jueves, 31 de mayo de 2007

Warnkén y El ignorante

En Grignan, una pequeña aldea de la Provenza francesa, vive hace más de 50 años un hombre que cultiva el arte de hablar en voz baja, un hombre que busca sostener un tono que él mismo ha llamado "rumor a ras de tierra". Él se llama a sí mismo "el ignorante". Este "ignorante" ha escrito varios libros de poemas, pero desconfía de cualquier solemnidad o grandilocuencia, y ha llegado a decir que "el único bien/ de quien avanza en el polvo es su aliento,/y su única fuerza es un lenguaje inseguro". Eso es todo lo que sé de él, pero eso me basta para sentir un impulso de viajar desde este invierno seco al verano provenzal, tocar su puerta y, simplemente, decirle: "Gracias".

Gracias por este puñado de poemas dichos por "una voz demasiado débil"; gracias por abrir la esperanza de un arte conectado con las pequeñas cosas; gracias por estar atento a la leve inclinación de la hierba; gracias por callar para hacer hablar al aire; gracias por pedir "que mi forma de brillar sea borrarme;/ que la pobreza sobrecargue de frutas nuestra mesa,/ y que la muerte sea el alimento de la luz inagotable".

Pero, ¿cómo decirle gracias sin invadir su soledad, conquistada contra tantos llamados?

Probablemente, balbucearé los clisés de rigor, diré que "vengo de un país muy lejano", y "que la carne está triste, ¡ay!, y que he leído todos los libros". Me veo ahí, nervioso, torpe como cualquier "fan" de alguien, parado en la puerta de su casa, repitiendo para mí mismo unos versos que me aprendí de memoria, esperando que aparezca el "ignorante", para sólo decirle "gracias". No para entrevistarlo, no para pedirle que me dedique uno de sus libros, no para molestarlo con una charla molesta e invasiva. Sólo "gracias", y volver a caminar hacia el bus que me llevará de vuelta a la conexión para volver a París, ciudad de la que Philippe Jacottet huyó hace décadas. ¿Tiene sentido cruzar el Atlántico para ir a decirle "gracias"a un poeta que ha cultivado la invisibilidad, un hombre "que se esfuerza de rodillas en reunir contra el viento su mísera lumbre"? Él no es de los que hayan encendido fogatas o lleven una antorcha para encender o iluminar el mundo. De tanto prender fuegos, esos pirómanos (filósofos, escritores, artistas) que tanto admiramos terminaron por quemar el mundo con sus voces. Y, hoy, tal vez sea el tiempo de reunir contra el viento una mísera lumbre.Y eso, probablemente, ya sea mucho, una acción sin pretensión alguna, de sobrevivencia.

Porque hoy ya no necesitamos artistas o pensadores que enciendan el mundo, que arremolinen multitudes detrás de fuegos fatuos. Hoy hay que saber saludar a la hierba de la mañana, hoy hay que inclinarse respetuosamente ante el agua, hoy hay que dejar de dialogar con la noche para "hablar con la voz del día". Hay que volver a acercar lentamente, otra vez, las palabras a las cosas. Sí, porque las palabras, ebrias de sí mismas, hicieron el amor consigo mismas, celebraron aquelarres, pero un día olvidaron que estaban ahí para nombrar la luz, las nubes, la mirada de alguien a la salida de un metro, o en una esquina. La palabra, que durante los siglos XIX y XX celebró, fundó y también realizó "las destrucciones necesarias", hoy debe asumir una misión más urgente: la del cuidado.

Que un artista deponga sus armas, su voz, su "yo", para volver a saludar el murmullo del mundo, constituye, tal vez, el gesto más eficiente en estos días. Tal vez, si cultivamos ese estado, no nos falten nunca el agua y el aire, lujos de mañana. ¿Qué hacer o qué decir en estos tiempos de malos pronósticos, paralizados entre el pesimismo de unos y la indiferencia de otros? Sólo repetir con Jacottet: "Cuanto más envejezco, más crezco en ignorancia;/cuanto más he vivido, menos poseo y menos reino". Repetirlo hasta que llueva.

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