manga invernal al formar para el trabajo, en el trayecto y en todas las esperas, cosa que podía hacer de pie sin que la helada fuera un obstáculo. Y lo pasé en los cacheos en el interior de una manga guateada, donde no se podía apreciar al palpar. Los vigilantes me lo encontraron algunas veces, pero figurándose que era para rezar, me lo devolvían. Ese collar me ayudó hasta el final de mi condena (cuando ya tenía acumulados 12.000 versos), y después, en el confinamiento, me ayudó también a escribir y a recordar.

Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Cuanto más largo es lo escrito, más días de cada mes se come la recitación. Las recitaciones son particularmente nefastas en el sentido de que lo escrito se te hace familiar y te impide advertir lo que tiene de fuerte y de flojo. La primera variante, que además has admitido a toda prisa para quemar cuanto antes el texto, continúa siendo la única. No puedes permitirte el lujo de dejarla aparte unos cuantos meses, olvidarla y luego volver a mirarla con ojos frescos y críticos. Por eso no es posible escribir verdaderamente bien. Tampoco era posible demorar la quema de los pedazos de papel. Tres veces me pillaron de pleno con ellos, y sólo me salvé porque nunca escribía en el papel las palabras más peligrosas: las sustituía por guiones. Un día estaba tendido en la hierba, apartado de todos, demasiado cerca de la alambrada (para estar más tranquilo), y escribía camuflando el pedazo de papel dentro de un librito. El vigilante jefe, El Tártaro, se acercó sigilosamente por detrás y consiguió advertir que no leía, sino que escribía.

-¡A ver! -me exigió el pedazo de papel. Me levanté helado y le entregué el papel. Decía: "Obtendremos el reintegro debido, De todo lo que otrora se nos sustrajo. Cinco días a pie, no lo olvido, De Osterod a Brodnica conducidos Por una de t y k". Si hubiera escrito "escolta" y "tártaros" con todas las letras, El Tártaro me habría arrastrado hasta el óper y me habrían tirado de la lengua. Pero los guiones eran mudos: "Por una ______ de t ______ y k ______". Cada uno con su modo de ver las cosas. Yo temía por el poema, y él pensaba que estaba dibujando el plano de las alambradas y preparaba una evasión. Sin embargo, frunciendo el ceño, volvió a leer lo que había encontrado. "Nos llevó" le daba ya algo que pensar. Pero lo que le hizo trabajar particularmente las meninges fue lo de los "cinco días". Yo no había pensado siquiera qué asociación de ideas podían suscitar: "cinco días" era una locución estándar de los campos, así se daba la orden de calabozo.

-¿A quién le han metido cinco días? ¿De quién se trata? -inquirió hoscamente. A duras penas conseguí convencerle (con la ayuda de los nombres de Osterode y de Brodnica) de que estaba recordando un poema escrito por otro en el frente y que no podía recordar todas las palabras.

-¿Y para qué quieres recordarlo? ¡No está permitido recordar! -me previno con aire taciturno-. ¡Si te vuelvo a encontrar aquí echado, ya verás...! Al contarlo ahora, parece un suceso sin importancia. Pero entonces, para un esclavo insignificante, para mí, era un inmenso suceso: me veía privado de tumbarme lejos del ruido, y si me pillaba una vez más aquel mismo Tártaro con otro verso, podían perfectamente incoarme un expediente y reforzar la vigilancia sobre mí. ¡Pero ya no podía dejar de escribir...!

En otra ocasión alteré mi costumbre: durante el trabajo escribí de una vez unas sesenta líneas de una obra teatral (Pir pobedítelei), y no pude salvar la hojita al entrar en el campo. Cierto que también había puesto guiones en lugar de muchas palabras. El vigilante, un joven bonachón de gruesa nariz, contempló su botín con asombro:

-¿Una carta? -preguntó. (Entrar una carta en la obra olía sólo a calabozo. ¡Pero habría parecido una "carta" muy rara si se la entregaban al óper!).

-Es para el teatro de aficionados -dije con descaro-. Estoy recordando una obra. Venga a verla cuando la pongamos en escena.

El joven miró y remiró el papel y mi persona, y dijo:

-¡Sano, pero tonto! Y rompió mi hojita en dos pedazos, en cuatro, en ocho. Me asustó que pudiera arrojarlos al suelo, pues los fragmentos aún eran grandes y estábamos ante el cuerpo de guardia, y podían ir a parar a un jefe más observador, incluso, más allá, a Machejovski en persona, el jefe de régimen disciplinario, que a unos cuantos pasos de nosotros observaba cómo se desarrollaba el cacheo. Pero, por lo visto, tenían orden de no ensuciar el terreno ante el cuerpo de guardia, para no haber de barrerlo ellos mismos, y el vigilante depositó los pedazos en mi mano como en una urna. Franqueé el portal y me apresuré a echarlos en la estufa. La tercera vez tenía en mi poder un extenso fragmento de poema que todavía no había quemado; pero mientras trabajaba en la construcción del BUR no pude contenerme y escribí además El albañil. En aquellos días no salíamos de la zona y, por tanto, no pasábamos por los cacheos personales diarios.

El albañil ya tenía tres días cuando salí a oscuras del barracón, inmediatamente antes del control, para repetirlo por última vez y quemarlo acto seguido. Buscaba el silencio y la soledad, y por ello me acerqué al límite de la zona olvidando que no estaba lejos del lugar donde, no hacía mucho, Tenno se había fugado por debajo de la alambrada. Un vigilante, por lo visto, acechaba agazapado; me cogió enseguida por el cuello y me condujo al BUR en la oscuridad. Aprovechando la negrura, estrujé con cuidado mi Albañil en el bolsillo y lo arrojé al azar, a mi espalda. Soplaba un poco de viento, y el vigilante no oyó ni el crujido ni el susurro del papel. Pero aún llevaba conmigo el otro fragmento de poema, y eso lo había olvidado por completo. En el BUR me registraron y me encontraron un trozo que trataba del frente (de Noches prusianas) que por suerte no contenía nada delictivo. El jefe del turno, un sargento primero que sabía leer y escribir perfectamente, lo leyó:

-¿Qué es esto?

-¡Tvardovski! -respondí yo con firmeza-. Vasili Tiorkin. (¡Por primera vez se cruzaban nuestros caminos, el de Tvardovski y el mío!).

-¡Tvardo-ovski! -asintió respetuosamente el sargento-. ¿Y por qué lo llevas?

-Es que no hay libros. Yo lo recuerdo y de vez en cuando lo leo.

Me confiscaron un arma: media hoja de afeitar, y me devolvieron el poema, y si me hubieran soltado, aún habría corrido a buscar El albañil. Pero en aquel momento ya habían terminado de pasar lista y no se podía deambular por la zona. El vigilante me condujo al barracón y me encerró en él. Aquella noche dormí mal. Fuera se había desencadenado un viento huracanado. ¿Adónde habría podido llegar la bolita de papel de mi Albañil?"

Alexandr Solzhenitsin