jueves, 12 de abril de 2007

Kavafis y los 300

Termópilas

"Honor a aquellos que en sus vidas
se dieron por tarea defender unas Termópilas;
Que del deber nunca se apartan;
justos y rectos en todas sus acciones
son, también, clementes y compasivos,
y generosos si son ricos, y si pobres
también en lo pequeño, generosos;
y que, asimismo, ayudan en cuanto pueden
que siempre dicen la verdad,
pero sin rencor por quienes mienten.
Y merecen un honor más alto
cuando prevén (y muchos prevén)
que Efialtes ha de aparecer al fin,
que los persas han de pasar al fin."



***


Fernando Savater escribe sobre las Termópilas, todas, sean cuáles sean, a partir del relato de la película que le escucha fascinado a unos chicos argentinos.

Volví a mi hotel de Buenos Aires cansado tras una larga jornada en la Feria del Libro, la más populosa y distinguida del Cono Sur। En el restaurante ya no había casi nadie. Mientras consumía mi tardío sándwich de pastrami, escuché la alegre charla de la única mesa ocupada. Eran cuatro muchachos, de diecisiete o dieciocho años y hablaban de cine. El que viajó a España explicaba a sus amigos lo mucho que se había divertido con ‘Torrente’, bendita juventud. Luego risas, un breve silencio y otro comenzó a contar la película que había visto la tarde anterior en un cine de Lavalle: «Tenían que defender un paso estrecho, un desfiladero, y el ejército de los persas venía enorme Ellos sólo eran trescientos». El narrador no había leído a Heródoto ni sabía nada de la vieja Esparta o del ambicioso Jerjes. Pero a trompicones la leyenda salió de sus labios según sus impresiones cinematográficas y volvió a contar una vez más, al cabo de los siglos, la gesta de los hombres valientes y solos ante el numeroso invasor. Resultaba aún más emocionante oírla según quien acababa de descubrirla por primera vez, como un argumento más escrito por otro guionista de Hollywood. Yo completaba imaginariamente los nombres que el chico no logró retener: Leónidas, el rey; Efialtes, el traidor y la concisa respuesta del guerrero cuando el emperador le ordenó con altivez entregar las armas. «Molòn labè! Ven a por ellas».
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