domingo, 8 de julio de 2007

Chacarillas

Enb youtube, chacarillas es un video que no se puede comentar ni copiar. Sólo citar. En La Nación, resulta que nadie fue a chacarillas.
Peña les (nos) recuerda hoy:
"La muerte de Osvaldo Romo, ese gordo estrábico que no nos ahorró ninguna dimensión ni de la crueldad ni del horror, casi coincide con la celebración de los treinta años de Chacarillas, uno de los actos más cursi de todos los que perpetró la dictadura.

Y es que el horror y la cursilería, al menos en la política, están emparentados.

Como deben recordar quienes enarbolaron antorchas ese día -al hacerlo los debe invadir un leve temblor de emoción y de nostalgia-, mañana se cumplen treinta años exactos desde que Pinochet, aconsejado sin duda por uno de sus orejeros de entonces, decidió subir a setenta y siete jóvenes a una de las cumbres del San Cristóbal. Cada uno de ellos representó a alguno de quienes habían muerto en la batalla de La Concepción. Entre esos héroes de una noche, hubo de todo. Liberales que no sabían entonces que eran liberales, cantantes que gorgoreaban, dirigentes estudiantiles bien portados y de misa dominical, tenistas de fin de semana, animadores de televisión relamidos, locutoras que ya nadie recuerda, cantantes de shows de sábados por la tarde, dirigentes de la UDI de entonces y de ahora.

Esa noche, Pinochet -la gorra más alta que lo habitual, el abrigo largo que estilizaba su figura, la barriga a raya gracias a la faja y la respiración contenida, la sonrisa remendada para ocultar las tapaduras de oro que usaba de teniente- los saludó uno por uno. A las mujeres de un beso en la mejilla, a los hombres con un fuerte apretón de manos. A todos les regaló una mirada sostenida a los ojos, como transmitiéndoles un mensaje oculto. Acompañaron al general, en primera fila, dos o tres funcionarios -Vial, Novoa- que se arroparon como si supieran, ya entonces, que algún día deberían negarlo. Juan Antonio Coloma, en esos años lleno de rizos, y cubierto con un gamulán que le acortaba aún más el cuello y le acentuaba ese aspecto de adolescente glotón, leyó un discurso en llamas en el que él, y cada uno de los setenta y seis restantes que sostenían en ese momento una antorcha, se comprometía a luchar contra el comunismo internacional.

Ninguno de ellos, claro, sabía nada de nada de los horrores que por esos mismos días se estaban cometiendo.

Los sabían la Iglesia, los abogados, los jueces, la prensa censurada, los estudiantes universitarios, la policía, se comentaban en los pasillos de la Católica; pero ellos preferían no saber y cerraban los ojos, mientras sostenían la antorcha, inflamados de emoción por ese premio, cuya estética estaba a la altura de los de Viña, nada menos. Todavía atesorarán la medalla junto con otros galvanos que recibieron por esos días y, cogiéndola con cuidado, para no estropear el brillo del bronce, la mostrarán hoy, después de misa y aprovechando el almuerzo dominical, a sus hijos, y mañana a sus nietos, recordando con los ojos húmedos, y sin poder reprimir el leve calambre de la nostalgia, esa noche en la que fueron héroes y se dejaron seducir por la cursilería del régimen, y todo ello mientras "el Guatón" Romo -ese turnio cruel- comenzaba sus días en Brasil, luego de haber violado, torturado, escupido, humillado y hecho desaparecer a otros tantos jóvenes parecidos a esos que enarbolaban, esa noche, una antorcha en Chacarillas.

¿Tiene sentido reprocharles a esos cincuentones de hoy haber participado en ese acto cuya aura fascista es difícil ocultar incluso después de tanto tiempo?

En principio pareciera que no hay nada que reprochar. Si Heidegger se dejó seducir por la crueldad de un cabo, ¿qué podríamos esperar de estos otros jóvenes a duras penas alfabetizados por Jaime Guzmán que subieron un cerro un día nueve de julio de 1977? Si incluso el Papa -él, que es casi un santo- formó parte de las juventudes hitlerianas, ¿qué podríamos esperar de este otro puñado de pecadores que estudiaban, si estudiaban, en la Universidad Católica, y se ponían a las órdenes no de un cabo histérico, sino apenas de un dictador latinoamericano que, según se creyó hasta hace poco, más encima era austero?

Es cierto que de esos jóvenes podíamos esperar poco y era obvio que, emborrachados por la gestualidad y los temores de esos años, iban a caer hipnotizados.

Pero si no pudimos esperar nada de los jóvenes de esos años, sí podemos esperar algo de los adultos y de los dirigentes en que se han convertido hoy.

Podemos esperar, por ejemplo, alguna conciencia del horror en el que participaron, algún sentido de culpa por la omisión en que incurrieron, alguna noticia de la ceguera que se dejaron padecer, siquiera algún pudor por la fealdad moral de la que fueron parte. Algo. Apenas una seña. Una mirada retrospectiva que nos indique un sentimiento acerca de ese horror que, por esos mismos días del cerro, los empleadores del "Guatón" Romo seguían cometiendo; un simple recuento, siquiera pudoroso, de los cadáveres que tienen ocultos en el armario y que llevan, aunque se hagan una y otra vez los lesos, bien embalados en algún rincón de la memoria.

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