miércoles, 4 de marzo de 2009

La Vida Por Delante: Marta Rivas, Sobreviviente

Por cosas de la web, encontré recién una columna escrita en julio del año pasado por por Rafa Gumucio cuando murió su abuela, y es tan bella que no resisto ponerla en medio de los lagrimones que se me caen:

"Mi abuela, Marta Rivas González, murió el sábado 5 de julio a las tres de la mañana. Mi abuela, que era sólo palabras, que respiraba, bailaba, dormía, comía y bebía en ellas, se quedó sin la capacidad de decir más que algunos garabatos de vez en cuando y murmurar un especie de melodía interminable. De alguna forma fue una bendición que así fuera. Le habría cargado saber lo mucho que se resistió a la muerte. “Vivir mucho es una rotería sin nombre”, decía siempre. Decía también que la vejez era un exilio. Sabía ella más que nadie de exilios. Lo había sido dos veces, en 1927 con Ibáñez, y en 1973 con Pinochet.

La conocí yo en ese segundo exilio. Vivía por entonces, ella que había pasado su infancia en casas de tres patios, hoteles de lujo y departamento incrustado en el teatro Marcello de Roma, en un estudio que consistía en una sola gran habitación con un pequeño clóset donde dormía mi abuelo. No debía tener todo el departamento, incluido la terraza, más de cuarenta metros cuadrados. Quedaba al final de un escalera empinada que mi abuela limpiaba y encerraba ella misma una vez al mes. Nunca se quejó. Los exilios sucesivos le habían enseñado lo provisorio de todo. “Uno se compra una casa y todo se va a la mierda”, me decía siempre. Murió de arrendataria en un departamento igualmente blanco y azul como todos los suyos, en la calle Napoleón.

Detestaba la gente que defendía sus propiedades, la gente que cree que es dueño de algo, “las tontas con fundos”. Cuando le envidiaban ropa, libros u objetos, se impacientaba y los regalaba. Le bastaba a mi abuela para ser feliz una cama, un velador y un teléfono. “Yo soy una solitaria que le gusta tener muchas amigas a quien decirle lo feliz que estoy sola.” A cualquier hora, sobre todo si era más de medianoche, emprendía una ronda de llamados, contaba y corregía chismes, repartía noticias o cantaba en los contestadores automáticos de sus hijos y nietos. Cortaba de modo sorpresivo, dejándote siempre con alguna palabra en la boca, cuando sentía que estaba lateando. Nada le aterraba más que latear y que la latearan. Amaba la síntesis, la liviandad, el humor. Creía que la ligereza era una forma suprema de inteligencia. Su palabra favorita del inglés, era la palabra Clever. “Mira Jane Austen—me decía—. Sólo escribe de solteronas lateras, y de fiestas en el campo inglés pero es lo más genial porque habla sólo de lo que conoce”.

Hablaba de los libros como si se tratara de amigos, y de sus amigos como si fuesen libros. No había escritor más grande que Montaigne para mi abuela, porque hablaba de su hemorroides y de Virgilio con la misma intensidad. Adoraba a Proust, sobre el que escribió su único libro “Un mito proustiano”, porque veía en él una alma gemela que le había ayudado cuando se encerraba en Lima, a encontrar un lugar en el mundo del que no sería echada a patadas. Eso eran los libros para mi abuela, algo que los militares, los funcionarios, los curas no nos pueden quitar. A los doce años, exiliada en París, se sintió extranjera, rara, discriminada, y sacó de esa experiencia todos sus miedos y todo su orgullo. No pudo ser nunca del todo una señora chilena, una resignada madre de familia, una encantadora reina de salón, pero tampoco se atrevió del todo a ser una rebelde. Era partidaria del aborto, del divorcio y la eutanasia, pero no se separó nunca más de una semana de mi abuelo, y en un extraño ejemplo de fidelidad marital, empezó lentamente a morir cuando su marido ya no estaba en la pieza del lado. Le parecía una indecencia dormir en la misma cama que el marido, y una utopía la exclusividad sexual, pero no dudó en perder, por seguir a su marido en la política, amigos, amantes, parientes.

Cambió mi vida, dije antes, no porque gracias a ella leí y comprendí a Tolstoi, Chejov, Proust, Ibsen, Jane Austen, Simenon, o sus amigos Manuel Rojas, José Donoso, Gabriel García Márquez o Benjamín Subercaseaux. No cambió mi vida porque, de alguna forma, me obligó a ser el escritor que ella no tuvo nunca la paciencia de ser, sino porque me mostró día a día ese orgullo, esa dignidad de ser distinto, sin la cual la gente como yo o como ella somos fáciles de destrozar. Mi abuela me enseñó ese orgullo de ser un mal alumno, esa dignidad de no pensar como los otros, esa pachorra principesca que me sirvió de armadura en la batalla chilena. Mi abuela me enseñó a que lo raro son los otros, los que obedecen sin preguntar, los que no quieren saber sino acatar, los que no ven lo que están viendo.

El mundo de mi abuela, sus amigos, sus amigas, sus autores, sus alumnos, era un mundo de ejemplares únicos, de excepciones a la regla. Mi abuela me enseñó a disfrutar justamente de esas excepciones, a coleccionarlas. Ni un solo mueble, cenicero, jarro, o caja de té era igual a la otra en la casa de mi abuela. Todo estaba ahí por una razón, todo era sin par, todo asimétrico, y sin embargo armonioso en su conjunto.

Nadie pasa impunemente de ser una diosa a ser una viejita. En ese tránsito mi abuela fue perdiendo primero los recuerdos más cercanos, y luego cada vez más lejos hasta llegar a las muy diversas casas que habitó en cuatro rincones del mundo. Lima, Constantinopla, Ginebra, París, la casa en Vicuña Mackenna que perdió cuando mi abuelo se arruinó, y El Golf en Santiago, y las Torres de Tajamar. Luego ese silencio tan temido, del que tanto huyó, tomó por asalto su vida. Mi abuela, que había comenzado su vida entre rezos y mujeres, terminó así también peleando por su vida delante de su hijo mayor y su nuera.

Mi abuela, que había sobrevivido a dos exilios, pensó quizás sobrevivir a ese exilio supremo que es la vejez. Quizás de alguna forma lo hizo. No se sabe. Mientras tanto, sólo para sembrar las dudas, dejó de respirar obligándonos a nosotros a respirar un poco más, para compensar la pérdida."


Fuente: http://blogs.elmercurio.com/revistasabado/2008/07/11/la-vida-por-delante-marta-riva.asp

3 comentarios:

Fresia Olivares dijo...

Como me gustaria q alguien me recordara con tan bellas palabras.

Fresia Olivares dijo...

Como me gustaria ser recordada con tal bellas palabras.

Fresia Olivares dijo...

Como me gustaria q alguien me recordara con tan bellas palabras.