miércoles, 6 de julio de 2005

No, no es Dreyfuss

por Carlos Peña G., Vicerrector Académico U. Diego Portales


lavanderos


"No, por supuesto no es Dreyfuss. Aunque pretenda ser objeto de una conspiración, de venganzas, de errores inducidos, de mentiras inevitables y de viejos resquemores, no lo es. El caso del senador Lavandero no tiene nada que ver con ese otro tipo de casos -de los que el de Dreyfuss es un paradigma- que se tejen con prejuicios y con mentiras.

A juzgar por las acusaciones y las pruebas del fiscal que él aceptó como buenas, Lavandero, que siempre pretendió ser político y filántropo, aprovechaba algo de su tiempo libre para ejercer de abusador. Así lo reconoció formalmente en una audiencia ¿Por qué no creerle? Lo hizo después de preparar su defensa durante meses, informarse por sus abogados, meditar estrategias, hacer intentos por refutar las acusaciones, desacreditar testigos y periodistas, maldecir al fiscal, jurar una y otra vez que todo era un embuste y echar la culpa a la prensa. ¿Qué razón hay para creerle ahora cuando, a pesar de toda la evidencia y de su propio reconocimiento, alega inocencia? Ninguna.

Y es inaceptable que después de aparentar ser un parlamentario de valía, pose ahora de inocente para embolinar la perdiz a las audiencias y así hacerlas olvidar la cantidad de abusos que, animado por ese deseo tembloroso que duda de sí mismo, pudo cometer.
Es inaceptable también que Lavandero -en un gesto que, sin embargo, es ya casi un lugar común entre quienes les gustaría aparecer en la prensa siempre sonriendo- culpe a los medios de comunicación de su desgracia.

Los medios, si de algo son culpables, es de haberlo denunciado y de haber mantenido viva la revelación que, estoy seguro, de otra manera se habría ahogado -así estuvo a punto de ocurrir en este caso, como lo prueba la destitución de Esmirna Vidal- en la maraña de influencias tácitas y sobreentendidos que a veces suele inhibir la acción de la justicia. Es hora entonces de agradecer a la prensa por haber evitado que el asunto se tapara con los miles de pretextos que en sociedades pequeñas, como la de regiones, sobran.
Es verdad que a veces la prensa maltrata a los ciudadanos y que el escrutinio sobre los hombres públicos puede ser inmisericorde y que de él pueden derivar excesos e injusticias. Pero la mayor parte de las veces la prensa nos mantiene en alerta y, sobre todo, nos ayuda a no hacernos ilusiones acerca de la condición humana.

noesdreyfuss


De otra parte, importa poco que el procedimiento al que se ha sometido Lavandero sea abreviado y no, en cambio, un juicio oral.
El procedimiento abreviado -es hora de repetirlo- es también un juicio en el que se presentan pruebas, se sopesan argumentos y se ejerce el derecho de defensa. En este procedimiento -es imprescindible recordarlo- la condena ha de fundarse en evidencia independiente del mero reconocimiento de los hechos por parte del imputado. No hay renuncia, ni burla a la justicia en el procedimiento abreviado, sino una forma de ejercerla sobre la base del consentimiento.
La idea que el proceso penal se legitima por la búsqueda de una verdad material y con prescindencia de la voluntad de los intervinientes (una idea que, por estos días, algunos rememoran con absurda nostalgia) subyacía en el proceso inquisitivo y en ella (no es necesario hacer grandes esfuerzos para recordarlo) no se fundaban virtudes, sino vicios. Como lo muestra esa experiencia, el deseo de alcanzar la verdad más allá del proceso es atractiva pero insensata.

Las razones que tuvo en vista el fiscal para ofrecer ese camino abreviado fueron, de otra parte, muchas: ahorrar a las víctimas el penoso ejercicio del recuerdo; a sus colegas del Ministerio Público la revisión de un comportamiento que fue al principio tímido y bochornoso, y a Lavandero la humillación del relato. Las razones que tuvo la defensa para aceptar este camino son obvias. Por todo eso sugeriría a algunos de sus colegas del Senado que en vez de dolerse por su confesión, entrar en duelo, decir obviedades circunspectas y hacer declaraciones pueriles (como si temieran que de aquí en adelante él les quitara el saludo o no los invitara a cenar) se indignen de una buena vez con ese sujeto narcisista y carente de autocontrol que circuló entre ellos pavoneándose de su fama amorosa y de sus sueños de justiciero.

A diferencia de lo que ocurrió a Dreyfuss, nadie escribirá nunca un Yo acuso para liberar a Lavandero. Y ojalá que quienes aconsejaban esperar la voz de la justicia, se quejaban de la prensa, daban lecciones de prudencia, suspendían el juicio y aguantaban la respiración para no dañar la imagen del caballero, ahora, cuando sabemos que es culpable, sepan estar a la altura. "

Publicado en El Mercurio, domingo 26 de junio

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