martes, 27 de mayo de 2008

Sydney Pollack (1934-2008): Gracias



Dejo como epitafio el comentario de Joel en el blog de Maza:

Pollack vino a Chile, de visita no promocional, hace dos o tres años, en la época de “La intérprete”; aunque no venía en viaje oficial, dio una o dos entrevistas, no recuerdo si lo leí en Wikén o La Tercera, quizás en las dos, pero nada más que eso. Lo genial es que uno de los personajes más queridos y recordados por los periodistas de cine locales, Carlitos Velasco, de la UIP, nos guardó dos afiches de la película autografiados por Pollack, para mí y Héctor Soto, que ahora guardaremos como tesoro (de hecho, se me ocurre que don H estará lamentando mucho esta muerte, porque más de una vez defendió y reivindicó a Pollack, al igual que Fuguet, entre otros… ojalá publiquen una columna en algún lado). Una lástima su fallecimiento, aunque siendo estrictos tal vez no era un “autor” de acuerdo a los cánones más académicos, siempre me pareció un director valioso, uno de los mejores de su generación, y de los pocos de la vieja guardia que aún tenían algo interesante que ofrecer, como demostró en su último trabajo de ficción, “La intérprete” (aún no veo el tan alabado documental sobre Gehry), que si bien no era uno de sus mejores títulos y caía en inevitables convenciones, mantenía un buen pulso y tenía ese acento en las relaciones interpersonales que era uno de los grandes temas de su cine. Puede que no fuera uno de los grandes maestros, pero al menos a mí como cineasta me dejó algunos hermosos e imborrables recuerdos, especialmente en esas historias de amor teñidas de melancolía, de la sensación de lo irreversible que termina minando hasta las mejores parejas: por ejemplo, ese triste, desencantado y muy sureño romance entre Natalie Wood y Robert Redford (amigo y actor fetiche de Pollack: estuvo en siete de sus películas) en “This property is condemned”, basada en Tennessee Williams; los encuentros y desencuentros entre la Streisand y Redford en “Nuestros años felices”, una cinta que a primera vista es un cúmulo de cursilerías sentimentaloides, pero finalmente es una de las más hermosas y sensibles películas sobre una relación de pareja que ha entregado el cine estadounidense, además de contar con uno de los finales más memorables y emotivos que han salido de Hollywood; o el cálido y tierno lazo que va uniendo a Marthe Keller y Al Pacino (en una de las mejores y más subvaloradas interpretaciones de toda su carrera, por cierto, introvertida y conmovedora, construyendo un personaje a partir de silencios y miradas… ¡qué diferencia con sus últimos personajes!) en la hermosa “Un instante, una vida”. Claro, además de esos títulos, también Pollack brilló en esa notable comedia que es “Tootsie”, hizo películas que eran mejor de lo que parecían -”El jinete eléctrico”, “Fachada”- y otras menos importantes de lo que sus premios indicaban, como la oscarizada “Africa mía”, que de todos modos, a pesar de lo académica, sobrevalorada y acartonada, tiene algunos aspectos dignos de tener en cuenta. Como dice Gonzalo, como actor Pollack tuvo momentos notables como -es verdad, “Maridos y esposas” fue su mayor logro en esta área-, incluso luciéndose en la de Kubrick, donde llegó a reemplazar a Keitel. Tampoco hay que olvidar su labor como productor, porque supo embarcarse en producciones muy estimables, desde la nunca bien ponderada “Los fabulosos Baker boys” y “Sensatez y sentimientos” a la menospreciada “El talentoso Sr. Ripley”. Como director, sobre todo era un inmenso director de actores, que logró sacar el mayor partido a figuras que no siempre pueden demostrar lo buenos actores que pueden ser, y tienden a ser encasillados, como Redford y Harrison Ford, pero también hizo lucirse a otros que ya eran monstruos de la interpretación, como Mitchum, Pacino, Newman, Hoffman, Streep o Hackman; en todo caso, afortunadamente no sólo se conformaba con eso, porque en la mayoría de sus trabajos como cineasta también era un narrador convincente y seguro, y sus puestas en escena eran inteligentes y seguras, y salvo casos como la excesivamente larga “Africa mía”, tenía un sentido del ritmo y del relato que le debían mucho a los grandes clásicos del pasado. En el fondo, él también era un clásico, y esos bonitos momentos que deja para el recuerdo son ya un aliciente para revisitar su filmografía, con altos y bajos, pero finalmente más estimulante y memorable que las de unos cuantos colegas de su generación. RIP

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